Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




mayo 06, 2015

Pasado







Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



Casi todo lo que el hombre necesita,
lo necesita para no necesitarlo
—Antonio Porchia



Un paisano hoy me habló de mi casa paterna. “Era, dijo, una casa frente a la montaña, de tablas paradas unidas por guardaluces; pintada con cal blanca y la puerta era azul lo mismo que las ventanas. Yo iba allí a jugar con tus hermanos pequeños, la casa era de pisos de tablas enceradas y se bajaba a un sótano. Tenían una gran huerta”.

Así era, le respondí con una media sonrisa. Se despidió y pensé que si, tal cual. Era de un piso y sótano. Al entrar a mano derecha había una habitación que mi madre usaba como cuarto de costura con ventana a la calle, a la izquierda una puerta doble daba acceso a la sala y más allá había dos habitaciones que no se usaban como tal. Continuando el pasillo estaba la alcoba de padres, un poco oscura, con su cama y dos armarios. El de papá permanecía con la llave puesta pero nadie osaba tocar nada. Mi madre cerraba el suyo con llave, por costumbre, y tenía un espejo de cristal de roca, al decir de ella. Creo que sobrevive en casa de mi hermana como adorno. Frente a ella la habitación de mis hermanas, luminosa, con sus camas de madera tallada, el cuero de Manuel –la oveja que hubo en casa- para apoyar sus pies, sus muñecas, sus libros, el lugar de estudio. Un baño, el lavamanos afuera, el comedor con ventana hacia atrás por donde volaba la comida que no querían comer los que se sentaban a ese lado, y al final la cocina con una gran hornilla donde hacían sesenta arepas cada día. Frente a ella el cuarto de la persona que ayudaba en casa.Todo allí, como en casi todas las casas del pueblo, era modesto. Un cuadro del Sagrado Corazón de Jesus, adornado con flores tomadas del patio, estaba en todas las salas. Y en todas las alcobas matrimoniales un Jesucristo y un cuadro de la Vírgen del Perpetuo Socorro, con una veladora que nadie consideraba peligrosa, hacia de altar para el rosario que -en casa- por épocas se hacía cada noche después de la comida.

Al extremo a la derecha el primer paso de la escalera que llevaba a la parte baja. Allí estaban las habitaciones de los hijos. Tres, con vocación de cuatro pero la última jamás se terminó. Había una ducha de agua helada en un cuarto de cemento sin azulejos, luego el lavadero de ropas con un tanque donde poníamos a navegar barquitos de papel. Más allá la huerta en que a veces sembraban verduras y las matas de lulo crecían silvestres, y donde picoteaban las gallinas. Después el solar donde sembraban maíz y al final un palo de chachafruto en el lindero. No era muy claro si teníamos derecho a él pero al parecer si era claro que el derecho de subirnos al palo no existía porque el cerco estaba por este lado del palo. Después supe que el Código Civil de Napoleón regulaba el tema de las ramas que pasan a la vecindad. De cuando en vez tomábamos algunas vainas -de un verde intenso- que Flor, así se llamaba la niña del servicio, cocinaba y comíamos con sal. Sabían rico y producían gases.

El lote se inclinaba a la derecha y allí vivían hermosísimas arañas que alimentaba con moscas lanzadas a la tela. De la parte más baja del lote se levantaba un árbol espigado al que papá enviaba, desde aquella escalera a unos treinta metros, por una línea de alambre que no sé como puso, plátanos maduros para que arrimaran los pájaros.

Ese pedazo del lote se llenaba de plantas rastreras, de guasquilas, de bolos, de flores de batatilla, que por supuesto nadie llamaría Ipomoea pes-caprae, y de rastrojos.

El vecino tenía hasta café sembrado. Era una delicia pasar allí a tomar algunos granos maduros y chupar su mucílago, creo que se llama así. Aunque al dueño, claro, se le perdía por ello la cosecha. También gozaba mucho de las guayabas de sus palos. No obstante nunca se quejó con mis padres, que yo sepa.

La casa estaba apoyada en un muro contra la calle y en algunas columnas de madera no muy gruesas. Todas las divisiones eran de madera. No pasó por manos de arquitecto alguno y ningún ingeniero tuvo que ver con ella. El techo era de tejas de barro sostenido por una estructura de troncos de arboloco. Nunca se filtraba el agua y nadie había oído hablar de impermeabilizaciones. Si caía una gotera es porque un gallinazo corrió una teja.

Trepábamos a veces a eso que se llamaba entonces el encielado y andábamos por las vigas, sin ir a pararnos en el cielo raso porque eso estaba sostenido en nada. Nadie llegó a caer de allí. ¡Tanta ingeniería que hay hoy día, ¡Señor! ¡Tanta inseguridad con la seguridad!

El tío Salvador Murillo llenó una cuadra de casas hechas con las maderas que él mismo cortaba y traía a rastras de su finca de El Líbano. Casas que ascendían milagrosamente, que se sostenían del cielo, cuatro pisos por encima de la empinada pendiente de la calle. Uno trotaba por sus corredores y eso se movía sin sensación alguna de peligro. Abajo, allá abajo, ordeñaba la tía Zenayda una vaquita blanca que maneaba con una cabuya o un pequeño rejo. La leche así, tal cual, pasaba de la ubre a la boca si cruzábamos por allí en ese instante: "espere la postrera, mijo". La hervían como único proceso, o la ponían sobre unas tablas en botellas tapadas con una tusa de la que mejor no hablar. Si quedaba, la tía, que lo era de mi madre, hacía kumis o algún queso y unas panelitas de leche inolvidables e irrepetibles.

Como nosotros no teníamos vaca (para qué quiero yo vaca si el vecino vende leche), mamá hacía una contrata con alguien y había que ir a recoger, en una canequita de hojalata escrupulosamente limpia, las dos puchas que se consumían diariamente. La pucha la medían con un recipiente pegado de un palo largo. No era el mejor de los mandados y no pocas veces no llegaba leche sino llanto sobre la que se derramaba.

No tenía cerradura la casa. Permanecía abierta todo el día y en las noches sencillamente la ajustaban hasta que llegara el último que, en caso de acordarse, le ponía la tranca. Igual las ventanas. Cuando salía toda la familia mamá la amarraba por afuera con una tirita de tela sobrante de alguna de sus costuras.

La vida era sencilla dijo mi padre cuando ya mayor vino a vivir a la ciudad -donde nunca fue feliz- y admirado le pregunté cómo hizo para mantener tantas bocas. En su pueblo era importante, respetado, acatado, en la ciudad un hombre más. No había tantos temores ni tantas necesidades casi todas ellas artificiales.

El agua fluía, cruda y gratis, por el acueducto municipal y cuando éste se dañaba por alguna razón -la usual era una borrasca- la recogíamos de alguno de tantos nacimientos. Salía de algún barranco o quebrada, cristalina. Algunas casas tenían fuente propia o era llevada a ellas por conducciones de guadua. Nos bañábamos, la bebíamos y éramos de cierta manera muy felices. Teníamos parásitos, si, pero para eso había purgantes naturales. La energía eléctrica 'venía' porque su estado normal era ida. “Se fue la luz” se oía gritar en todo el pueblo.

Trepábamos las montañas sin que nos cuidara nadie apostando 'pelos' que eran los retos que imponía el que iba adelante; jugaban fútbol en la calle, yo no podía,  montábamos carritos de madera y patinetas sobre balineras. O empujábamos con un palito una rueda de llanta que, a los que la sabían llevar, no se les caía nunca. Los más atrevidos se hacían de unos zancos hechos con dos palos y dos soportes triangulares asegurados con clavos herrumbrosos rescatados de alguna tabla vieja. Los juegos eran cebo, guerra mataprimera, escondidijo y vueltas a Colombia por zanjas labradas en los barrancos. Tirábamos trompos, jugábamos al pipo y cuarta con bolas de cristal o con tapas de gaseosas rellenas de barro. Hacíamos carritos con una carreta de hilo y un mocho de vela, que se autopropulsaban por un pedazo de caucho entorchado. No éramos ecológicos: muchacho que se respetaba tenía en el bolsillo una cauchera.

Los amigos eran amigos de la cuadra. El de mis hermanos que me habló hoy, era y es por ello también amigo mio. Así de sencillas solían ser las cosas.



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