Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

enero 23, 2026

Relato en voz baja

 

In mortem oculis apertis ingrediamur. 

Entremos en la muerte con los ojos abiertos.

 

Relato en voz baja (y en re menor)

 

Me pasó algo extraño este último año. No sé por qué se lo cuento a usted, que ni me conoce, pero tal vez sea por eso mismo. Es más fácil hablarle a quien no tiene historia con uno; a quien no puede juzgar porque ignora de dónde viene el temblor.

Ayer, de pronto, el sentimiento brotó. Camino a una cita me topé con dos reflejos de la finitud. Primero, mi hermano, a quien los médicos le han diagnosticado un fin pronto que él asume con carácter, pero sin abandono. Unos pasos más allá, en otra puerta, vi venir directo hacia mí a una persona que por años tuve por amigo. No lo era; fue una relación de trabajo que tuvo un final abrupto, sin espacio para consideraciones emocionales y abandono de lo material. Pasamos de largo como cometas venidos de los extramuros.

Me quedé quieto un instante, como si el aire necesitara asentarse.

Vi partir gente. Se puede partir sin irse. Algunos se fueron muriendo; otros, se fueron borrando. Y yo, que pensaba que sabía despedirme, que entiendo el valor de un apretón de manos, de un abrazo, de unas palabras que contengan un gracias sin mezquindades, descubrí que no tengo idea de cómo se hace en estos tiempos. Lo intenté, y mis palabras golpearon un muro de piedra.

En ese punto incomprensible me detuve a deconstruir la palabra comprensión. Cum-prehendere: “atrapar”, “asir”, “rodear algo para meterlo en uno”. Incluir. Es un acto de captura. Hoy comprender al otro es tenerlo registrado en la base de datos, atrapado en la interfaz, agregado a los contactos. Es comprensión en masa, pero sin masa.

Antes la ausencia tenía cuerpo. Un espacio vacío, un plato que ya no se servía, un silencio con forma, un faltante en la fotografía. Se sabía dónde colocar la tristeza. Ahora todo es luz y señales que se prenden y se apagan. Cuando alguien desaparece, queda una nada limpia, sin ceremonia. El polvo ya no vuelve a la tierra; se incorpora al flujo invisible de la nube.

 A mí me han eliminado. Y he eliminado. Lo digo como quien confiesa que ha tenido que aprender a respirar. Porque un clic es una muerte sin cadáver. Una evaporación. El cerebro no sabe dónde poner el duelo; se queda suspendido, la tristeza no encuentra un objeto sólido que asir. No comprende. No comprendemos.

La vida sigue pues la nube no permite el retiro. Borrar es un engaño: solo esconde. Nada desaparece de los servidores, pero sí de la mirada. Salvo de la que escruta. Uno debe seguir respondiendo, publicando fragmentos de una existencia que no siente. En el instante del drama hay que responder correos con los ojos húmedos. El luto necesita un tiempo circular, pero la vida digital solo acepta la contabilidad del tiempo lineal.

Nos desintegramos sin pedazos. Bloquear es un ritual de expulsión; silenciar es exilio; archivar es guardar urnas digitales. Y la eremición —ese retiro hacia la soledad— es un acto de supervivencia para ver si queda algo de uno mismo.

Estamos rodeados de una vida masiva pero sin masa. Personas que siguen vivas, pero están muertas en nuestra historia; qué digo historia, si todo se hace historial. Seres que han fallecido cuyas notificaciones siguen saltando como ecos de una frecuencia mal sintonizada. Es la fantasmagoría moderna: lo que se ha ido sigue siendo dato comercializable, mientras lo que está vivo se borra con un dedo.

¿Qué sobrevive al clic? No tengo respuestas. La presencia es opcional. En la ecuación, un ghosting lo resuelve todo.

No sé por qué le cuento esto. Tal vez porque usted, ido, escucha sin interrumpir. Tal vez porque, en este instante, me siento menos espectro y más persona. O porque necesitaba que alguien me viera brillar, por un momento, antes de volver a la sombra y al asombro.

 

*** 

 

No hay comentarios.: