Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




noviembre 02, 2007

¿Quién eres?





Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Está oscuro
como boca de hombre.

No temo la Muerte.
Prefiero este hecho ineluctable
al otro que me impusieron el día del nacimiento.


¿Qué es la vida?
Un bien que me otorgaron a mi pesar
y que devolveré con indiferencia.


(O. Kayyaham)




¿Qué hace falta que sepan de uno los amigos? ¿Al menos cómo se sobrevive en este mundo?

Sobrevivir: Vivir después de la muerte de otra, o después de un determinado suceso. No podría haber quedado mejor expresado. Sobrevivo porque de manera cierta he sentido siempre que mi existencia es cuanto más un error, una equivocación de sábado en la tarde en que ellos, como medio mundo, se dedicaron a jugar el juego que no necesitaron aprender y lleva a la prolongación de la especie. Esa tarde o esa noche, en que el amor se hacia sin amor, por pura costumbre o por deber religioso y tal vez sin besos, el cabezón de cola larga que desató el proceso le ganó la carrera a sus millones de competidores alguno de los cuales hubiera sido un premio nobel o algo asi en vez de este desastre. 

Todo aquel que no ama la vida como supuestamente debe amarse, es un sobreviviente. Para colmo, el hijo de la mitad de una familia numerosa lo cual marca y determina. Marcaba y determinaba: en algún punto deja de importar.

Uno se construye su propio mundo -no su propio destino: el mio de inutilidades, de libros, de pensamientos, de desolaciones y desdesolaciones.

Fuerte, de fortaleza artificial, construida con base en las debilidades, a veces me veo como una varilla de acero con alma de gelatina, o al revés.

Me gusta la gente tanto como no me gusto a mi mismo. Como observador intimo y no crítico. Nietzsche decía que el hombre es un animal que juzga. Pretendo ser uno que no lo hace, o lo que sería lo mismo en consecuencia: un animal. Condición ésta a la que el ser humano llevado por la imagen y por el hacer mas que por el ser, tendría que plantearse regresar antes de que acabe de destruir la pequeña nave azul que lo lleva por el universo del cual se siente dueño, no parte. 

Me gusta el café. Tengo la conversación por el mayor placer de la existencia. La comida como el más basto. Sensible a la poesía, a la filosofía, a cualquier expresión del pensamiento he llorado frente a un cuadro de Guayasamín o leyendo a Hesse y a Barba-Jacob. Sé páginas enteras de Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar y lamento no haberme aprendido algunas de El Quijote. Intento ver y mirar y a veces lo consigo. Me gusta la piel, los pies, un orgasmo de ojos de esos que hacen quedar tembloroso con sola una mirada al paso, o que se generan por la confluencia del descubrirse mirándose a la distancia, sin saber por qué, con alguien que nunca jamás volverá a verse. He tratado bien a la vida y ella me ha correspondido. Cuando no lo he hecho, ella también me ha correspondido de igual manera.

He estado en las fauces del monstruo y he entendido que los cíclopes, los lestrigones y el fiero poseidón solo existen si el alma los pone en frente (siguiendo a Cavafis). Pero el alma los sigue poniendo en frente y finalmente ganarán la partida. Lo que no saben es cuando. 

La dama pálida ha buscado mi compañía y la he visto sonreír de cerca, pero por no resistir mi mirada a sus vacíos ojos ha dado la vuelta y se ha regresado, por ahora. La próxima vez no la miraré para que haga lo suyo. 

¿Búsquedas? No busco nada, pero estoy dispuesto a todos los encuentros. La búsqueda espiritual terminó en el Zen. 

¿Amor? Siempre. ¿Amistades? Todas. Más que la amistad o el amor, la complicidad. O dicho de otra manera: no entiendo el amor o la amistad más que en el marco de la complicidad.

No hace falta saber más. Si esa complicidad se da, todo lo demás que haga falta se sabrá. Si no se da, también es un acto de complicidad no querer enterarse de nada más.


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