Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

febrero 15, 2026

Fanny


Luis Fernando Gutiérrez Cardona 


La amistad no nace de un propósito ni de una necesidad. Surge en un terreno yermo, donde no había nada salvo la posibilidad de algo. Un saludo, una conversación mínima, un gesto que no significa gran cosa y, sin embargo, inaugura un plano. El dibujo de una arquitectura hecha de detalles que se juntan. Empieza así a levantarse un edificio sin cálculos estructurales: se excava para conocer el suelo, surgen cimientos que nadie reconoce como tales y, poco a poco, emerge algo torpe y luminoso, con la conciencia —quizá inconsciente— de que su vocación de eternidad es el momento.

Tuve un edificio así. Un grupo que se fue armando sin pretensiones: bares, deportes, viajes, risas que parecían eternas. Conversaciones donde la intimidad no ocupaba más espacio que el que cada uno abría. Éramos jóvenes y el edificio lo sosteníamos con la presencia. Pero se adultece. Y en esa manera silenciosa de dispersar, el viento fue entrando por las rendijas: estudios, trabajos, ciudades nuevas, y las novias que llegaron como fuerzas que reacomodan el terreno. Ellas, con su claridad de anclaje, sabían que lo esencial era su vínculo y que lo demás —el resto— era un accidente tolerado. Aun así, nos aceptábamos todos, como si el edificio pudiera expandirse sin perder su forma.

Hace unos días murió una de ellas, que se hizo esposa como casi todas. No éramos ya parte de la vida cotidiana, pero el encuentro ocasional seguía siendo un territorio amable: sonrisas, recuerdos, la sensación de que algo persistía, aunque ya no lo habitáramos. Su partida me dolió. No solo por la muerte, sino por la forma en que se negó el rito. Una voz, de rispidez natural, dijo: “Están exonerados de pésames, condolencias, etc.” Y así, de un tajo, se clausuró la posibilidad de decir: lo siento. No como protocolo, sino como el derecho a reconocerse en el otro. Se afirma que todo lo que une y conecta está desapareciendo.

Ese silencio tuerce el alma. No porque uno necesite hablar, sino porque el corazón —ese órgano que pretenden suprimir lográndolo a veces— necesita un lugar donde depositar su temblor. El duelo sin palabras es un duelo que duele. Se queda adentro, pendiente de oxidarse.

El edificio, paulatinamente, se ha desmoronado de manera desigual. No por traición ni por abandono deliberado, sino por la erosión del tiempo y de la vida. Pero incluso en ruinas permanece el concreto enterrado: la huella de lo que sostuvo, la memoria de lo que fue posible. La amistad puede esfumarse, pero no desaparecer. No se evapora, porque no era agua. Quedan en el subsuelo esas bases formadas en jornadas memorables, sosteniendo todavía algo del presente, aunque ya no sepamos nombrarlo. Aunque no se nos permita hacerlo. La flor no es para quien partió, es para uno expresarse algo.



 


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