Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




abril 07, 2009

Al paso




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



Zorrilla era un personaje extraño y silencioso. Se llegaba hasta donde mi padre con su caja de embolar y hacia su trabajo rápida y eficientemente. Terminaba con dos graciosos y sonoros  golpes que uno esperaba ansiosamente, dados al aire con su trapo de brillar. Solo hablaba si se le hablaba y tenía un cierto aire de hombre leído, de conocedor del mundo. Papá le conversaba en tono confidencial no se de qué. Tal vez de lo que pasaba en el pueblo, porque lo sabía todo. Papá intuía que sabía algo que nunca nadie supo. Quizás lo supo él también y lo calló.  Habría tenido una vida anterior en alguna parte de Antioquia. Su nombre propio era sonoro y llevaba un apellido distinguido. Leía a Vargas Vila cosa que solo hacían ciertas almas libres. Por cierto, llevado por la curiosidad una vez leí a escondidas, algunas páginas de un libro suyo: no entendí nada pero igual me condené.

Pacha era una viejita encorvada, siempre vestida de negro hasta los pies. De rostro totalmente arrugado, Papá, que le daba unas monedas después de preguntarle algunas cosas, le tocaba el pecho con el dorso de la mano. Decía que era por palparle las medallas, pero sus ojos eran traviesos. Siendo niño ella me llegaba al pecho. Decía que rezaba por mi. No sirvió de mucho.

La Virginiana iba a misa de 9. Y se vestía como la vírgen, según la fecha. Se ponía un vestido verde constelado de estrellas de papel brillante que le hacia creer que era la vírgen del perpetuo socorro. Un día resultó en embarazo. Cosas del espíritu santo.

Polo era sucio, mal hablado y blandía un gran garrote cuando los muchachos lo molestaban. Con José, con Carecuca y con Pedro Luis que gritaba a todo pecho "¡mal paridos!" eran los personajes a quienes les patinaba el coco. Y Dolores, que terminó sirviendo en casa. Enloqueció aun más pero no creo que haya sido por eso. ¿O sí?

Don Salvador Aristizábal ofrecía a gritos "vendeaguja", una especie de ramas o raíces que no se para que servian. "Para nada", decía papá.

Débora vivía por San José y tenia sus visitantes. "Débora: ¿mucho polvo en el camino?" "-Uno que otro, don Gerardo" respondía ella.

(Mi madre rezongaba por lo bajo: ¿por qué es que le gusta tanto conversar con los bobos? Y él, claro, no le respondía)

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