Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




mayo 15, 2013

Recuerdos.



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Es hermosa la complicidad de saberse soñado y soñar con lo que se desconoce. En tiempos en que prima por sobre todas las cosas la imagen y se tienen tantas como se requiera. En tiempos de casas cerradas con rollos de alambres espinosos. En tiempos en que a la mente le está vedado volar. En los que amar es un peligro y no se puede mostrar el corazón. En tiempos en que el miedo es el único sentimiento válido, sigo siendo un soñador que no recuerda lo que sueña dormido, y sufre lo que sueña despierto. Un soñador a quien su padre llevaba a algún prado a tirarse de espaldas a mirar el cielo y descubrir formas en las nubes. El veía santos y vírgenes donde yo veía dragones y unicornios. El veía vacas donde yo halcones. El figuras de la baraja y yo... ni sé. Pero no disputábamos por ello ni el trataba de imponerme sus figuras. Al poco rato los dos estábamos allí, inmóviles viendo pasar las motas blancas en que el viento iba deshaciendo los grandes cúmulos. Silenciosos, guardábamos el secreto de lo que cada uno vio. —Tiempo después habría de acordarme de ello, cuando unos enormes cuadros de Mark Rothko frente a mí, retaban a ver en ellos lo que cada quien quisiera—. A veces me dormía sobre el pasto y el se quedaba allí cuidándome hasta cuando me tomaba de la mano y, sin decir nada, me sacaba del lugar pasándome por sobre los alambrados. En el camino a casa, alcanzaba a contarme algún cuento de algo que él había vivido y narraba como si realmente asi hubiera sido. Nunca perdí el gusto por oírlo. 

Anoche encontré por ahí una de esas historias con autor. El la contaba diferente, pero es, lo juro, la misma historia.

"Érase una vez un príncipe muy guapo y con un gran corazón. Con los súbditos era magnánimo y generoso y todos le tenían en gran estima,... bueno, no todos. No había doncella alguna que del apuesto príncipe se hubiese enamorado todavía. Así que el príncipe estaba preocupado pues su carácter romántico y sincero le impulsaba a casarse por amor, aunque hubiera bastado una palabra suya para imponer su voluntad a cualquier dama gentil y despistada. Envió entonces multitud de emisarios a todos los pueblos de su reino, estados adyacentes y remotos lugares, para recabar información. A cada moza, doncella o dama que encontraban en su camino le preguntaban si estaba enamorada del príncipe y, ante la ya invariable respuesta negativa, preguntaban el motivo; ellas respondían que no se habían fijado en él, que nada les atraía de su hermosa figura. Ante estas noticias de sus emisarios, el príncipe convocó un congreso de sabios para que intentasen descubrir el motivo de por qué su gallarda presencia no causaba el más mínimo efecto en las doncellas casaderas. Tras varias jornadas interminables, con discusiones que discurrían ora apacibles ora a gritos, y en las que se oyeron toda clase de argumentaciones (si no se redactaron actas de reunión es porque el pergamino estaba muy caro por aquel entonces), se llegó a la siguiente conclusión que el sabio más anciano se encargó de comunicar al príncipe tal como sigue:

—Bienamado príncipe, señor nuestro, el motivo de aquello que os causa tanta aflicción es vuestra bondad sin límites. Sois tan transparente que las doncellas no os ven, ¿habéis pensado en pintaros de azul."
(Amkiel)

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