Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




junio 15, 2016

Notas para un ensayo en ciernes.



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

El hombre es ante todo un animal que juzga.
—F.
Nietzsche

Digamos que está bien. No hay audio ni video. Que no puedo exigir ni pedir nada. Que el tiempo pasó y otros son los tiempos. Admitido. Asumido. Aceptado.

Digamos que a cierta edad se debe sentir pudor para repetir aquello que escuchó en su casa,  para citar a su padre o a su madre. Pero de ellos nunca oí la palabra odiar. Ni respecto de una situación, ni sobre una comida o un objeto, ni sobre ninguna persona. Diga que no le gusta, que le desagrada, hágalo a un lado, decía mi padre: pero no diga  jamás que lo odia. Mi madre asentía y ratificaba.

Digamos que sigo sin comprender -aún al estudiarlo mucho- el sentido del odio, ni el significado real de ese sentimiento.  Si lo supiera o si lo comprendiera quizás me sería fácil saber por qué otros lo tienen y por qué he llegado a ser su víctima. No quiero, ni puedo ya, cambiar. En definitiva: no voy a odiar. 
Me repugna la comprensión a que llegué de que se odia porque se ama o de que se ama para odiar.

A veces exteriorizo, sin asomo vengativo, por necesidad o reacción, lo que percibo de otras personas para que comprendan que ajusto mi comportamiento a ello. Muestro así no desprecio sino el respeto que siento al pensar como ellas lo hacen, evitándoles el mal rato de compartir uno conmigo. Vano intento: todo lo que diga se usará en mi contra, como parte del libreto del que no puede escaparse. Si la palabra no ayuda, tampoco lo hace el silencio.

No es ponerse en situación de pelear, sino de no hacerlo. Puedo vivir y dejar vivir. Pero advierto en otros que lo que alienta su vida es el conflicto. Malviven al no dejar vivir. ¿Por qué pendientes de lo que les repugna?

Sencillamente no es el odio la solución si no la indiferencia y todos tan tranquilos. El sol saldrá y se pondrá de nuevo cada día, querámoslo o no. Hay oxígeno en el aire y cada quien tiene, lo deseo de corazón y contribuyo, un plato en la mesa y un techo que lo cubra.

No tengo que ganar, ni hay nada que ganar en tal carrera. El juego del odio es uno de suma siempre menor que cero. Puedo vivir  con los desafectos que me corresponden en la repartición de lo que todo ser humano carga. No hay problema. Cuando se hace algo a un lado, se queda también al lado de ese algo. 
¿De qué manera se puede explicar esto mejor? Con un poema:



Curriculum vitae


digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera
que no bebiste el vino de la victoria
sino tu propia sal
que jamás escuchaste vítores
sino ladridos de perros
y que tu sombra
tu propia sombra
fue tu única
y desleal competidora.


Blanca Varela

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