Cuento, Cuentas y Archivos
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
Me dio por mirar mi archivo de documentos. Por abrir esos cajones
donde, durante medio siglo, fui guardando la vida en forma de carpetas:
nombres, historias, pleitos, acuerdos, desencuentros, afectos mínimos, cuentas
pagadas y cuentas que nunca se pagaron. Un orden que en el fondo es también una
manera de sostener el mundo.
Al revisar cada carpeta entendí algo que siempre estuvo ahí,
silencioso: en esos papeles también estaba mi vida. No solo lo que hice, sino
lo que fui. Las personas que están, las que murieron, las que se fueron sin
despedirse, las que hoy saludan de lejos como quien reconoce una sombra
conocida. Cada carpeta era una forma de presencia.
Y ahora las rompo. Sin ceremonia, sin nostalgia excesiva, sin ese
apego que uno cree tener hasta que descubre que ya no lo necesita. Romper es un
acto simple, pero no inocente.
Al caer en la basura, los papeles se vuelven lo que siempre fueron:
materia sin alma. Pero uno siente que algo más se desprende. Como si al soltar
esos documentos se soltara también una parte del peso acumulado, una memoria
que no exige ser sostenida.
Hay una felicidad breve en ese gesto. Una felicidad que no hace ruido,
que no celebra, pero que libera. Y también hay tristeza, porque todo
desprendimiento verdadero tiene su sombra: la aceptación de que lo que fue ya
cumplió su ciclo, que no todo merece ser guardado, que la vida también avanza
cuando uno deja ir.
Al final, uno descubre que la vida no está en los papeles, sino en lo
que permanece después de romperlos. En lo que sigue vivo sin archivo. En lo que
no necesita cajón ni carpeta para existir.
Y así, entre hojas que se deshacen y nombres que se van, queda lo
esencial: la certeza de que también en el desprendimiento hay una forma de
seguir adelante. Una forma de ser fiel a lo que uno fue, sin cargar con lo que
ya no es.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario