Crónica del Palogrande
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
La última vez en el Palogrande fue en 1994, cuando lo reinauguraron. Fui con doña Ángela y con mi madre, que, de blanco como correspondía, no quería perderse el llamado histórico momento. Ayer volví con Felipe. No fue otro comienzo. No me gustó. El edificio es primario, las sillas estrechas, el ruido persistente nada tiene que ver —o sí, no se—. El ambiente es tenso. Ocupar los asientos comprados provocó la reacción agresiva de quien se había explayado sobre ellos. “No me toque”, reclamó, lo cual es imposible cuando los asientos, todos, son talla S y ya la sobrepasamos. También él.
Hubo algunas remembranzas silenciosas de cuando Carlos, el hermano mayor, me llevaba a sol central. Digo “me llevaba” porque carezco de pasión por el fútbol. Saludé al pasar a amigos, buenos aficionados, ellos sí.
El señor del lado mascullaba madrazos. La redundancia común —árbitro hp— campeaba. Le pregunté si venía con frecuencia. “Siempre”, dijo. Le señalé al jugador que tenía la pelota y le pregunté cómo se llamaba. “No sé”, respondió.
El fútbol de estadio es un lugar donde la presencia pesa más que el juego. La lección de la noche fue comprobar que los escenarios del escapismo se justifican por la frustración latente. El asistente es un sufrido seguidor, y es seguidor porque es sufrido. “Perdimos como siempre, pero te sigo amando”, canta la barra.
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