Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




abril 13, 2009

Notas de Aire




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Para John Jairo Osorio
que propició la magia.


La noche no era clara pero la luna se adivinaba por el oriente. Un frío acariciador corría mientras contemplaba a solas el horizonte desde un pequeño rincón de la casa en la montaña. Arboles al frente; y más allá, muy al fondo, resplandor de relámpagos hacían brillar la noche. Al otro lado el reflejo de las luces de la ciudad cercana. Por momentos, al pasar, las nubes dejaban al descubierto una estrella solitaria. Tuve la sensación olvidada de estar en la nave espacial en que estamos sin darnos cuenta. Me sentí en la ventana del camarote del Capitán Kirk. Kirk tenía el universo en frente sin el obstáculo de una atmósfera. Que bueno para él, pero esa era su nave y esta la nuestra. Sentí los veintinueve y medio kilómetros por segundo que logra esta nave, y la sentí rotando e inclinándose sobre su eje de la misma manera como se siente el tomar una curva amplia al conducir un auto. Apoyado en la barandilla creí que la nave azul que vaga alrededor de una estrella, obedecía a la presión que ejercía sobre ella uno de mis brazos y se deslizaba hacia donde la llevaba.

De pronto, algunos centímetros sobre la superficie, una luciérnaga encendió su pequeña luz y otra le respondió. Las había olvidado. También otra y otra fueron iluminando las plantas al frente y trazando su pequeño baile de encuentro. Fueron ellas las estrellas que la noche no dejó ver en el cielo. El corazón, el corazón físico, me dice con un pequeño dolor que unas pocas horas antes dos colibríes habían volado cerca de él bebiendo de las flores. Dos colibríes de verdad.

Tarde, la luna apareció llena por sobre el cerro piramidal que sirve de fondo a la cabaña. Recordé algunos capítulos de Viaje a las Estrellas en que los tripulantes, fatigados de alguna aventura, iban a la holocubierta en la que se les presentaba la tierra tal cual como la estaba viendo en este instante. La luna la podían ver como la luna. Y podían caminar por entre la lluvia y acariciar y oler las flores, y sentir las plantas. Y sentarse bajo algún árbol a escuchar una fuente. Todo desaparecía sin más al terminar el tiempo del programa. No tuve más envidia de Kirk.

Adentro de la cabaña los computadores prendidos ganaban al espectáculo que había allí afuera.

Hago entonces las preguntas inevitables sin conseguir que una sonrisa se asome a estos labios endurecidos por eso que volvimos extraño y que llamamos vida.

La nave sigue su viaje con el piloto automático puesto.

El agua se desliza bajo la pequeña plataforma en que estoy parado.


Conversa con el viento,
habla con las nubes,
roza y pule las piedras,
arrastra lo que existe.


Y es nube a su vez
y es viento
y aire
y roca
y planta;
es pez,
rumor
y música.

Por una fracción de segundo, lo soy también con ella y con el todo.

¡Ah!... Si uno pudiera comenzar de nuevo.
Si uno pudiera no comenzar.

No habría necesidad de justificarse, de oír decir que lo que el ser dice no lo dice el ser.

No consigo sonreír.
Me duele el alma.

§


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