El tránsito o el trámiteLuis Fernando Gutiérrez CardonaForastero soy en la tierraSalmo 119
De niño mi madre contaba la historia de una vecina a la que se le murió de repente su esposo. Así se decía: de repente, como si la muerte fuera un tropiezo doméstico. Ella lloraba en la puerta inaugurando una gramática del absurdo que nadie se atrevía a corregir: “Primera vez que se muere mi Rosendo”.Mi madre lo contaba entre risitas, pero entendí que la muerte era algo que podía ocurrir por primera vez porque podía ocurrir varias veces. Que había un estreno del dolor cuyo final, cuando menos, es incierto.Dominados por la religión, el drama de la cruz venía con la sangre: “Y Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró”. Esa palabra —expiró— se inscribió en mi mente como el rostro del atormentado.Mi primer encuentro con la muerte fue la de un vecino. Se cumplieron los rituales de la época: campanadas de anuncio, luto riguroso, cuadros volteados contra la pared, casa cerrada, desfile hacia la iglesia, curas con ornamentos negros, campanas al duelo.Vi pasar esos ataúdes blancos a hombros de padres que llevaban a sus niños directo al cementerio. Eran, decían, ángeles naturales que no requerían ceremoniales ni ruegos de perdón. Esa rapidez sin compañía, que mi padre cumplió con Merceditas, su primera hija, me sorprendía. Morían fácil los bebés entonces e iban a un lugar indefinible: el limbo. Este era el pesar que en realidad pesaba.Ahora, al releer El Quijote, me encuentro con su muerte en ocho palabras: “Dio su espíritu, quiero decir que se murió”. Nada más. Nada menos. Una descripción precisa. Viejo soldado, Cervantes sabía que la muerte se dice así, con la economía con que ocurre. O, como quien liquida unos bienes para que nadie herede su hacienda, decidió cerrarle la puerta al caballero con rigor notarial. Había que salir de él. Morir cuerdo y vivir loco: un último trámite de propiedad intelectual.Muy distinto es el final de Aschenbach en La muerte en Venecia. Allí la muerte no cae: se inclina. No irrumpe: se posa. El escritor muere mirando la belleza que lo consume, como si la visión misma lo reclamara. No hay “expiró”, no hay “se murió”: es un desvanecimiento estético, una rendición silenciosa ante aquello que lo excede. Mann convierte la muerte en un último acto de contemplación.Y está Remedios, la bella, que no muere.No expira.No cae.No se inclina.Se va elevando.No desciende, sino que asciende. La excepción luminosa en un mundo de verbos que pesan. Mientras todos mueren hacia abajo, ella se va hacia arriba, como si el aire no fuera contraparte de la tierra. “Remedios, la bella, se estaba elevando”.En Las mil y una noches la muerte no cae, no expira, no se inclina ni asciende: entra. Cruza la puerta sin anunciarse, se sienta frente al rey y dice su nombre. Es el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos, el que no concede aplazamientos porque los respiros están contados. A veces es deuda, a veces castigo, a veces cumplimiento de un plazo escrito antes del nacimiento. Nadie muere: le es arrebatada el alma. En esos relatos ví que la muerte también es un oficio.La muerte —o su ausencia— es sobre todo un verbo. Un modo de decir. Un modo de caer, de irse o de ser tomado.“Y no abrió más los ojos”.“Cayó y no volvió a levantarse”.“Y fue contado entre los muertos”.“Y dejó de existir”.“Y ya no estuvo”.“Y se apagó”.“Y murió”.Mientras pienso en Rosendo, en el Cristo que expiró, en el hidalgo que dio su espíritu, en Aschenbach que se inclinó, en Remedios que se elevó, en Dorian que se reveló, en Gregorio que se extinguió y en Septimus que saltó, me descubro, ahora, aquí, sentado en la sala de espera de un laboratorio médico, con un papel numerado entre los dedos, aguardando que la ciencia me asigne mi modo de decir. Busco para encontrar, pre-ocupándome por la burocracia del cuerpo, sin saber cuál será mi verbo.No sé si caeré, si me apagaré, si me iré elevando, si me desharé, si me extinguiré o si, sin más, dejaré de estar.Mientras llaman mi turno, entiendo que la muerte no se anticipa: se tramita.
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