La asíntota de los hermanos (y del amor)
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
Siempre hubo cuatro años entre nosotros, una brecha pequeña y sin embargo definitiva. Cuando él tenía cinco, yo tenía uno, y mi existencia cabía cinco veces dentro de la suya. El mundo entero, a sus quince, parecía hecho a su escala. Yo era la sombra que lo seguía.
Con el paso del tiempo, la razón ha ido descendiendo: de cinco a 1.2, a sus treinta, y seguirá cayendo hacia uno sin tocarlo jamás. Esa danza siempre me ha fascinado e inquietado. Porque la matemática es inexorable: nos acercamos de forma hiperbólica, como dos líneas que se buscan y nunca se tocan. Cuanto mayores seamos, más insignificante parecerá la brecha. Llegará un día, según los números, en que seremos prácticamente de la misma edad. Y sin embargo, siempre habrá ese resto invisible de cuatro años.
A veces, cuando veo fotografías de mis hermanos —las mías no las miro, quizá por miedo— me sorprendo diciendo: cada vez te pareces más a papá. Y entonces entiendo que la asíntota no es solo una figura matemática: es una herencia que se nos va dibujando en la cara, en los gestos, en la manera de estar en el mundo.
En el amor también funciona el rendimiento decreciente. La pasión inicial, desbordante, se atempera con los años y tiende a uno: uno de yo, uno de ti, una proporción que se aquieta. El fuego se hace brasa. Toca el rescoldo. Todo parece encaminarse, como en la edad de los hermanos, hacia una cercanía estable.
Pero aquí sucede algo que las matemáticas puras no capturan: ese rendimiento, en el amor, vuelve a crecer con los años. La pasión que se había atemperado hasta tender al uno vuelve a hacerse grande al hacerse grandes. Se expande, se profundiza, se eleva a lugares que el comienzo no imaginaba. Ya no es el vértigo de la conquista, sino una intimidad vasta, una complicidad que contiene historia, cicatrices, risas y silencios. Es un amor que ya no divide, sino que multiplica. Los números lo dicen con precisión
lim (t→∞) (t+4)/t = 1
pero la vida —y el amor— rebasa el límite.
Quizá en eso consista la magia de los lazos verdaderos, sean fraternales o románticos: empezamos midiendo proporciones —quién es más, quién está delante— y terminamos descubriendo que la cercanía no es un límite, sino un horizonte que se ensancha. Los números tienden a uno; la vida, bien vivida, tiende a lo infinito.
Cuatro años o cualquier cantidad. Una diferencia ridícula y absoluta. Un recordatorio de que el tiempo no es justo, pero que, a pesar de todo, nos lleva de la mano hacia una misma dirección.

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