Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




marzo 22, 2006

Meditación

Conocimiento e Inocencia
Daisetz T. Suzuki

Cuando hablo del Zen a un auditorio Occidental, la mayoría educado en la tradición cristiana, la primera pregunta que generalmente se me formula es: “¿cual es el concepto del Zen sobre la moralidad? Si el Zen pretende estar por encima de todos los valores morales, ¿qué nos enseña a nosotros, simples mortales?” Si comprendo bien el cristianismo, él deriva de la autoridad moral de Dios, dador del Decálogo, y se nos dice que si lo transgredimos de cualquiera forma que sea, seremos castigados y lanzados al fuego eterno. Es por esta razón que los ateos son considerados como gente peligrosa, porque, no teniendo Dios, no respetan los códigos morales. El adepto del Zen, no teniendo un Dios análogo al Dios cristiano, pero que habla de superar el dualismo del bien y del mal, de lo justo y lo injusto, de la vida y la muerte, de la verdad y del error, este adepto del Zen será, él también, objeto de sospecha.

La idea de los valores sociales, profundamente arraigada en el espíritu occidental, está íntimamente ligada a la religión, de manera que ellos son inducidos a pensar que religión y ética son una sola y misma cosa y que la religión no está dispuesta a relegar la moral al segundo plano. Pero pareciera que el Zen lo hace, y de allí viene la pregunta que me plantean. He escrito en uno de mis libros: “Todos los valores morales y toda la práctica social emanan de esta vía no-condicionada que es la vacuidad”. En este caso “bien” y “mal” no son más que diferenciaciones secundarias. ¿Qué es lo que las diferencia y cómo sabría yo qué hace que el “bien” sea otra cosa que el “mal”? En otros términos, ¿puedo yo - y cómo puedo -en este caso - deducir una ética de la ontología del Budismo Zen? Todos somos seres sociales y la ética es nuestra relación con la vida social. El adepto del Zen no puede vivir fuera de la sociedad. No puede desinteresarse de los valores éticos. Pero él quiere tener el corazón enteramente libre de todas las impurezas salidas del “conocimiento” que hemos adquirido al comer el fruto del árbol prohibido. Cuando se regresa al estado de “inocencia”, todo lo que se hace está bien. San Agustín dijo: “Ama a Dios y haz lo que quieras”. Una vez despertado el Conocimiento en el Jardín del Edén donde reinaba la inocencia, aparece la diferenciación entre el bien y el mal. Igualmente, de la Vacuidad del Espíritu se eleva misteriosamente un pensamiento, y se tiene el mundo de las multiplicidades. El vocablo “Inocencia” debe ser comprendido en el sentido del estado espiritual en el cual vivían los habitantes del Jardín del Edén alrededor del Árbol de la vida, los ojos no abiertos, desnudos, sin sentir vergüenza, sin el conocimiento del bien y del mal. Por “Conocimiento” se debe comprender todo lo que se opone a la “Inocencia” particularmente a un par de ojos discriminatorios abiertos al bien y al mal. La idea judeocristiana de la Inocencia es la interpretación moral de la doctrina búdica de la Vacuidad, que es metafísica, en tanto que la idea judeocristiana del Conocimiento corresponde, desde el punto de vista epistemológico, a la noción búdica de la Ignorancia, aunque la Ignorancia sea superficialmente lo contrario del Conocimiento.

La filosofía búdica considera toda discriminación -moral o metafísica- como el producto de la Ignorancia que oscurece la luz primera del No-condicionado, el cual es la Vacuidad. Pero esto no quiere decir que haya que eliminar el mundo entero por ser el resultado de la Ignorancia. Igual sucede con el Conocimiento, pues él es el resultado de haber perdido la Inocencia comiendo el fruto prohibido. Pero ningún cristiano ni judío, que yo sepa, ha intentado jamás deshacerse del Conocimiento para recuperar el Paraíso, y poder gozar, como al principio, de la Inocencia en toda su plenitud. Lo que debemos comprender bien entonces es el sentido de “Conocimiento” e “Inocencia”, es decir, penetrar a fondo la relación que existe entre los dos conceptos opuestos: de una parte, Inocencia y Luz original, de la otra, Conocimiento e Ignorancia. Desde un cierto punto de vista parecen ser irreductiblemente contradictorios, pero, desde otro, son complementarios, Si nos atenemos a nuestra manera humana de pensar, no se podía poseer ambos al mismo tiempo. Pero nuestra vida real está hecha del apoyo del uno al otro, o mejor dicho, de su inseparable colaboración. La pretendida oposición entre Inocencia y Conocimiento o entre Ignorancia y Luz original no es del mismo género de la que se ve entre lo blanco y lo negro, entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre ser o no ser, o entre tener o no tener. La oposición es, por así decir, entre continente y contenido, entre el fondo y el primer plano de la escena, entre el terreno y los jugadores que se mueven en él. El bien y el mal juegan sus roles opuestos sobre el terreno que permanece neutro, indiferente y ”libre” o “vacío”. Es como la lluvia que cae sobre los justos y los injustos; como el sol que se eleva sobre el bien y sobre el mal, sobre nuestros enemigos y sobre nuestros amigos. En un cierto sentido, el sol es inocente y perfecto, como lo es también la lluvia. Pero el hombre, que ha perdido la Inocencia y adquirido el Conocimiento, diferencia al justo del injusto, al bien del mal, a los enemigos de los amigos. La Inocencia y el Conocimiento deben ser mantenidos en buen equilibrio. Para esto, el Conocimiento debe ser disciplinado y al mismo tiempo es necesario apreciar el valor de la Inocencia en su justa relación con el Conocimiento. El concepto metafísico de la Vacuidad puede traducirse en términos de economía, por la pobreza; ser pobre, no poseer nada: “Dichosos los pobres en espíritu” Eckhart da la definición siguiente: “Hombre pobre es aquel que no tiene necesidad de nada, que no sabe nada y que no tiene nada”. Esto es posible cuando un hombre está vacío de “sí mismo y todas las cosas”, cuando el espíritu está totalmente purificado del Conocimiento o de la Ignorancia que poseemos después de la pérdida de la Inocencia. Dicho de otro modo, recuperar la Inocencia es ser pobre. Es sorprendente y bastante extraño que Eckhart defina a un hombre pobre como no sabiendo nada. Es esta una afirmación de gran importancia. El Conocimiento comienza cuando el espíritu está repleto de todas clases de pensamientos mancillados, donde el peor es el del “yo”. Pues todos los males, todas las poluciones parten de nuestro apego a este “yo”. Como dirían los budistas, la realización de la Vacuidad no es ni más ni menos que penetrar en la no-existencia de un yo substancial. Es el más grande obstáculo en nuestra disciplina espiritual y, en realidad, consiste no en desembarazarse del yo, sino más bien en darse cuenta desde el comienzo que no hay semejante existencia. Esta toma de conciencia significa ser “pobre” en espíritu. “Ser pobre” no significa “empobrecerse”; “ser pobre” significa no estar, desde el principio, en posesión de nada y no en despojarse de lo que se tiene. Nada a ganar, nada a perder; nada a dar, nada a tomar, ser simplemente tal como se es, y por lo tanto ser rico de posibilidades inagotables . Esto es ser “pobre” en el sentido más propio y más característico de la palabra, y esto es lo que nos dicen todas las experiencias religiosas.

No ser absolutamente nada, es serlo todo. Cuando se está en posesión de cualquier cosa, esa cosa impedirá a todas las otras cosas entrar. Se tiende generalmente a imaginar que, si el espíritu o el corazón están vacíos del “yo y de todas las cosas”, queda un lugar disponible para que Dios venga a ocuparlo. Esto es un gran error. El pensamiento mismo, por ligero que sea, de hacer lugar para algo es una traba tan enorme como una montaña. Un monje vino hacia Ummon, uno de los grandes maestros Zen del siglo X, y le dijo: “Si un hombre no tiene un pensamiento que ocupe su consciencia, ¿qué imperfección tiene él?”. Ummon rugió: “ ¡El Monte Sumeru!” Eckhart enuncia de forma típicamente cristiana un pensamiento parecido:“Si un hombre esta vacío de todas las cosas, de todas las criaturas, de él mismo, de Dios, y si Dios pudiera todavía encontrar lugar en él para actuar, nosotros diríamos: mientras ese lugar exista, este hombre no es pobre de la pobreza más íntima. Pues Dios no tiene en vista que este hombre tenga en él un lugar reservado para Su acción, porque la verdadera pobreza de espíritu exige que el hombre sea vacío de Dios y de todas sus obras, de manera que, si Dios quiere actuar en el alma, es el hombre mismo quien debe ser el lugar en el cual El actuará, y así le placerá a El hacerlo. Pues si Dios encontrase una vez una persona así de pobre, El tomaría la responsabilidad de Su propia acción, porque Dios actúa en Sí mismo. Es ahí, en esa pobreza, que el hombre recobra el ser eterno que fue, que es y que será para siempre.”

Según mi interpretación de Eckhart, Dios es al mismo tiempo el lugar donde El obra y la obra misma. El lugar es el cero o “la vacuidad en tanto que Ser”, mientras que la obra cumplida en el lugar del cero es el infinito o “la Vacuidad en tanto que Llegar a Ser”. Entonces es realizada la esencia de la pobreza. El ser es el llegar a ser y el llegar a ser, el ser. Cuando el uno está separado del otro, se tiene una pobreza torcida y coja. La pobreza perfecta no es recuperada sino cuando la vacuidad perfecta es la plenitud perfecta. Citando otra vez a Eckhart: “En mi pasaje al más allá... sobrepaso todas las criaturas y no soy ni Dios, ni criatura: soy lo que era, lo que permanecerá de ahora en adelante y para siempre. Recibo entonces un impulso que me transporta por encima de todos los ángeles. En este impulso concibo tales riquezas pasajeras que no soy satisfecho de Dios en tanto que Dios, en tanto que siendo todas sus obras santas, pues en ese pasaje al más allá descubro que Dios y yo somos idénticos. ..”. No sé cómo mis lectores cristianos aceptarán estas afirmaciones, pero desde el punto de vista budista hay que hacer una reserva. Por transcendente que pueda ser en sí esta experiencia de “pasaje al más allá”, sobrepasando toda forma de condicionamiento, se queda expuesto a formular una interpretación deformada. El maestro Zen nos dirá entonces de transcender o de rechazar la experiencia misma. Estar absolutamente desnudo, ir más allá de la recepción de “un impulso” de cualquier naturaleza que sea, estar perfectamente liberado de toda posible trampa que nos hayamos tendido nosotros mismos después de la adquisición del Conocimiento: esta es la finalidad del entrenamiento Zen. Entonces, solamente, nos encontramos ser de nuevo los simples Fulanitos de Tal que hemos sido siempre. Se podrían enumerar muchas virtudes a las cuales deben aspirar los monjes, budistas o cristianos. La más fundamental es, a mis ojos, la pobreza. Esta corresponde, desde el punto de vista ontológico, a la Vacuidad, y desde el punto de vista psicológico a la ausencia del yo o a la Inocencia. La existencia de la que gozamos en el Jardín del Edén simboliza la Inocencia. Cómo recuperar o, mejor dicho, cómo reconocer que poseemos ya esta “primitividad de espíritu” en el seno de la industrialización y del propagandismo de “vida fácil” es la grave pregunta que exige de nosotros, hombres modernos, una solución afortunada. ¿Cómo realizar la sabiduría transcendente de la prajna en un mundo donde el desarrollo del Conocimiento es por todas partes estimulado de mil y una formas? Se nos exige imperativamente una solución, de la forma más enérgica. La época de los Padres del Desierto ha pasado definitivamente, y nosotros esperamos que un nuevo sol se eleve sobre el horizonte del egoísmo y de la vileza en todos los dominios.

*

No hay comentarios.: