Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




octubre 17, 2009

Caballito de nubes






Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Para David Estrada,
que también ve caballitos



Papá era uno de esos seres extraños que miran al cielo y ven en el cielo guitarras, ángeles y dragones.

Que era capaz de meterse en montes cerrados y salir de ellos como si nada después de encontrarse con animales de todas las pelambres y con brujas que danzaban alrededor de un gran árbol.

Que cuando describía un tigre, siempre uno de Bengala, sus rugidos se escuchaban en la cuadra y uno lo veía pasar frente a los ojos.

Que cuando hablaba de elefantes terminaba montándolo a uno en uno de ellos y llevándolo a galopar por algún lugar de la india o del áfrica.

Para quien los leones eran simples gaticos perseguidos por algún Tartarín de Tarascón, personaje de un libro de Daudet que mantenía a la mano. "¿Leoncitos a mi?, decía como don Quijote, ¡que se vengan de a uno y no me hagan pandilla!"

Papá decía que no debíamos comer las frutas de las chirimoyas porque nos crecería un chirimoyo en la barriga. Un día de temporada de la fruta, notándome incrédulo con una gran bolsa de ellos en la mano, me llevó al parque a ver un niño que se había comido una pepa de mamoncillo. (Las chirimoyas eran más bien escasas y el sugería como quien no dice nada que podían ser venenosas, tal vez para que nadie las tocara y comerselas él con mi mamá). "A consecuencia de aquello al niño le creció un árbol de mamoncillo en la barriga". No podía ser de otra especie pero con él contando el cuento cualquier cosa podía suceder.

— "Las ramas, dijo describiéndolas de modo que no había lugar a dudas, le salieron por las orejas, por las narices y por la boca. También las raíces encontraron una salida. Pero el doctor Arbeláez le sacó el árbol de la barriga. Para eso necesitó de un hacha como la que tiene su abuelo en la finca, y un serrucho de los grandes, de los del aserradero de don Manuel Ramírez. ¡Cómo sería de grande el palo que con la madera que quedó hicieron esa casa! -señaló la más grande de la cuadra.

[Por eso el niño ya no tenía ramas, ni hojas ni raíces, dejó que concluyera por mi mismo.]

— "Su palidez, que yo no noté pero el destacó, es porque no se le ha pasado del todo el color amarilloso de los mamoncillos, que le quedó de tantos que tragó".

Yo miraba alelado al niño intentando imaginar cómo el doctor taló sus ramas, pero cuando quise acercármele para ver si le quedaban rastros o para hacerle alguna pregunta de esas que los niños hacen y los mayores consideran imprudentes, papá me cogió de la mano y nos fuimos para la casa por la calle de arriba.

Ese día pasó algo que no entendí hasta mucho después cuando me reconocí en unas fotos como a los dieciséis años y me vi como si viera a otro. Camino de casa nos encontramos con unas señoras que le dijeron: "Don Gerardo ¿el niño es hijo suyo?" él respondió con sorna soltándome la mano: "Es un amiguito". Tal vez pensó que nunca entendería.

Con él aprendí a ver caballitos en las nubes tirado en la manga del frente de la casa y alli me iba a ver pasar estrellas por el firmamento.

Mamá apenas mecía la cabeza desde la ventana y decía, desesperanzada y triste: "¡A quién le habrá salido este muchachito!"


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