Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




mayo 16, 2011

Giovanni Guareschi


Unos montones de libros esperan comprador en la libreria a que llego. A cinco mil pesos, dicen los avisos (dos mil pesos = 1 dólar). No es mi librero usual: él no puede permitirse esas gracias. Husmeo.  Sin órden, hay que remover para encontrar. Tomo cuatro: Verano del 42, por la película vista hace tiempo con esa hermosa música, Hesse, y flota por ahí Guareschi. De la zaga de Don Camilo, cuyo Mundo Pequeño me llena de nostalgias porque siempre estuvo entre los que mi padre ojeaba y se gozaba en las tardes, acompañando su infaltable pielroja, cigarrillo sin filtro de tabaco cerrero.

Pago. Este, El Camarada don Camilo, vale tres mil quinientos pesos. Voy a casa. Los otros tres pasan de un montón a otro. El de Guareschi se apodera de la tarde y de la noche y la llena de sonrisas. Encuentro muy bella la introducción del autor.


" Instrucciones para el uso

¡Qué hermosa era la Italia mendicante de 1945!  Retornábamos de la prolongada hambre de los Lager y encontramos a Italia reducida a escombros.
Pero, entre los montones de cascotes bajo los cuales se pudrían los huesos de nuestros muertos inocentes, palpitaba el aire fresco y limpio de la esperanza.

¡Qué diferencia entre la Italia pobre de 1945 y la pobre Italia de 1963!

Entre los rascacielos del milagro económico sopla un viento cálido que huele a cadáver, a sexo y a cloaca.

En la Italia millonaria de la dolce vita está muerta toda esperanza de un mundo mejor. Esta es la Italia que trata de combinar un horrendo mejunje de demonio y agua bendita, mientras una nutrida formación de jóvenes sacerdotes izquierdistas (que ciertamente no se parecen a don Camilo) se disponen a bendecir, en nombre de Cristo, las banderas rojas del Anticristo.

Candido no podía seguir viviendo en la roja Italia millonaria y, en efecto, murió.

Y la narración que apareció en 1959 en aquella publicación, aunque aún está viva por cuanto sus personajes permanecen bien vivos, hoy es anacrónica.

Su en el fondo bonachona polémica contra el comunismo puede ser aceptada hoy tan sólo si se enmarca la vicisitud en la época en que se produjo.

A esto podría objetar el lector: «Si tu narración es anacrónica porque la gente ha cambiado de parecer respecto al comunismo, ¿por qué no has dejado tranquila tu narración en la tumba de Candido?»

Porque —respondo yo— aún existe una pequeña minoría que no ha cambiado de parecer respecto al comunismo y la URSS, y debo tenerla en cuenta.

Por lo tanto, me propongo dedicar esta narración mía a los soldados americanos muertos en Corea, a los últimos y heroicos defensores del Occidente asediado. A los Caídos en Corea, a los supervivientes y a sus familias, porque ellos no pueden haber cambiado de parecer.

Y lo dedico a los soldados italianos muertos combatiendo en Rusia y a los sesenta y tres mil que, caídos prisioneros en manos de los rusos, desaparecieron en los horrendos Lager soviéticos y cuya suerte se ignora aún.

A ellos está dedicado, en particular, el capítulo décimo titulado: «Tres tallos de trigo.»

Esta narración mía está dedicada también a los trescientos sacerdotes emilianos asesinados por los comunistas durante las sangrienta jornadas de la liberación, y al difunto Papa Pío XII que lanzó la Excomunión contra el comunismo y sus cómplices.

Está dedicado asimismo al Primado de Hungría, el indómito cardenal Mindszenty, y a la heroica Iglesia Mártir.

A ellos está particularmente dedicado el capítulo octavo titulado: «Agente secreto de Cristo.»
Y me propongo dedicar el último capítulo, «Fin de una historia que no acaba nunca», al difunto Papa Juan XXIII.

Y eso (séame perdonada la debilidad) no sólo por las razones que todos conocen, sino también por una razón personal mía.

En junio del 63, entre las declaraciones hechas a los periódicos por personalidades de todo el mundo, se publicó la del señor Auriol, socialista, que fue presidente de la República francesa cuando el Papa Roncalli era Nuncio apostólico en París.

Dice el señor Auriol en determinado punto:

«Un día, el primero de enero de 1952, acordándose de mis disputas con el alcalde y con el párroco de mi municipio, me mandó como regalo de Año Nuevo el libro de Guareschi "El camarada Don Camilo" con la siguiente dedicatoria: "Al señor Vincent Auriol, presidente de la República francesa, para su distracción y deleite espiritual. Firmado: A. J. Roncalli, Nuncio apostólico."»

El don Camilo de 1959 es el mismo e idéntico don Camilo de 1952 y yo he querido publicar esta narración —aunque sea anacrónica— para distracción y (dispensad la prosopopeya) «deleite espiritual» de los pocos amigos que me quedan en este desquiciado mundo.

Roncole-Verdo, 16 de agosto de 1963."

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