Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




abril 30, 2007

Papá


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Pensar es estar enfermo de los ojos
(Fernando Pessoa)



Mi padre nos llevaba por las montañas y por los campos, formaba charcos en las quebradas heladas donde íbamos y nos hacía meter en ellos. Conseguía sacar peces de lugares imposibles con anzuelos elementales y cañas de pescar en que volvía cualquier rama pulida con su navaja. Hacía una para cada hijo y ponía en cada una de ellas, al atardecer, un pescadito con el fin de que pudiéramos presumir de haber sido pescadores. "Si les preguntan que pescaron -nos decía- alcen la cabeza y respondan: ¡una ballena de tierra fría!"

Me hacía tender sobre la hierba húmeda a mirar las nubes y descubrir en ellas formas que nadie aparte de los dos veía. Si decía un barco, él lo veía. Si un león, una serpiente o un árbol también él. Y veía conmigo cómo el barco estirado por el viento se convertía en sombrero, en espiga, en mono, en cualquier cosa, incluso cualquier dios (míticos todos) o ser alado, o hada, o santo.

Cuando las nubes se deshacían señalaba con su mano, sin decir nada, al gallinazo que volaba a gran altura. Lo seguíamos en ese vuelo tranquilo que más que vuelo, como que vuela un águila, era un flotar de asombro, sin esfuerzo, llevado por corrientes que no tenía idea que existieran. Y parecían horas esos instantes, mientras consumía un solo pielroja inacabable.

Se marchaba al bosque y regresaba con esa sonrisa un tris burlona que alguno ha heredado y esa luz en la mirada que tenía también mi hermano ido, y en las manos traía unas hojas muy verdes, lisas y brillantes y unas flores gruesas, rojas -creo que eran la flor del lilolá- que usaba de sujetador al darles vuelta y convertirlas en decenas de barcos que hacíamos flotar mientras nos convencía de que eran una especie de armada invencible y de que en cualquiera de ellos se podría recorrer el mundo. Lo mirábamos arrobados y antes de que nos diéramos cuenta de lo que la corriente y las piedras hacían a la armada, levantaba la vista y nos descubría un pájaro rojo que nadie más que él, y ahora nosotros, había visto nunca ni vería jamás porque esto es un secreto. Estamos, nos decía, en la selva virgen y explicaba mientras reía entre dientes que tierra virgen es aquella donde nunca la mano del hombre ha puesto el pie, con la misma sorna con la que, en otras circunstancias, nos decía "Acompañemos a su mamá a rezarle a los pies del divino rostro".

Él sabía donde estaban los colibríes más pequeños, los más veloces y los que duraban más tiempo volando estáticos, y también donde vivían los tigres de bengala, los leones, los osos, los perezosos y los puercoespines. Él había visto venados de verdad, dantas, micos y, cómo no, murciélagos que pueden chuparte toda la sangre en una noche. Conocía el lugar en que anidaban las culebras peligrosas, cómo cantaban el búho y el sinsonte, dónde estaban los mejores musgos, las cascadas más bellas y esas orquídeas amarillas que nadie más apreciaba en nada. Escogía el palo bueno para hacer leña y desechaba el que olería feo al arder. Podía coger las chicharras con las manos. Sabía qué plantas podían comerse y cuales no. Las granadillas se daban silvestres y mi padre hacía creer a todos que les faltaban "tres grados" para ser veneno, solo para que las dejaran tranquilas y luego comerlas con nosotros como la más exquisita de las frutas. No eran muchas, pero todos podíamos probarlas porque hacía que alcanzaran para todos.

Nos llevaba, en medio del monte de Piamonte, al sitio donde él, solito, cazó un tigre enorme haciéndolo caer en este hueco que hice con mis manos y tapé con hojas como estas. Me fui, lo desafié y lo hice correr detrás de mi diciéndole (como decía don quijote) "leoncitos a mi, que se vengan de a cuatro y no me hagan pandilla" y yo corra y el tigre corra detrás de mí y cuando llegué aquí salté y como el tigre no sabia no saltó y cayó en el hueco y entonces después de que se me pasó el susto me le acerqué y en medio de uno de esos rugidos que producían un viento que me arrancaba el pelo, cuando tenía la boca bien abierta, le metí la mano por ella, lo tomé de la cola lo sacudí con todas las fuerzas y lo volteé al revés. Esto que ven es lo que quedó del pobre tigre.

Lo escuchábamos entre asustados y admirados, recogíamos los despojos del tigre y nos deshacíamos en preguntas para todas las cuales tenía una respuesta, mientras mi madre miraba y le decía -pasito-: "deje de decirles mentiras a los niños". Mi padre, claro, no dejaba de hacerlo porque todo lo que él decía era verdad: ahí estaban el hueco y los huesos y las lianas y las hojas y las púas que puso en el piso y las huellas por donde habían corrido él y el tigre. Jamás he puesto en duda que lo hizo ni que haya conseguido voltearlo al revés. Mis hermanos juran que ellos también lo vivieron.

Sigo viendo, seres fabulosos en las nubes y lluvias de estrellas en las noches. Aún escucho voces que cantan "cumbambalí, cumbambalicón, hijo de congo, dame valor". Como donde los amigos veían el blanco en que apuntar la piedra, mi padre nos mostraba un ser sintiente, veo aún seres concretos en el aire y fantásticas estructuras emplumadas en el viento. Nos mostró -y aún sé- que el agua moja y canta y ríe, que el aire envuelve y huele y sirve para algo más que respirarlo, que la candela quema y que la tierra se abre y se lo traga a uno.

Y que los bosques están habitados también por brujas de aquelarres nocturnos (una de las cuales venía a dormir sobre su pecho y casi no logra espantar), de madreselvas y de patasolas.

Cuando me paré, años después, en un museo frente a ocho enormes cuadros negros en los que no se ve más que cuadros negros, miré la explosión de colores que nunca había visto, ciudades, bosques, océanos, constelaciones, explosiones nucleares y armagedones de pánico. Y cierta paz. Algunos de quienes me acompañaban se asombraban también, pero de verme. Recordé a papá y al salir miré en pleno día aquel lucero que dijo que sería cuando ya no fuera.

Allí estaba él, sonriendo con su sonrisa burlona que heredó a alguno, y con esa luz en la mirada que también tenía mi hermano, el que se fué.

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