Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




agosto 22, 2015

Tarde de viernes






Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Nunca es triste la verdad...
lo que no tiene es remedio.
—Serrat


Ayer Amparo me dijo que yo era muy sincero. Le dije que no: que soy un gran hipócrita y un gran falso porque así es la sociedad en que convivimos. No digo las cosas por ser sincero. Me mido en cada caso. Tanto o más que cualquier otra persona. Que es evidente que no podemos ni hace falta andar diciendo todo lo que la lengua puede, sea que se piense o no, pues por encima está el principio de la supervivencia y la necesidad de cierta tranquilidad. Ella me miró con sus ojos azules y sonrió mientras me respondía que si, que es cierto y pasó a poner algunos ejemplos. A veces, cuando hacemos uso de sinceridad, es porque de alguna forma hemos calculado los riesgos o los hemos aceptado. Lo cual me hizo recordar una frase de Antonio Gala en un escrito que por hipocresía no comparto: si alguien te dice que te va a ser sincero, lo más prudente es quitarte de en medio.

Hablamos con frecuencia de la muerte. Ella para precisar que aunque no la desea, quiere que pase naturalmente y sin sufrimientos para si o los demás. Yo, que si la quiero, para autoaterrorizarme de las perspectivas, en estos tiempos que se la considera una enemiga a vencer y no lo que es, parte de la vida.

Le conté que hace poco me sumergí con otras personas en la misma charla hasta que una de ellas me respondió que lo que decía yo lo decía porque al morirme no dejaré dolor atrás puesto que no tengo nadie que me vaya a llorar. 'Además a usted nadie lo quiere', remató. Le replique con algo de genio que no fuera atrevida, que tuviera cuidado con sus palabras ya que no tenía idea de quiénes, cuántos, ni porqué me llorarían. Que además no nos enteraríamos de ello ni ella ni yo dado que estar muerto es no darse cuenta de nada. Apenas enfilaba mis astas ya afiladas cuando el más joven arrojó un capote y distrajo la atención.

La sinceridad agrede al enfermo que huye de la muerte creyéndose aliviado, al alcohólico que niega serlo, y al pensador que cree que piensa o cree por más de un instante en lo que piensa. Entre los actos de la falsedad y la hipocresía, el más alto y apreciado es el silencio.

Entonces Amparo, por molestar, me dijo: "Tampoco yo te quiero". Y yo guardé silencio. "—¿Por qué no dices nada?" "—Porque lo sé, le respondí. También por molestar.


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