Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




septiembre 10, 2009

Notas de Aire


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Manizales es una ciudad curiosa,
en donde hay caciques por el tipo y por el alma
(Fernando González)


Decidí que asesinaría la tarde de dos busetazos y una exposición de pintura. Hacía años que no iba al centro de mi ciudad con el ánimo de permanecer en el un rato largo. Voy algunas veces, entro a un edificio, hago la tarea que haya que hacer y regreso. Es una ciudad pequeña. La buseta recorre las 40 cuadras que me separan de donde voy en menos de diez minutos. Las pinturas están exhibidas en un largo pasillo en el que estoy solo. Son diez o doce de paisajes andinos, bellas pero no impresionantes. Conozco el artista. Recorro los cuadros dos veces y encuentro, disimulada, una lista con sus nombres y sus precios que fluctúan entre 3 y 10 millones de pesos. tasados al parecer por centímetro cuadrado. Salgo de la sala y decido caminar la calle que ha sido el centro de la ciudad. La tomo en la parte alta y lo primero que llama mi atención son los arboles que han sembrado en los andenes. Son palmeras que se me ocurre tristes, altas y fuera de lugar. ¿Nos volvimos una playa? Empiezo a caminar hacia el oriente, despacio. No hay tráfico porque hay obras de teatro en plena calle. Aquí un mimo intenta interpretar un discurso que expele unos altavoces. El discurso es malo, pero el mimo peor. Mas adelante, en la esquina de la horrorosa catedral, un artificio sirve a una especie de trapecista que se envuelve y se desenvuelve a cinco metros de altura, en una tela de color amarillo intenso. El artista hace uso de un gran estado físico. La gente lo rodea y lo aplaude. No estoy el suficiente tiempo para entender su representación. Dos cuadras más allá un grupo de actores muy jóvenes con trajes coloridos hacen malabares y danzan una fusión entre música árabe y caribeña. La gente los rodea y me doy cuenta que ese es el espectáculo en realidad: la gente. Mucha gente que mira y mucha gente que pasa, mucha gente con la que me he cruzado a lo largo de esas diez cuadras. Gente de todos los tamaños, de todas las vestimentas. Si: pasó uno con una túnica zanahoria y aire de hare khrisna, pasó uno con una especie de sotana verde oscura. Y pasamos todos con nuestros ropajes más o menos iguales, más o menos diferentes, en una mezcolanza de colores. Huele a gente. Sabe a gente. Hace mucho calor para ser mi ciudad. Para ser la ciudad que en la niñez era muy fría, muy nublada, muy lluviosa y muy seria. Gente joven de extraños peinados que se mantienen elevados por efectos de alguna sustancia, mientras a los lados se desprenden largos cabellos que les llegan hasta el cuello, como judíos ortodoxos pero sin crespos. Gente no tan joven, gente, gente. Gente extraña. Mucha actividad pero al mismo tiempo parece que no pasara nada. Como si la actividad empezara y terminara en cada persona y en lo que cada persona hace o intenta mostrar que hace. Me siento extraño. Siento como si esto no fuera mi casa. Los edificios pintados de colores chillones que intentan potenciar su capacidad comercial. Nada me identifica con estas calles. Vendedores de discos, de películas, de brasieres y de cucos. Puertas que eran amables como la de la biblioteca del banco central, ahora son pequeños resquicios blindados que no invitan a seguir. La librería donde escuchaba horas a sabios contertulios, tiene el aire de un zaguán. El bar donde nos enamoramos ya no existe —en realidad dejó de existir hace mucho, pero me gusta pensar que ayer estaba ahí—. Avanzo unas cuadras más. En un parque preparan el espacio sobre el andén para alguna otra actuación. Me detengo a comer una de esas albóndigas en "La Alemana", que el alemán, decían, hacía con carne de ratón. Soy el único cliente. Dos mujeres jóvenes conversan con la dependiente. Hablan del embarazo de una de ellas, de la juventud que perdieron siguiendo a hombres que después de cinco años les dieron una patada en el culo, en sus palabras. Una de ellas, no debe tener más de 30 años, dice que repite embarazo después de catorce años. Tuvo su primer hijo por tanto a los 16, no más allá de los 18. Y hablan de lo malos que son los hombres, del abandono a que las sometieron a ellas y sus hijos, de una operación para no tener más, de su falta de trabajo que suple la bondad de sus padres. Pero no lo dicen con particular fastidio. Simplemente hablan de ello como un hecho de la vida.

¿Por qué me siento extraño? No es esta mi ciudad, no huele a mi ciudad, no sabe a mi ciudad, no se pisa como si fuera mi ciudad. No es limpia y amable como era mi ciudad. Es un espacio en el que viven montones de personas, en el que vivo pero es ajeno. Es una marmita en la que nos cocemos todos. Esta tarde es una olla a presión. Aquí la gente no le importa a nadie.

Le pego el segundo busetazo a la tarde para acabar de matarla. Hay grafitis en el respaldo del asiento del frente: "Fernando, te amo". Oh!, gracias, pensé, ¿cómo pudo saber que tomaría esta buseta?. El sol va cayendo. De mi ciudad no queda más que los atardeceres. Tan solo los atardeceres. El aire tampoco es el mismo.

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