Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




marzo 30, 2016

Reflexiones inútiles








Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



De los mejores momentos no hay fotos,
no hubo tiempo de tomarlas.
—Visto


Ayer conversaba sobre los eventos de la vida. Aquellos que lo tocan a uno íntimamente y de los cuales poco puede hablarse porque no revisten interés. Me preguntaron por la amistad y respondí, sin pensar, que la amistad es un recurso natural no renovable. Pero guardé silencio y corregí: más bien es un producto perecedero. Las personas llegan como amigos a la vida y se mantienen mientras se mantengan intereses comunes y en todo caso mientras otros intereses no se sobrepongan a ellos. Pasada la excitación de las aulas, el barrio, las discotecas, los deportes en común, la juventud. Pasada la época de las barras porque comienzan a arrimarse a ellas otras personas en su calidad de enamorados o de parejas y estas se van consolidando, la amistad entra en un proceso de enfriamiento y alejamiento. Bien puede uno no gustarle a la pareja del amigo, y con razón porque cuando uno no gusta a alguien hace a sus ojos cosas que le confirman sus razones. Quizás esa pareja o nuevas amistades consigan atraerlo al círculo de las suyas propias o de su familia. Alientan para ello los disensos o los construyen para generar alejamiento.
Los cuentos repetidos que se gozan, son aburridos para quien no hizo parte de ellos.
Cada uno coge el camino de su profesión, se casa, tiene hijos. Quizás nos busquemos por apoyo en ciertos momentos, o coincidamos en los pasillos y en los ascensores con un que hay por tu vida...

Entre amigos todo es común dijo Sócrates, aunque al final quienes lo seguían y bebieron con él fueron sus acusadores o votaron por su condena.  En estos días viví la volatilidad de la amistad, al encontrar de frente ese amigo de antes que siguió de largo, o en sus cosas, y si te he visto no me acuerdo. Procedí de igual manera, ¿entonces?.
Llega, pronto, un momento de la vida, en lo alto o bajo de la misma, en que descubres que no tienes a quien llamar al atardecer para invitarlo a tomarse un café o compartir una cerveza como lo hacías antes con total naturalidad, e iniciar una charla de horas de la cual se salga, envueltos en sonrisas, ebrios de afecto, de aprecio y de licor.
Dice mi amigo, uno que aún reconoce serlo: "Fernando, tu y yo que nos queremos tanto y ahora solo nos vemos en los velorios o las misas de entierro".
Río, para no llorar.
Perecederos, no renovables y fungibles.
Eso somos.



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