Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




enero 31, 2015

México





Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



Estuve en Teotihuacán. Recorrí el templo de la serpiente. Miré hacia las plazas e imaginé cómo sería esto lleno de personas en su vida diaria. Imaginé los constructores, los obreros. Anduve, despacio, la Calzada de los Muertos y dando rodeos al paso usual de los turistas llegué a la Piramide del Sol. La subí y caminé alrededor. En la parte de atrás hay una puerta cerrada con una verja de hierro. En su cima rendí homenaje a Tonatiuh de la manera que entendí se hace. Elevé a Él las manos abiertas e hice una reverencia. Siempre me ha parecido un Dios más válido que esos ideales que adoramos. Caminé luego a la imponente Pirámide de la Luna y las que la rodean. Hice otro tanto. Muchos me miraron con ojos divertidos pero yo estaba muy serio porque fui sacerdote y me uní a esos dioses por un instante. Fui a los museos y contemplé asombrado las estatuas que representaban a quienes adoraban. Me paré en el sustituto cristiano del Templo Mayor de los Mexicas con sus altares dorados, con sus calaveras de santos no menos calaveras que las otras, con sus mártires no menos sangrientos que los otros e incluso el principal en su cruz, con sus espinas, azotes y lanzazo aún más que ellos. Entré a todas las iglesias por donde pasé y también a aquella dedicada a la virgen sustituta de Coatlicué, su diosa madre, hecha justamente en el cerro que ya los indígenas dedicaban a ésta.

Fui al Castillo de Chapultepec, palacio que sirvió de vivienda a Porfirio Diaz, Presidente 27 años y a muchos otros, y antes a Maximiliano, emperador fugaz abandonado a su suerte, preso, juzgado, condenado y fusilado por Benito Juárez. Todo Benemérito tiene sus matices. Imágenes en los árboles recordaban los 43 muchachos de Iguala muertos por la policía que los entregó a los asesinos. Ya habia pasado por la plaza de Tlateloco en donde murieron tantos antes.

Para el crimen de Tlatelolco basta leer a Rosario Castellanos. Para Iguala vi la historia hoy expuesta paso a paso. Me conmoví hasta las lágrimas. Y me conmovió leer lo que la gente dice de lado y lado. Porque al lado de quienes lo sufren están los que justifican el asesinato. Hay otro lado siempre que hay un lado. Eran, dicen, muchachos revoltosos que se apoderaban de buses y merecían, por ello, ser matados. Con simpleza llana los autores materiales cuentan como tras bajarlos de un vehículo como fardos, los interrogaron, "les dieron piso" y los incineraron para arrojar sus cenizas a un río. No entiendo la inhumanidad de la humanidad.

Los mataron porque eran de los otros. Como eran salvajes los otros que había que cristianizar según justificó Cortés al apoderarse de ellos. Y se justificó el Rey y el Papa a cambio de tesoros. Y se justifica la historia aunque siglos después la civilizada Europa, hace apenas setenta años, mataba seis millones de judíos. No arrancaba sus corazones para ofrecerlo al dios de la guerra, les arrancaba todo para ofrendarlo al dios ario.

Amé México. En todas partes respiré amabilidad y gentileza. Sentí orgullo de su orgullo. De su vitalidad. De su historia. De sus colores. Viví algunas semanas en donde viven lo que tienen recursos, rodeado de grandes avenidas y enormes edificios de bella arquitectura los más, áspero alguno. Pero sé que allí hay millones de habitantes que viven del rebusque en las calles, tocando organillos, vendiendo frutas, ofreciendo artesanías. Si, igual que aquí. Si, igual aquí que en Iguala matan de todos los lados; matan estudiantes, fiscales, líderes populares, matan a los raros y a los inconformes y encarcelan por ideas. Como mataron en Tlatelolco, como mataron en Bojayá, como mataron en El Salado. Como mataron en Paris o en Buenos Aires.

Sacrificaban humanos. También el Dios que les impusieron se hizo sacrificar su hijo a sí mismo. Ya habia reclamado a Abraham el sacrificio del suyo. Sacrificaron en su nombre en las piras de la inquisición. Y en nombre de la libertad en la Plaza de la Concordia caian cabezas en medio del jolgorio público. Muchas culturas desde el paleolítico practicaron el sacrificio humano. Y hoy -guerra le dicen- aún lo hacen. Nada es extraño.

Pero también oraban a sus dioses con cosas tan bellas como ésta:

«¡Oh valeroso señor nuestro, debajo de cuyas alas nos amparamos y defendemos y hallamos abrigo! ¡Tú eres invisible y no palpable, bien así como la noche y el aire! ¡Oh, que yo, bajo y de poco valor, me atrevo a parecer delante de vuestra majestad!... Pues ¿qué es ahora, señor nuestro, piadoso, invisible, impalpable, a cuya voluntad obedecen todas las cosas, de cuya disposición pende el regimiento de todo el orbe, a quien todo está sujeto, qué es lo que habéis determinado en vuestro divino pecho?».

Eran buenos estos indios, si quería vérselos buenos. Motolinía, franciscano de la primera evangelización, en su Historia de los indios de la Nueva España, cuenta:

«Estos indios casi no tienen estorbo que les impida para ganar el cielo, de los muchos que los españoles tenemos, porque su vida se contenta con muy poco, y tan poco que apenas tienen con qué se vestir y alimentar. Su comida es paupérrima, y lo mismo es el vestido. Para dormir, la mayor parte de ellos aún no alcanzan una estera sana. No se desvelan en adquirir ni guardar riquezas, ni se matan por alcanzar estados ni dignidades. Con su pobre manta se acuestan, y en despertando están aparejados para servir a Dios, y si se quieren disciplinar [para hacer penitencia], no tienen estorbo ni embarazo de vestirse y desnudarse. Son pacientes, sufridos sobre manera, mansos como ovejas. Nunca me acuerdo haberlos visto guardar injuria; humildes, a todos obedientes, ya de necesidad, ya de voluntad, no saben sino servir y trabajar. Todos saben labrar una pared y hacer una casa, torcer un cordel, y todos los oficios que no requieren mucha arte. Es mucha la paciencia y sufrimiento que en las enfermedades tienen. Sus colchones es la dura tierra, sin ropa ninguna; cuando mucho tienen una estera rota, y por cabecera una piedra o un pedazo de madero, y muchos ninguna cabecera, sino la tierra desnuda. Sus casas son muy pequeñas, algunas cubiertas de un solo terrado muy bajo, algunas de paja, otras como la celda de aquel santo abad Hilarión, que más parecen sepultura que no casa».

«Están estos indios y moran en sus casillas, padres y hijos y nietos; comen y beben sin mucho ruido ni voces. Sin rencillas ni enemistades pasan su tiempo y vida, y salen a buscar el mantenimiento a la vida humana necesario, y no más. Si a alguno le duele la cabeza o cae enfermo, si algún médico entre ellos fácilmente se puede haber, sin mucho ruido ni costa, vanlo a ver, y si no, más paciencia tienen que Job...»

«Si alguna de estas indias está de parto, tienen muy cerca la partera, porque todas lo son. Y si es primeriza va a la primera vecina o parienta que le ayude, y esperando con paciencia a que la naturaleza obre, paren con menos trabajo y dolor que las nuestras españolas... El primer beneficio que a sus hijos hace es lavarlos luego con agua fría, sin temor que les haga daño. Y con esto vemos y conocemos que muchos de éstos así criados desnudos, viven buenos y sanos, y bien dispuestos, recios, fuertes, alegres, ligeros y hábiles para cuanto de ellos quieren hacer; y lo que más hace al caso es, que ya que han venido en conocimiento de Dios, tienen pocos impedimentos para seguir y guardar la vida y ley de Jesucristo». Y añade: «Cuando yo considero los enredos y embarazos de los españoles, querría tener gracia para me compadecer de ellos, y mucho más y primero de mí» (I,14, 148-151).

El Señor, «que enseña al hombre la ciencia, ese mismo proveyó y dio a estos Indios naturales grande ingenio y habilidad para aprender todas las ciencias, artes y oficios que les han enseñado, porque con todos han salido en tan breve tiempo, que en viendo los oficios que en Castilla están muchos años en los aprender, acá en sólo mirarlos y verlos hacer, han muchos quedado maestros. Tienen el entendimiento vivo, recogido y sosegado, no orgulloso ni derramado como otras naciones... Aprendieron a leer brevemente así en romance como en latín... Escribir se enseñaron en breve tiempo, y si el maestro les muda otra forma de escribir, luego ellos también mudan la letra y la hacen de la forma que les da su maestro». Todas las ciencias, artes y oficios -la música y el canto, la gramática y la pintura, la orfebrería, la imaginería o la construcción-, todas las aprendían de tal modo que con frecuencia superaban en poco tiempo a los maestros españoles (III,12-13, 398-411)."


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