Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

marzo 20, 2026

Querido Luis




Querido amigo:

Esa pregunta —sobre el “iniciar de cero”— se quedó vibrando en el aire como una nota que no termina de resolverse. Pide un comienzo, pero después de estos días de sensibilidad extraña y de tristeza, he llegado a algo sencillo: el cero sería no haber llegado a ser. Un lujo metafísico que no me interesa. Prefiero hablar de un inicio, que es otra cosa: no borrar, sino empezar con lo que ya hay.

Desde niño me persigue la imagen de una cabaña en clima frío, una corriente de agua y el refugio de los libros. Allí me imagino leyendo en voz alta para acompañar al viento, como si el viento fuera un lector tímido. Un lugar habitado por lo que no pide nada: animales, árboles, tierra. Es mi inicio imaginado, pero no por el aislamiento, sino por la reducción de los deberes a lo esencial: el fuego, el agua, el silencio. Una vida en la que el deber no venga dictado desde fuera, sino que nazca, casi en voz baja, de cuidar lo que sostiene la vida.

Porque nuestra existencia es de deberes, aunque no usemos esa palabra. Llegamos cargados de obligaciones que redactaron por nosotros: familia, escuela, catecismos, oficinas. “Ser alguien”, “lograr algo”, “responder por otros”. Uno se pasa la vida cumpliendo listas. Incluso en la cabaña del bosque terminaría inventando obligaciones. Hay algo en nosotros que convierte la vida en cuentas.

Si me fuera dado elegir un inicio —no desde cero, sino desde aquí, con la carga que traigo—, la primera tarea sería revisar ese inventario de deberes. Preguntar, con paciencia: ¿qué es realmente mío y qué es inercia? ¿Qué debo porque lo elijo y qué debo solo porque me lo dijeron? No se trata de romper con todo, sino de soltar lo que no me pertenece, para no pasarse la vida corrigiéndola, sino entendiéndola. Y desconfiar de esos mandatos que parecen puros y llevan dentro su sombra: “ama al otro como a ti mismo”, cuando uno ni siquiera se soporta; en ese mandato germina el odio, hacia el otro y hacia uno mismo, cuando no se alcanza.

No elegiría la no-existencia. Elegiría existir con menos imposición y más conciencia; un punto donde el deber no sea un mandato que cae desde arriba, sino la consecuencia de una elección que se asume a cara limpia. Hacer algo no porque toca, sino porque, si me miro, no podría actuar de otra manera sin traicionarme. Tal vez se trate de pasar de una vida llena de deberes impuestos a una vida con deberes elegidos, pero asumidos a fondo.

La pregunta no es teórica. Como maestro e historiador y quizá siente que lo que hace no llena. Es razonable. Un maestro vive rodeado de deberes escritos por otros: programas, notas, informes, protocolos; me preguntaría cuáles de esos deberes honran la vida y cuáles mantienen la máquina en marcha. A veces preguntamos por el inicio cuando lo que necesitamos es revisar el presente: preguntar qué deberes se cumplen por miedo, por costumbre o por no decepcionar, y cuáles sostienen de verdad. No puedo decir qué hacer,  puedo decir lo que haría si empezara: no hay vuelta atrás, pero hay un punto donde podría afirmarse lo que sostiene y soltar lo que pesa.

Rntonces plantarse ahí. Lo escribo desde este tramo del camino, donde todavía aprendo a hablarle a mi propia animula, vagula, blandula con un poco más de ironía, aún con miedo.

Con todo mi afecto,

Luis Fernando

 

No hay comentarios.: