Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




noviembre 07, 2008

Manuel





Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



Vosotros que no os criasteis en camisa
Cruzando montes y saltando cercas,
¡oh, no podéis saber, desventurados,
cúanta es la dicha que un recuerdo encierra!

(Gregorio Gutiérrez González)

Un día mi padre llegó con una oveja. Esquilada y triste. No sé por qué razón ni de dónde sacó papá esa oveja. La ató en la parte baja de la casa en donde la infelicidad se le advertía en la mirada. Le puso un nombre: Manuel. "Manueeeeeeeeeeeel" la llamaba papá imitando su balido y nosotros lo imitábamos a él y la imitábamos a ella cuando ella respondía, pues aprendió a responder, "beeeeeeeeeeeel". No sé. Tal vez ya lo sabía.

Duró varios meses allí mientras le creció la lana y ganó peso. Los niños jugábamos con Manuel, la abrazabamos, la veíamos hermosa. Era la oveja que cargaba Jesús. Era lo más tierno e inofensivo. Queríamos que llegara Navidad para ponerla en el pesebre con esas otras ovejas que mamá sacaba de un baúl y dejaba al cuidado de un pastor sobre un pedazo de barranco con pasto cuidadosamente recortado.

Justo antes de navidad papá decidió que nos comeríamos a Manuel. Llegó con alguien -no quiero recordar que haya sido él mismo- que la degolló y la desangró como se ve en esas fotos de las pascuas judías. Llorábamos desde lejos y, por supuesto, nos negamos a comérnosla a pesar de los esfuerzos que hicieron los adultos. A pesar de que de ella hicieron asados que olían rico, cocidos y morcillas. ¿Quién quiere comerse un hermano?.

Su cuero lanudo anduvo abandonado después de varias semanas al sol en que nadie quería mirarlo aunque papá ordenara ir a voltearlo, hasta que mamá le puso oficio como pie de cama .

"Tráiganme a Manuel" decía cuando veía que estaba lo suficientemente sucio para merecer un baño. Se lo llevábamos y aparecía a los pocos días de nuevo en la habitación de mis hermanas blanquísimo y tibio. Guardaba por semanas el calor del sol y era fantástico apoyar en él los pies desnudos.

Pobre Manuel. Si en mi casa dicen "manuel", alguien responderá "manueeeeeeeel" con una gran sonrisa pero con esa mirada triste que tenía Manuel.

Papá no aprendió la lección. Unos años después apareció con un gallo al que llamó Patroclo. Pero esa es otra historia.
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