Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




agosto 02, 2009

Galerías





Luis Fernando Gutiérrez-Cardona





Hoy fuí a las galerías de compras. Galerías se llaman aquí el mercado popular.  Por alguna razón atávica esa es de las cosas que hago con placer. Es, pienso, algo que debería siempre hacerse en compañía de aquellos con quienes se vive, con quienes se compartirá lo que se adquiera. Tal vez esa sea la razón, mi padre lo hacía con nosotros.  Al fín de eso es de lo que se trata: complicidad en compartir el escoger lo que sostendrá el cuerpo. ¿Qué hay más importante, primaria y sustancialmente, que comer?
Por dos mil pesos tomas doce plátanos, por mil una yuca grande, por tres mil tres aguacates o dos papayas o dos piñas... Te enciman el perejil y cuando menos piensas tienes un montón de cosas, incluído un coco que no tienes idea como abrir. 

Pasas de las cosas que no te gustan, pero no de las que sabes le gustan a los otros. Hoy el señor que me atendía me ofreció mafafas. "La palabra es linda" le dije y anoté "¿Eso se come?" "Claro, respondió, llévese estas dos para que pruebe. Se las regalo...." Y siempre que pregunto que es esto, terminan por ofrecérmelo gratis.

Caminas en medio de un montón de personas que huelen a tierra y a sudor y ese olor se te pega, y un sabor a cosas frescas se te instala en el paladar. Te sabes a ello. 

Hombres feos no porque lo sean, sino porque trabajar al sol ha de afear. Buenas gentes, generosas. Lo recorres todo tomando una cosa aquí, otra allá. Aceptando probar una naranja. Abriendo una granadilla. Partiendo una mandarina, una guayaba. Embriagado de colores. Y luego, camino de las ramas que se usan para hacer infusiones o como remedio, pasas por el lado de calambombos que cuelgan ahí como en las plazas de los pueblos. Todo es tan natural.

Le pregunto a una señora qué tiene para desayunar y me ofrece caldo de pajarilla, sopa de pescado y otros potajes probados en su tiempo, ahora sospechosos. Termino en unos huevos revueltos con tomate, una arepa que sabe a maíz de verdad y de vereda y un chocolate en taza que reemplazo por una cocacola solo porque tengo temor que se resbale y resulte un desastre. 

Al pagarle, dos mil y algo más de pesos, le digo: "Sus huevos saben a los que hacía mi madre". A la señora le brilla la mirada y me devuelve los billetes con una gran sonrisa: "Si sintió eso, dice, yo lo invito al desayuno". Por supuesto no se trataba de confundir valor con precio.

"¿Por qué compró tanto?" preguntan cuando llego a casa. "No sé, respondo, eso fue lo que echaron, lo que compré fue poco".









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1 comentario:

Anónimo dijo...

Y despues dices que la vida no es hermosa... :) (Te quiero!)