Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




octubre 16, 2007

Robinson



Santo Dios Santo Fuerte
Santo Inmortal ten piedad de nosotros
y del mundo entero.





Como de quince años, fuerte sin ser robusto, moreno, de mirada brillante y clara que dirige a los ojos de quien le habla, se acerca la noche en que llegamos entre gotas de lluvia y un montón de ruido, de gente y de vehículos al parque de Jericó, en Antioquia. 

Un niño más de los que esperan a los visitantes en la entrada de los pueblos con el deseo de ganar algún dinero sirviéndoles de guía, indicándoles donde están los hoteles, cual es el sentido de las calles, poniéndose a su servicio para cualquier pequeño mandado o para resolverles cualquier capricho. 

Permanecimos dos noches y mientras estuvimos activos nos acompañó en cada uno de los pasos. Nos mostró los restaurantes, las iglesias, los sitios a que habría que ir y nos fue desgajando su historia personal. Su madre es en realidad su abuela. Su hermana lo tuvo como consecuencia de esas cosas que pasan y no deberían pasar y su madre le impidió que no lo tuviera. Tiene pues seis hermanos, uno solo de los cuales trabaja como ayudante de construcción y aporta veinte mil pesos semanales de lo cual todos sobreviven. Sus hermanas son analfabetas. El va por el noveno grado y piensa en retirarse porque no cuenta con recursos para atender las demandas de materiales de alguno de sus maestros. Lo llevamos en nuestras andanzas, nos acompañó a comer: no sabe -¿para qué habría de saberlo? – manejar los cubiertos y termina poniéndose enfermo por las comidas que tenemos por normales. Al principio las toma con entusiasmo (“es que esto no se ve todos los días” –anota-) pero luego se muestra reticente: es demasiado para él. Una gaseosa parece ser todo a lo que está acostumbrado. Si oye que deseamos cualquier cosa, corre por ello; nos trae un taxi o un paquetico de cardamomo, carga las compras, va y vuelve del hotel no importa que tan grande sea el aguacero y se recorre el lugar en tres minutos no sea que se nos ocurra algo más y no esté ahí para hacerlo, se conoce lo básico de la historia de su pueblo y responde rápidamente las averiguaciones. "Vete a dormir” le dijimos tarde ya la primera noche y al otro día al preguntarle como le ha acabado de ir, nos dice que trabajó hasta las cuatro de la madrugada ayudando a armar los toldos para el mercado.

No pierde en ningún instante la voluntad ni la sonrisa.

La vida, esa cosa extraña, lo marcó al nacer. El mundo es para él una isla solitaria, inhóspita o inhospitalaria. Sus oportunidades tendrá que procurárselas él mismo. No habrá mucho quien le ayude. Al despedirlo ya de salida sobre la carretera porque hasta allí nos acompañó, quise decirle algo lindo. “Que tengas un resto de vida muy feliz” le dije para arrepentirme al instante: sonó hueco, falso, injusto, fatuo. Pero él seguía sonriendo al tomar la mano que le estiró mi madre. ¡Ah! Lo marcó tambien la vida con el nombre que le prestó. Se llama Robinson. Solitario, lo arrojó sobre la playa.

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