Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




mayo 25, 2013

Verano de 2012


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Verano de  2012. Llegamos a Las Vegas muy tarde en la noche. Hicimos el camino partiendo de Albuquerque y deteniéndonos lo justo.  Ciudades al paso meras referencias. Gallup, para surtir gasolina, agua y nachos. Una carretera tan recta y monótona como puede serlo. Sube, baja y propone al frente montañas que horas después habremos alcanzado y pasado. Se abandona Nuevo México y se entra en Arizona. Nos detenemos en el centro de información, tomamos mapas y revistas, miramos las casas rodantes congratulándonos de haber decidido no llevar una. Fotografias antes de continuar la I-40 asombrándonos de las formaciones que la tierra ha creado en su proceso. 

Pasamos Holbrook, Winslow, Flagstaff. Entramos al Gran Cañón. Escenografía pura. Lugar de asombro. Ordenado, cada roca en su lugar, cada color, cada capa geológica luce en su sitio. Hasta las emociones se controlan.  Comparación mental innecesaria con nuestro Chicamocha. Paseo en autobuses perfectos, por vias perfectas, con paradas exactas. No se da, en mi caso, una conexión espiritual. Es todo tan descomunal pero podría pasar por un telón de fondo. Excesivamente inhumano. 

Deshacemos el camino de entrada bajo unas nubes en forma de ovni y, ya con la noche encima, nos detenemos a comer en Williams. Parece lindo el lugar. Avanzamos hacia Las Vegas, viandantes simples de noche, adormecidos. Soledad. Horas y millas. 

Abandonada la esperanza de llegar, nos detenemos en algún lugar a restaurar el exhausto depósito de cumbustible. Pasamos la represa Hoover sin verla y de pronto a lo lejos el brillo intenso de Las Vegas. Saltamos y nos pegamos de las ventanas. 

Las Vegas. Un mar de luces. Entramos emocionados. Andrés nos pasea por la calle principal antes de ir al Hotel. No se ve gente, solo luces y por la hora, no muchos vehículos. Los grandes edificios resplandecen. Las calles como un reflector. Vamos a dormir. Los dias subsiguientes recorremos más o menos los mismos lugares. Caminamos por hoteles, casinos, avenidas, fuentes de agua y enormes centros comerciales, bajo un calor demoniaco. Mucha gente pero nadie mira a nadie, cada quien un universo lejano. No hay contacto visual. Camino descalzo en un casino y un guarda me reconviene. 

Las Vegas debe ser la ciudad del pecado puesto que así se anuncia, pero si cometí alguno tuvo que ser venial porque ni el  del deseo atacó. Las Vegas es la prueba de lo estrambótico que puede ser el hombre cuando tiene dinero. 

Fue bello estar allí. Recordé el poema de Anne Sexton. Y lloré, silenciosamente entre las sabanas de la enorme cama. Helada.



Just Once

Just once I knew what life was for.
In Boston, quite suddenly, I understood;
walked there along the Charles River,
watched the lights copying themselves,
all neoned and strobe-hearted, opening
their mouths as wide as opera singers;
counted the stars, my little campaigners,
my scar daisies, and knew that I walked my love
on the night green side of it and cried
my heart to the eastbound cars and cried
my heart to the westbound cars and took
my truth across a small humped bridge
and hurried my truth, the charm of it, home
and hoarded these constants into morning
only to find them gone.

Anne Sexton

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