Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




noviembre 20, 2008

Apología de David Murcia Guzmán




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

En la plaza Tiananmen un hombre solo se para frente a una columna de tanques. Consigue hacerla detener. Por un minuto.



Todos, en caso de no ser nosotros mismos tal cual, hemos conocido a alguien físicamente parecido a David Murcia Guzmán. Morenito, de rostro perfilado, aindiado, puede ser un colombiano cualquiera de los que se ven en todos los sitios. Con su cabello largo recogido en una cola, se resumió en una entrevista con la revista Semana de Febrero de este año: "Hago empresa desde los 15 años. Ahora tengo 27. Estudié actuación y trabajé cinco años en la televisión. Fui coordinador de extras, y alcancé a reunir unas 2.000 personas. La gente pagaba los cursos de actuación y luego los llevábamos a trabajar. Yo llevé la mayoría de gente de la película 'Bolívar soy yo'. Por una decepción amorosa me fui para Santa Marta. Trabajé haciendo videos turísticos como dos años. Llegué a tener 17 camarógrafos y dos salas de edición. Luego me fui para Pitalito, Huila, donde monté una red solidaria. La idea era ayudar a los pobres. Yo no tocaba un peso de lo que donaban. Nunca le dábamos plata a la gente. Si necesitaban medicina, se compraba y se entregaba. Empezaron a hacerme la guerra, a decir que yo me estaba guardando la plata y entonces decidí irme y llevar la red a La Hormiga, Putumayo..." Así de simple, estudio actuación y vivió intensamente de ella. Todo lo suyo podría verse como una obra de teatro. Una gran epopeya, una comedia, un sainete o una obra tragicómica. Escoja. Pero se me hace un ser maravilloso. En este mundo signado por la imagen, por el poder de unos pocos, en este país en donde no hay oportunidades ni aún para quienes tienen educación sofisticada, muchas veces en el exterior, un individuo, a sus 27 años, se pone por encima de la masa y demuestra lo que puede hacer un hombre solo. Construye una idea básica: "Si necesitaban medicina, se compraba y se entregaba". Como que nadie puede decir que no cumplió con lo que ofrecía en sus negocios. Cumplió hasta un día en que lo convirtieron en villano, legislaron específicamente en su contra y lo pusieron preso.

Nos enseñan en la escuela que eso fue Bolívar. Un hombre solo que un día decide levantarse contra los Españoles y consigue la ansiada independencia, que no la libertad. Bolívar no libertó a nadie. Un hombre solo, a caballo de Caracas a Lima, al altiplano Peruano y de ahí otra vez a Bogotá. "Habéis sido un militar desgraciado, pero sois un grande hombre" le dijo Camilo Torres en Tunja al recibirlo después de fracasar en alguna de sus campañas. Un hombre solo, se pone de ruana al imperio español, como David a los educados bogotanos.

De pronto en esta patria surgen esos hombres solos: un Pablo Escobar que la transforma por completo, que infunde una cultura que aún es la predominante, o un Murcia Guzmán al que el vórtice de la codicia ajena aúpa la propia hasta el punto de elevarlo a los altares de miles de personas que se lanzan a la calle a reclamar su libertad. Un hombre que es capaz de salirse del lago de los patos que somos todos, al arbitrio de los poderosos, de los dueños de los monopolios económicos –un altísimo porcentaje de la banca colombiana es propiedad de un solo individuo que gana centenares de millones por minuto- y dejar correr un modelo de negocios que atrae tras de sí cientos de miles de millones de pesos y miles de personas que encuentran que su dinero sí puede servir para algo más que para llevarlo al monopolio en donde en vez de aumentar disminuye, en donde si se abre una cuenta con 300.000 pesos y se deja quieta al cabo de un año se ha consumido en costos de servicios: le cobran el extracto, la consulta por internet, la averiguación y la entrada al banco.

Sí. Se sale del lago de los patos y desde la orilla hace uno nuevo. ¡Cuack¡ dice él. ¡Cuack! ¡cuack! le responde la masa que se pelea puesto en la cola para entregarle lo que tiene y lo que no, sin exigir recibo ni garantía. Una tarjeta de prepago de algo, sin un número, sin una clave de verificación, sin un nombre, sin una identificación. Cuando vas a cobrar un cheque al banco te exigen poner la huella digital en un montón de papeles como si fueras un bandido, el cajero te mira inquisitivo, le saca una fotocopia a tu cédula si es que no te la hace llevar, y mueve un aparatico que te toma una fotografía. Los patos, los otros patos, simplemente llegaban donde ti, David, con su dinero y se iban con una fecha anotada en que tendrían el derecho de volver por su ciento cincuenta por ciento, por su doscientos o por su trescientos. ¿Qué culpa tiene la estaca si el sapo brinca y se estaca? decía mi padre puntualizando que siempre había sapo y siempre estaca.

El estado, garoso con los pobres, genuflexo con los poderosos, te puso en la mira porque estabas en la mira de estos.

Nadie nos devuelve los minutos que nos roban las tarjetas prepago del celular, nadie pelea por ti la casa que pierdes después de pagar 15 años las cuotas mensuales que suman diez veces el crédito que te concedieron por ella, y que te arrebatan por una mora de tres meses. Nadie se inmuta por el robo en las tarifas de los servicios públicos. Nadie te devuelve lo que te cobran de más en la gasolina. Nadie te defiende del acetaminofén que es lo único que el médico del seguro puede recetarte en el tiempo que también te niega ese sistema y has pagado.

Bien hombre David. Te enfrentaste a Goliat con el resultado que corresponde. El poderoso siempre gana.

No sé que sea de la suerte de David Murcia Guzmán, pero me importa. Lo expondrán, lo azotarán, lo coronarán de espinas, lo juzgarán sin justicia, lo condenarán y lo crucificarán. Tal vez alguien se haga cargo de él en la cárcel -o fuera de ella- y lo convierta en mártir.

Me gusta este David Murcia Guzmán que de estudiar actuación, a sus 27 años pasó a montar, por unos días, en ferraris o masseratis si es verdad que lo hizo; que consiguió hacer echar decretos con fuerza de ley a nombre propio.

Me importan un pepino los patos que cambiaron con él su dinero por tarjetas. Ellos eran concientes de que el dinero que se ganaban lo robarían a otro. Pero, ¿quién no ha comprado monas para algún álbum? ¿quién no ha cambiado lámparas viejas por lámparas nuevas?

David, te declaro héroe de la individualidad, te declaro miembro del exclusivo círculo de mis admiraciones y me ofrezco para poner, en caso de hacer falta y aunque no, como un gesto simbólico, diez mil pesos en una tarjeta prepago para la defensa que mereces por haberte procurado la forma de ser un ser humano. 


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