Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




enero 11, 2009

Dallas




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Pido unos huevos revueltos con la idea de obtener lo que en mi pueblo. Lo que traen alimentaría cabalmente a seis personas.

El gps conectado al carro muestra la posición en la que vamos, describe cada pequeñísimo giro de la carretera, cada detalle a lado y lado y habla cuando es necesario: turn left, keep right...

Dos niños negros se bajan de un vehículo en una gasolinera de tantas. Luego un señor de estatura mediana y contextura normal. Después una señora gorda, gorda, muy gorda. Desocupo el andén para que pase. Debe ser alguien que come diariamente la porción de huevos revueltos que pusieron en mi mesa.

La ciudad ni es grande ni se diferencia de otras. Dejamos el carro en un parqueadero, A lo largo de las cuadras que caminaremos en las próximas horas no veremos arriba de 20 personas que caminen como nosotros. Una persona, un carro.

Vamos por Elms luego de detenernos en el extraño monumento que le dedican a JFK. Extraño, el autor lo explica como una tumba abierta. Una placa en el piso rodeada por paredes. La plaza es bonita. Impersonal. Me produce la impresión de algo hecho porque toca.

Damos la vuelta a un edificio de ladrillo rojo más propio de algún pueblo de Hungría. Parece un palacio de Drácula. Algunos de mis compañeros dicen "lindo". "Horrible", es mi comentario.

Al frente el edificio del que, supuestamente, disparó L. H. Oswald. La ventana del extremo derecho del sexto piso, indicada con una señal. Llegamos a Elm. A la izquierda la pequeña colina que rodea la calle. Dos X en el piso señalan el lugar exacto en que JFK recibió los disparos que lo mataron. Tomamos fotos. Mi corazón se estruja. Estoy parado frente a las señales. El ambiente general es distendido. Alguien vende publicaciones relacionadas. Pregunto en qué lugar exacto estaba Zapruder, el camarógrafo que filmaba aquel día. El hombre me señala el sitio: un pequeño muro como de un metro de alto, me subo en él y me paro en el lugar. El hombre supo porqué lo escogió, la visual es perfecta. Me estremezco y recorro mentalmente de nuevo las escenas. Me bajo de allí. Me siento unos minutos en el suelo, intento meditar: no pensar en el hecho, meditar. Me siento observado me contengo y me reincorporo al grupo con que ando. Al frente el puente ferroviario desde el que también pudieron producirse los disparos.

Siento rabia de recordar esa foto en que el asesino del supuesto asesino lo asesina en plena cárcel y en medio de los alguaciles de Dallas. Vuelvo a estremecerme.

Vamos hasta el edificio de los disparos. Hay una tienda de recuerdos y un tour por el sexto piso. No lo haré, me digo. Aquí hay muy poca verdad.

Atravesamos la Elm y caminamos por el prado del frente donde unos estudiantes se hacen fotos y aquel día la gente se lanzaba al suelo protegiéndose. Abandonamos, como quien dice, la escena del crimen. La dejamos atrás. Comparo con mis imágenes mentales: la calle que imaginaba era más grande, no lo es tanto sino una calle pueblerina; el lugar lo suponía más imponente pero no: en últimas, me convenzo, es un político que recorriendo en un vehículo descubierto una calle cualquiera de una ciudad cualquiera en busca de unos aplausos cualesquiera, encontró la muerte. Sí. Se estaba en tiempos de esperanza. Se está en tiempos de nuevas esperanzas. ¿Las frustrarán de tres disparos? ¿Habrá de nuevo balas saltarinas capaces de dar extraños giros y herir a dos personas matando a la de más atrás?

Queremos ir a un sitio más allá y nos metemos por una calle. De pronto estamos frente a un gran edificio blanco sin identificación ninguna. Lo siguiente es el grito de una enorme vigilante negra que nos ordena retiramos de allí. Estamos a menos de cuarenta pies de un edificio federal explica alguien. Nos desplazamos a un lado. Luego andamos por el andén del edificio. Las ventanas son cerradas. ¿Que será lo que hay allí adentro? Tres personas esperan el autobús. Esta gente es rara: por un lado quítese, por el otro no. Si los árabes de Arabia Saudita tumban las torres gemelas, los que pagan el pato son los mexicanos.

Un poco más allá el edificio del diario de la ciudad se anuncia con una frase rimbombante que seguramente han respetado muy poco.

Luego vamos hasta el rancho en que se filmó "Dallas", la serie de TV. Puro decorado. ¡Todo es tan artificial en esta ciudad! Miles de cocuyos rojos por las avenidas de cinco carriles es lo más real. Y uno ahí. Tan solo uno más.

Somos varios en nuestro vehículo.

En cada uno
de los miles y miles,
una persona.
Una persona sola.

Una sola persona sola
no es una redundancia.

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