Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




julio 11, 2009

Amparo




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

El teléfono suena antes de las ocho de la mañana.

—Aló...
—¿Fernando?
Es ella.

—Hola, Amparo. ¿Cómo amaneces?
—¿Cómo estás mijo? -intuye la respuesta-
—Sobrevivo, respondo bajito.
—Es que pensé en ti y solo quería llamarte a averiguar como estabas, a decirte que te quiero mucho y que todos pasamos dificultades y dolores en la vida. Ánimo pues y cuidate mucho. Un abrazo.

Cuelga.

Llama cada tanto o pasa por mi oficina con un paquete de galletas o algún animal raro de esos enlatados que sabe que me gustan. Con una botella de vino o de algún buen whisky que cuando son de ella no comparto sino que apuro despacio en medio de esas extrañas soledades que no sé como hace ella para enterarse cuando son más solas.

No se demora mucho. Lo necesario para decir una frase llena de afecto, de consuelo. La acompaño hasta el ascensor -siempre equivoca el camino- y nos despedimos con un abrazo. Espero que la puerta se cierre. Me deja el alma arropada y cálida y con una sonrisa en el rostro.

Y no es ella la que me debe querer a mi. Soy yo quien debe quererla a ella. ¿Quién querría ser amigo de ese niñito desgarbado y triste? ¿Por qué abrirle su hermosa casa siempre siempre con una gran alegría, dejarle dormir en ella, tener para él un postre, un café, llevarlo en su carro, poner en él esos hermosos ojos azules y escucharlo con cuidado? ¿Por qué llevarlo a lugares que de otra manera no podría pisar? ¿Por qué dejarle acompañarla algunas veces de alegrias, algunos instantes de soledad, algunas horas de dolor? Y permitirle construir una amistad que no siente el tiempo. ¡Ah...tanta, tanta generosidad!

Ahora, que las luces empiezan a apagarse. Ahora, cuando extraños seres alados rondan mi cabeza, en las mañanas, antes de que sean las ocho, hace timbrar mi teléfono o se aparece por con una sonrisa y un abrazo, y consigue no solo ratificar que la amistad existe, si no también hacer de mi el niño que cree en el ángel de la guarda.

Hay, en efecto, almas que nos hacen creer que el alma existe.


*


1 comentario:

Anónimo dijo...

:) La vida sería un tedio sin esas almas... que traigan consigo el beneficio de la duda... (con límite de inventario)