Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




marzo 16, 2009

La Mesa del Lado



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Si no dejo
rastro alguno
en este mundo fugaz,
¿qué podrías
reprocharme?

Ukifune


(Escuchado en la mesa del lado, una tarde a la caída del sol)


Desde niño, desde muy niño, si alguna vez fue niño, el monstruo le mostró sus fauces. El monstruo no tiene un rostro diferente del suyo propio, no existe en realidad, es una creación de su mente. Él lo sabe. Y es uno y varios, insidioso en todo el sentido de la palabra. Le puso nombre: le llamó -los llamó- sus demones y ellos le llevan a un lugar que no tiene formas ni colores, un pozo. Oscuro a veces, iluminado otras. Ellos y él establecen una relación curiosa: se ahuyentan cuando se les ahuyenta, pero no se van... se quedan mirando para regresar, si es que regresan porque siempre están, cuando encuentran por cualquier razón la puerta abierta. Para regresar o para regresarse. Batalla con ellos diaria y nochemente y conviven a fuerza de conciencia y de voluntad, a fuerza de conocerlos y reconocerlos. Sabe que ellos ganarían, pero no saben cuando. Que no lo sabrían. Que no se los diría. En el punto en que fueron más difíciles buscó y obtuvo ayuda. Poderosa y eficiente, no la encontró en las pastillas de moda, sino en la única parte en que está: adentro suyo. Ha construido murallas muy fuertes, solo él sabe cuán fuertes, que si bien lo protegen, lo limitan. Pero los demones no son débiles. Conocen lo que ese muro aguanta.

No se buscó eso, como no se busca el color de los ojos o el tamaño de la nariz, ni el grado de la inteligencia. Es lo que hay y así lo acepta. Ha intentado ser pacífico: viviría con muy poca cosa. Solo llevado por las circunstancias funge de algo adicional a lo que quisiera ser: un ser humano llano y simple. Ha sido medianamente útil. Se considera, sin menospreciarse, una equivocación, un mal momento, el infortunado resultado del ejercicio del viejo derecho a procrear en que el único cabezón de cola larga que no debió ganar ganó. Y no transfirió para su fortuna, para la del resultado, su mala espina a otro ser sintiente que fuera como suele decirse sangre de la suya.

Y no culpa a nadie de ello. Y nadie tiene la culpa de ello. De haber algún culpable es él y solamente él. Pero tampoco.

Ha llegado al momento en que no quiere que la vida sea más una victoria pírricamente obtenida día por día. De eso es de lo que no se trata la vida aunque el cúmulo diga lo contrario.

Ha sido bien amado. Ha amado con ese amor que anida más allá de lo superfluo. Y sus amigos lo han sido a pesar de él mismo.

Entiende el dolor, el fastidio y la pereza por sus silencios, por lo que ven como su falta de alegría, su enfermedad, su rareza, su anormalidad. Lo entiende tanto como entiende que no tiene que disculparse por ello.

Intenta no hacer víctimas de su ser. Ni serlo.

Si pudiera se iría a un lugar desde el que se viera el mar. Solo. Para no molestar a nadie. O acompañado de quien no se sintiera molesto. Y dejarse ir montado en una onda cósmica. Transmutado en nada. En una llama al viento.


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