Todo Versalles cae - La desnudez del poder que desfallece
Por Luis Fernando Gutiérrez Cardona
El líder político habita un espejismo. Se cree mirado por millones y se siente a salvo en una masa que imagina como un cuerpo protector. Pero la multitud, bajo el lente de la historia, suele revelar su naturaleza espectral: es apenas una construcción discursiva, una marea de gente inexistente alimentada por el simulacro de los likes y la propaganda pagada. Es una multitud de espectadores, no de actores; no es aquella que eligió a Barrabás. Cuando llega el momento de la verdad, el simulacro se desvanece y el palacio queda vacío.
No se puede ocultar que lo sabía: trajo, para cuidar su sueño, soldados de otro país, pues no confiaba en los suyos. Pienso en la figura que describe Adriano: ese esclavo que duerme atravesado en la puerta de su habitación. Una fidelidad comprada que no protege: solo subraya el desamparo.
Aquel que ayer vociferaba, protegido por el eco de sus propios gritos, es extraído de su guarida sin que nadie lo impida. La masa que suponía saldría a defenderlo sencillamente no aparece. O peor aún —como ocurrió con el sátrapa de Rumania— la multitud convocada para el trámite del aplauso, de pronto, ruge. Él, desde el balcón, no puede creerlo. Ese “Pueblo” ficticio que inventó para sostener su identidad lo abandona. Desconcertado, huye. Unas horas después, el fusilamiento es apenas el trámite final de una soledad que ya era absoluta.
César apuñalado por los suyos; Napoleón entre el veneno y el cáncer, confinado a la soledad de una isla; Stalin, envuelto en su propia orina, derrumbado en una habitación a la que nadie osa entrar; Mussolini colgado de un gancho de carnicero. Todos ellos habitaron lo que Marguerite Yourcenar describió con maestría: salas desmanteladas de un palacio demasiado vasto que un propietario venido a menos ya no alcanza a ocupar. El líder quiere ser rey, y en su afán de emperador tardío intenta hacer de su casa blanca un Versalles de plástico, un espejismo dorado que solo subraya la pobreza del sueño. Su vastedad está vacía por dentro. A todo Napoleón le llega su Waterloo
Hoy, la multitud que sigue al poder no marcha: cliquea. Es una masa sin fidelidad, hecha solo de atención, y la atención es el recurso más volátil del mercado. El circo puede más que el pan. De hambre no se muere nadie mientras haya algo que consumir, es decir, algo que ver. Por eso, cuando el líder sale del palacio y lo exhiben con nada más que una botella de agua entre las manos, el enjambre ya está distraído por otra noticia.
Al final, queda la diferencia entre lo real y lo hinchado.
El amor de las masas no es más que una proyección.
Una mentira con nombre: una narrativa.
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