Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




febrero 09, 2009

Noticias de la Parroquia


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
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La escena estremece el alma. La cámara desde lejos toma a un lado el helicóptero que se aproxima. Al otro las personas que lo esperan y que son contenidas a una distancia razonable. En primera fila dos hombres jóvenes sonrientes y nerviosos visten jeanes y camisas blancas. Uno de ellos lleva flores blancas y rojas en la mano, el otro lo mira como esperando una señal suya, como queriendo saber que debe hacer. En un instante se echa la bendición. El helicóptero toca tierra, se ven bajando las pequeñas escaleras unas botas embarradas. Las lleva el cautivo liberado después de casi siete años de secuestro. El hombre, de cabello prematuramente cano, robusto, fuerte a la vista, está en la pista con el brazo en alto y una gran sonrisa en su rostro que de pronto, en un instante, en una mínima fracción del tiempo, se transmuta en uno de sorpresa, de infinito asombro: los muchachos de blanco han emprendido carrera hacia él, son sus hijos que tenía al ser secuestrado. Se arrojan en sus brazos. No queda más que espacio para el llanto. Pero el rostro de asombro del padre al ver sus hijos, a lo que fueron sus hijos porque ahora, transformados en adultos jóvenes son diferentes, sugiere un montón de interrogantes que se adivinan en él. ¿Es asombro? Es desolación, aflicción, angustia y desconsuelo. Destrucción absoluta. Soledad total. ¿Qué pensaría? El tiempo no puede recuperarse. El ser parte de la etapa de la vida de sus hijos en que se consolidan como seres, aquella de toma de posturas frente a la vida, ya no es posible. Es claro que le resultarán extraños y él a ellos. Para los hijos ¿qué representará la aparición en su vida de alguien con vocación de autoridad, con autoridad de padre, que llega cuando ellos ya son lo que son y trae de todas formas el trauma de su secuestro, de su ausencia? Un amigo escribe en estos días que busca un padre o en su defecto un hermano mayor. No sé qué pasa por su mente al reclamarlo, tal vez la urgencia de algún referente, de algún punto de apoyo o de alguien a quién echar la culpa. O quien lo lleve a jugar billar, a tomarse una cerveza. No lo sé. ¿Qué representa para cada uno un padre? ¿Qué un hijo? Pero sé que duele el alma que seres humanos que en alguna parte extraviaron su condición de tales, hayan arrebatado a padre e hijos de sus brazos, de sus vidas. Extraños seres humanos desnaturalizados que han de tener o querer tener sus hijos propios. Arrebataron la vida tanto a quien sobrevivió, como a quienes mataron compañeros suyos padres también, sin piedad, un día cualquiera al medio día en que el sol, extrañamente según la narración, brillaba en el rincón del monte que habría de ser su tumba provisoria.

“No lloréis por mí; llorad por vosotros mismos y por vuestros hijos» Pero no por los victimarios. Por ellos no. Ni por quienes los dirigen. Ellos tienen que ser llevados ante la justicia. La justicia humana. Y condenados. No como bestias que ni bestias son. Como humanos. ¡Qué desgracia!

1 comentario:

Dave dijo...

bonita narracion sobre el momento,tambien me quede pensando en la cara de el cuando lo vi, senti ganas de llorar en el momento