Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




febrero 16, 2009

Papá
















Luis Fernando Gutiérrez-Cardona





No son dos cuadras desde casa hasta la de mi hermana. Vamos a ella los domingos en la tarde. Nos vemos allí quienes estamos disponibles de la pequeña tribu. Conversamos de cosas. Muy poco de nosotros mismos. Compartimos un café. Nos vemos crecer y decrecer. Nos damos cuenta de qué pasa por las vidas sin decirlo y el tiempo es un instante que dura algunas horas.

Esta tarde pensaba en mi padre mientras iba y luego de regreso. ¿Cuándo lo ví por última vez? ¿De qué hablamos? No fue ese día de junio de un año que no recuerdo poco antes de las doce cuando mi hermana llamó a decir que otro de mis hemanos lo acababa de llevar a casa en un taxi, como si no le pasara nada, procedente de la iglesia del barrio donde la muerte lo alcanzó muy silenciosa en una de sus bancas. Acudí. Yacía sobre el sofá de la sala. Mi madre lo miraba incrédula, sin decir nada. Los demás hermanos fueron llegando. No lloramos. Cada uno se acercó en silencio con el respeto que siempre se le tuvo. Lo cubrieron con una manta. Empezó una llovizna suave que toleramos fuera en la terraza de la entrada de pié, callados, sorprendidos.

No fue ese el día que lo vi por última vez ni un poco antes cuando escuché sus últimas palabras dichas con el hilo de voz casi inaudible que adoptó al final. Fue unos años después que me despertó de golpe en medio de la noche. Miraba serio y con aire de reproche al decir -en esa voz baja pero clara- que mi hermano lo buscaba, que él no quería dejarse encontrar porque no entendía que hacía allí, que aún no era tiempo para que llegara. Sostuve su mirada y registré su enojo -creo saber el porqué de ello- sin intentar decirle nada. Dio vuelta y no le vi más.

Mas, al recordarlo, recuerdo tantas veces llevándonos a pescar y enseñándonos a estar orgullosos de los pequeñísimos peces que daban las quebradas de la región y él pescaba para nosotros. "Si les preguntan digan que son ballenas de tierra fría" y como tales los exhibíamos altivos. Y una vez que dije algo que no tenia que decir pero tenía que decir y él tuvo que asumir, y, sin reproches por ello, en medio de mis amigos, con su voz profunda y seria anotó poco después: "Como dijo El Lusitano: que bueno es llegar al puerto con las velas untadas de tempestad".

Lo llevo muy adentro. Le guardo amor, afecto, admiración. En las tardes de domingo, que compartimos un café y algo más, que conversamos de cosas -muy pocas de nosotros mismos- y nos damos cuenta de lo que pasa sin decirlo, que nos observamos crecer y decrecer, lo veo en el rostro y los decires de todos. Aún de quienes no lo conocieron o lo olvidaron. Y me estremezco.



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2 comentarios:

Mercedes Sáenz dijo...

Luis, me gustó mucho este texto. Me conmovió. Un abrazo. Mercedes

julia del prado morales dijo...

Luis vengo a tu blog a través de Mercedes, también me conmoviò tu relato, los que hemos tenido padre, nos acordamos con amor, abrazos de Julia