Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




octubre 24, 2013

Notas de Viaje


 Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Me sentía como una mota de polvo sobre la superficie triste de la tierra
Jack Kerouac




Pregunta si ésta ciudad sería una buena opción. Es que quiero cambiar de vida, dice. Le doy algunas opiniones y mi mente vuela de inmediato a "En la carretera", el libro de Jack Kerouac. 

Hicimos un montón de horas a lo largo del suroeste de los Estados Unidos. Un tramo larguísimo -por lo soso- entre Abilene y Lubock, atravesando enormes campos de energía eólica y de aparente nada en el que llegamos a preguntarnos qué pasaría si nos quedábamos sin gasolina. 

Llegamos cuando empezaba a oscurecer a eso de las ocho de la noche. Era uno de esos veranos alucinantes. Nadie en las calles. Todos resguardados del calor. Paramos para hacer lo que sería el almuerzo, en un restaurante solitario. No recuerdo bien lo que pedí —todo es tan parecido en su sabor a mantequilla y queso—. Pero estábamos, sin saberlo, a media cuadra de la calle principal de la ciudad con variedad de otros restaurantes y avisos luminosos. 

Salimos hacia Clovis, camino de Albuquerque. Avanzamos en medio de la noche. Pasamos Clovis de largo apenas sin mirar al lado. Un avión sobre un pedestal al costado de la via señala que allí hay una base áerea que váyase a saber qué cuida en la mitad del planeta. Tal vez vigila los extraterrestres o se cuida a sí misma. Es tan estúpido el ser humano. 

Avanzamos por la 60, giramos por la 84 buscando la ruta 66, que no se llama así,  y la alcanzamos, con un suave giro hacia la izquierda, un poco antes de Santa Rosa, según decía el aviso porque de ver no se veía nada. Las millas se deshacen exactamente al ritmo del tiempo y la velocidad. Las 70 millas por hora que marca el límite son exactamente las que se recorren cada hora de esas carreteras perfectas, sin distracciones, soporíferas. 

Viajar de noche sin detenerse a mirar las estrellas es un crimen, pienso, mientras en mis auriculares el lector sigue leyendo páginas de Kerouac. Anoto mentalmente para recuperar después: 

 "Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas."







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