Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




diciembre 30, 2015

Carlos





Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Cuando un bebé nace bien puede pensarse que es un lienzo en blanco sobre el cual pintarán sus padres y su entorno. Podría quizás afirmarse que es un recipiente vacío que se irá llenando del conocimiento de la vida a través del contacto inmediato de quienes velan por él. Observo en estos días de intenso contacto familiar cómo ocurre ello y de qué manera los niños aprenden, absorben y se van integrando a los usos, dichos y costumbres de su tribu, paulatina pero decididamente. Y cómo el amor se siembra y crece en ellos, retornando de aquello que se les ha colmado. 

Pero no solamente mientras somos niños. Se dice que la cantidad de amor es constante: que lo que una parte da, otra lo toma. Carlos, mi hermano mayor, es una prueba de que así es. Llevado por los avatares de la vida abandonó la casa paterna a edad temprana y la enfrentó por su cuenta. Formó pronto su propia familia e integró en ella aquella de la que venía. Creó "los Gutiérrez", o si se quiere "los putiérrez" a golpe de reuniones, marranos en el patio de su casa, música y gentileza.  A sus hijas las proveyeron, con Fabiola, de enormes cantidades de cariño irreductible; y a sus hermanos, y al entorno que se fue creando alrededor de cada uno de ellos lo recibió con la naturalidad del aire que se respira.  Es que el amor es una fuerza natural, si así se quiere.

A través de la música nos hace comunicar. Enseñó a sus hijas y a todos,  canciones que inventó y se las inventa; generó un ambiente abierto y generoso en que por encima está el afecto. De la misma manera que acompaña con el acordeón los villancicos y las reuniones, aparece luciendo algún gorro o vestimenta inopinados solo por generar curiosidad y risa. Pero además, en serio, nos enseñó muchísimas cosas de la vida y somos, de alguna manera, extensión suya. Recuerdo mi clase de contabilidad con él sobre una servilleta en compañía de una cerveza. Y nuestras voladas nocturnas de las que regresábamos alicorados y con algún plato de comida para tranquilizar al personal.

Él sigue siendo el surtidor del que mana el amor que a su vez toma de los suyos. Cuando nos tiramos alguna de sus canciones, él hace otra para no ser menos.  Se  fabrica un acordeón en la tableta si no puede dar fuelle al suyo. Y sabe conectar cables para que hable algún parlante mudo. Con su voluntad llega donde quiere. Ahora sus nietos son su ocupación,  y ayuda en lo que puede a dañarlos como decimo en casa, en el buen sentido, haciéndolos dichararechos y gocetas. Cada vez lo hacen mejor. La salida de uno de ellos de apenas ocho años en estos días me sorprendió. Alguien le pidió el tamal anual -que es poco menos que un ceremonial- el cual a él no le gusta todavía,  y respondió: "No, ya se lo di a otro..." -¿Por qué? le preguntó el pedigüeño. Tras una pausa, sin alzar la cabeza de su juego, le respondió: "El pájaro que madruga, se come los gusanos". Ahí vi pintado a Carlos, a don Bolas, a Bolitas, a mi hermano, a quien los dioses benevolentes ojalá le permitan alcanzar aquello que sueñe. Porque no para de soñar, y de crear.

 
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