Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




febrero 24, 2011

Él





Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Conoció la oscuridad y supo lo que era el silencio. Conoció el miedo. Anduvo a pata limpia y con cotizas. Recorrió caminos de herradura, entendía de mulas y de bueyes, conoció el carbón de leña, los arrieros, los radios de tubos, la onda corta, el mundo sin tv, la imprenta, los calabozos y los azadones, las hornillas, los carrieles, la yesca y el tizón y es posible que hubiese sido cargado a lomo de hombre. Conoció las máquinas de escribir desde las remington de gran cuchara para devolver el carro, hasta las ibm eléctricas. Conoció las cartas escritas a mano, el telégrafo, el marconi, los primeros teléfonos y las telefonistas. Usó ábacos mecánicos, y luego esos de palanca, la aguja de arria, las máquinas de coser manuales sustituidas por las de pedal y estas después por unas de pequeños motores milagrosos. Supo qué era la mano del pilón, el maquín, la máquina de moler, la salmuera y la lejía. Saló la carne en tiempos sin neveras, la secó sobre el fogón para que durara, la envolvió en cebolla y la curó, conoció los pilones para pilar maíz, y supo que el maíz venía de las plantas no de los supermercados. Tomó leche al pie de la vaca sin que le doliera tripa alguna. Montó a caballo, en macho, en mula en asno. Se alimentó de frijoles con coles, plátanos verdes yucas y arepas y alguna vez, en cumpleaños, un huevo de las gallinas que comían lombrices en el patio. Sabía del mar, pero no vio nunca uno por lo que imaginó sus olas en poncheras y su sabor vertiendo sal y los barcos eran unos que hacía de periódicos. Pegó estampillas con saliva y envió y recibió cartas por correo que si llegaban en dos meses deslumbraban por su rapidez. Se enamoró de lejos, pidió permiso para visitar la novia. Conoció la virginidad propia y la otra. Puso pañales de tela, los lavó y los secó al sol. Se bañó con el agua tal como salía de la tierra ¡y era gratis! Uso jabón de tierra y lo supo distinguir del perfumado un día que se atrevió a comprarlo, sospechoso si era de hombres el usarlo. Conoció el papel carbón y más de dos Papas, más de tres, tal vez cinco o más y muchos presidentes, bandidos, bandoleros. Sufrieron en su entorno de buenamoza, de paperas, de bronquitis, de sarampión y supo de la disentería, la fiebre tifoidea, la lepra, la tuberculosis y la viruela antes de que todas las enfermedades fueran reemplazadas por un virus que está dando. Usó lechuga para alisarse el pelo. Oyó que montaron una perra en un cañón inmenso y la enviaron a las capas superiores de la atmósfera y que después hicieron lo mismo con un hombre. Vio televisión en blanco y negro, conoció el hielo, los gises, las tizas, las pizarras, las plumillas, los encabadores -las plumas de escribir- la tinta china, los primeros bolígrafos que nunca le gustaron y tuvo siempre a mano su estilógrafo. Tuvo cuenta de ahorros y alcancía. Escuchó a los curas decir misa de espaldas y hablar en latín. Y, según me lo decía, no sé si con mala intención, vio el primer mono transformarse en hombre. No tuvo que creer en ánimas ni espantos: los vio. Y una bruja se enamoró de él y venía a dormir sobre su pecho. Supo de la gente que se tragó la tierra, del mohán, de la pata sola, del patas, del putas y del puto erizo. Y así como conoció la oscuridad y supo del silencio, un día vio como ambos desaparecían. Oyó rugir los pumas, vio los erizos, los osos perezosos, los venados y especies de pájaros y de otros seres nunca más vueltos a ver. Y estaba ahí cuando, según dicen, el hombre fue a la luna y cagó en ella. Y desde allá, hasta cuando sus ojos no por cansados dejaron de mirar en el banco de una iglesia, no dejó de sorprenderse con todo lo que veía a su alrededor, de complementarlo, de inventar historias acerca de cada una de ellas. Viéndolo ahí, sin respirar pero aún vivo en la cima de sus años, sentí que todo lo que había que hacer era cobijarlo. Que desde el otro lado sonreía y tramaba alguna historia con qué mostrarme que para volar no se requieren alas mientras, tirados en el suelo, me hacía ver figuras y películas en las nubes.

Mucho antes de que yo dejara de mirar al cielo, porque él nunca dejó de hacerlo.






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