Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

mayo 24, 2026

Lo que está sin estar

Lo que está sin estar — Eärendel: una duda luminosa

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

Eärendel es, o se cree que es, una estrella nacida en los comienzos del mundo visible; una luz que nos llega desde cuando el universo aprendía a ser. Dicen que está a 12.900 millones de años luz, y que el universo tiene 13.800 millones de años. Las cifras se rozan, como si quisieran darse la mano, pero no llegan. Y uno, desde la vereda, piensa: eso no cuadra. ¿No será que la edad del universo es mayor de lo que dicen? ¿O que la distancia no es distancia? ¿O que entendemos mal? ¿O todo junto?

Porque un año luz no es un año, pero suena a año. Y la “edad del universo” suena a cumpleaños, pero no es cumpleaños. Medimos con palabras que no fueron hechas para un universo que no cabe en ellas. Es medir el mar con un dedal; solo que eso hasta podría ser posible. Lo otro no.

Y está ese Bang del que salió todo, que tampoco fue un Bang, ni salió de la nada, ni explotó hacia afuera porque no había afuera. Pero lo contamos así porque necesitamos un cuento que nos acomode. El universo se formó, dicen. ¿Formado de qué? ¿Por quién? ¿Por qué? Factores coincidentes de generación espontánea, si uno quiere ponerse generoso.

Pero espere: la nada tampoco era nada. La física cuántica —la ciencia de lo muy pequeño y de lo muy extraño— dice que el vacío fluctúa. Que de la nada brotan partículas brevísimas, que aparecen y desaparecen antes de que nadie las vea del todo. El vacío es productivo. La nada hace cosas. Esto no es metáfora: es lo que miden. Y si la nada hace cosas, entonces la nada no existe, y si la nada no existe, la pregunta sobre el origen se cae por su propio peso y queda dando vueltas en el aire, que tampoco es aire.

Si lo microscópico ya actúa de maneras inesperadas, quizá haya también un nivel más profundo que explique el despliegue visible. David Bohm llegó más lejos, o más adentro. Propuso que lo que llamamos realidad —partículas, estrellas, nosotros— es apenas el orden explícito: el despliegue visible de algo más profundo que él llamó orden implicado, enrollado, que no se ve pero sostiene todo lo que se ve. Como si el universo fuera la superficie de un lago y hubiera algo debajo que no es agua. Eärendel, entonces, no sería solo una estrella lejana sino una arruga en ese despliegue, un instante del orden implicado haciéndose visible por un momento —doce mil millones de años— antes de volver a enrollarse. Nosotros, lo mismo.

Y si uno sigue tirando del hilo, aparece una sospecha que no es nueva pero tampoco se deja domesticar: la de que no solo pensamos, sino que también somos pensados. No como consuelo ni como orgullo —si algo nos piensa, sabe más que nosotros y no necesita explicarnos nada.

De niño tuve un cuarto con un agujero pequeño en la pared. Por ahí entraba el sol, y también las sombras de lo que pasaba en la calle. Si era la sombra de una persona, discurría completa por la línea que la luz dejaba en el suelo. Uno veía pasar a alguien sin verlo. Lo tenía entero —su forma, su paso, su momento— sin que él supiera que existía en ese cuarto, en esa franja, en ese instante.

Quizá la conciencia funciona así. No produce la luz: la deja pasar. Y en esa franja estrecha aparece, por un momento, la forma de algo que viene de afuera y sigue de largo. Pensar no sería fabricar sino recibir. No una propiedad privada sino un pliegue momentáneo: un remolino en el río, una arruga en la tela, una sombra que discurre completa y desaparece.

Ahí la ciencia se pone prudente y dice que todo esto es cierto “en el marco cosmológico actual”. O sea: creemos esto… por ahora. Mañana vemos. Es honesto. El problema no es la prudencia científica sino su ausencia histórica. Giordano Bruno lo supo: lo quemaron porque su pensamiento no cabía en el marco aceptado. Y los que lo quemaron tenían razón… dentro de su razón. Cambian los siglos, cambian los telescopios, pero no cambia la facilidad con que los hombres convierten sus certezas en hogueras. Ellas siguen encendidas. Mientras buscan la pared del universo, fabrican bombas para destruirlo.

Si se quiere ver adónde lleva el modelo cuando se lleva hasta el límite, está el agujero negro: el lugar donde la física se divide por cero y admite que no sabe. La materia cae, el tiempo se dobla, la luz no escapa, las ecuaciones colapsan. Es el borde del mapa, donde los cartógrafos antiguos escribían hic sunt dracones. Solo que ahora los dragones tienen nombre, masa, y algunos tienen galaxias girando alrededor. El modelo llega hasta ahí y se detiene. Lo que hay del otro lado —si hay otro lado, si hay lado— no lo dice nadie.

En medio de todo, uno mira —a través de algo que dice reconocer su infrarrojo— la luz de Eärendel y piensa: si esa luz salió hace casi toda la vida del universo y todavía viaja, ¿qué tan presentes estamos nosotros? ¿Qué tanto de lo que vemos es pasado? ¿Qué tanto de lo que somos es retraso? Quizá existimos como luz viajera: llegamos tarde a nosotros mismos. Somos un presente que no termina de alcanzarse.

Por eso la pregunta no es dónde está Eärendel. La pregunta es qué tanto lleva, esta energía que somos, de estar aquí. Puesto que esa estrella puede estar sin estar, lo demás también. Incluso nosotros. Especialmente nosotros.

¿Eärendel existe? A veces.


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