Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.
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agosto 24, 2026

Re_flexión

 

Re_flexión

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

¿Qué más quiere, qué más quiere?
—J. Cortázar 

La frase llegó como llegan las cosas que se quedan vibrando en la mesa: «excepto el reloj: ese siguió funcionando hasta que se cortó la electricidad».

Es una frase pequeña, doméstica, un comentario al pasar. Pero en su centro hay una verdad que no se dice del todo. Uno la escucha y sigue adelante, pero la frase se queda insistiendo, esperando que el pensamiento vuelva sobre ella.

La torre descansa recostada, como un animal cansado. Ya no señala el cielo en vertical: se inclina, se flexiona, se vuelve símbolo doblado de algo que parecía firme.

Dicen que pesa cuatrocientas toneladas. Puede ser. Pero su peso real es otro: el de la memoria que ya no puede sostenerse recta. Mejor dejarla así, que reconstruirla.

La frase abrió una idea más grande. La energía mantiene al reloj. El reloj sostiene la idea del tiempo. Pero cuando la energía cesa, el tiempo sigue.

Lo visible necesita ser alimentado; lo invisible se basta a sí mismo.

La imagen del reloj avanzando en medio del desastre, fiel a su tarea, hasta que la electricidad lo apagó, me toca. La intuición de que lo que se detiene no es lo esencial. Que la caída no cancela la continuidad. Que la oscuridad es más antigua que la luz, y más paciente.

Y en ese mapa, la ciudad temblada dice algo sin palabras: el tiempo no se mide por lo que sigue en pie, sino por lo que permanece incluso cuando cae.

O cuando cae sin caer del todo. O cuando se flexiona, como el pensamiento.

Una imagen de 1941 muestra que la catedral respiraba con la plaza, integrada a ella como un cuerpo a su sombra. La fachada era parte del espacio abierto, y la plaza encontraba en la catedral su eje. No había desniveles ni distancias simbólicas: la ciudad se organizaba alrededor de esa verticalidad.

Pero excavaron para aplanar la plaza —ese error visto en perspectiva— y todo se desacomodó. La catedral quedó encaramada en un pedestal que no pidió. La gobernación, en cambio, quedó hundida, metida en un sótano que la apartó.

La plaza es hoy un monumento al ladrillo, mugroso y abandonado, con un gallinazo por escultura que no se sabe si vuela o repta. Una alegoría involuntaria.

Y ahora, con la torre flexionada, esa decisión urbanística apta para el espectáculo parece parte de la misma historia: una ciudad que ha ido inclinando sus símbolos, torciendo sus alturas, dejando que lo esencial se esconda en lo que ya no se sostiene del todo.

 


 

 

agosto 21, 2026

Después del terremoto

 

Solo un saludo.


A medida que el polvo baja, lo que quedó se vuelve más nítido. No hablo solo de las paredes: es caminar con restricciones, ver escombros que ya parecen parte del paisaje, puertas que no volverán a abrirse. Es ver a la gente en colas interminables por una aspirina, justo donde alguien murió esperando lo mismo.

La vida sigue, sí. Y por dentro también hay grietas, silencios, zonas acordonadas. Uno avanza igual, como puede, siguiendo ese hilo del Tao —como es afuera es adentro— que a veces es apenas un gesto, un paso, una respiración.

Son días negros, por ideas y por carencias, por todo mezclado.

Y ahora, con este calor extraño, parece que el país también anda febril: tras de cotudos, con paperas, dirían los abuelos.

Pero incluso así, hay un blues suave que nos acompaña: una nostalgia que no se rinde, una música que recuerda lo que éramos y nos sostiene mientras caminamos.

Y aun así, queridos, hay que sobreponerse.

No por obligación: por esa melodía tenue que sigue sonando aunque nadie la nombre.

Un adagio que empieza en voz baja y encuentra su pulso mientras seguimos adelante.


lfgc


 

agosto 16, 2026

Después del temblor

 

Crónica. Fortuna o encarte

 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

La fila avanza despacio, para dejar en ese papel azul un pedazo de su casa. El edificio, al frente, tiene ya la marca: un círculo amarillo con una D dentro. La letra basta.

Mientras nos inscribíamos en la lista de afectados, alguien se acercó con una botella de bebida hidratante. La aceptamos. No así otras cosas que agradecimos diciendo que no eran necesarias. Es un derecho, replicaron: hay que tomarlas. En esos momentos la solidaridad toca por protocolo.

La conversación en la fila evitaba la herida. Quien me precedía resultó ser dueña del apartamento sobre el mío, de cuya existencia no tenía idea, ni ella de la mía. Se hablaba del momento, de cómo lo vivió, de si el edificio podría rescatarse. La mente resolvía con el deseo. Pero la marca amarilla está ahí, quieta, sin emoción.

Hubo un instante, breve, en que la memoria se abrió. Recordamos que allí vivimos un tramo de la vida. Fue una punzada limpia, como si el cuerpo reconociera un territorio que todavía le pertenece. La emoción alcanzó a aparecer. Apenas un instante. Después volvieron la fila, el trámite, la ciudad.

El recurso de “para otros es peor” suena artificial. Aquí no hay escalas: cada quien pierde lo suyo, y lo suyo es suficiente.

En una semana alguien dirá que esa basura estorba, que hay que moverla, que hay que pagar por ello. Lo íntimo se vuelve obstáculo.

Por eso pienso que los amigos que se hacen solidarios no deberían gastar en comida. Toneladas de alimentos llegan. “De hambre nadie se muere habiendo qué comer”, decía mi madre. Lo que realmente se quiebra es otra cosa: el ingreso, el trabajo, la continuidad. A opinar un poco de dinero para quien se quedó sin empleo, para quien deberá cerrar su negocio, para quien enfrentará los gastos específicos que la vida, irremediablemente, exige.

La vida no se detuvo. No lo hace nunca.

A eso lo llamamos fortuna, aunque —según se mire— también podría llamarse de otra manera.

 

agosto 14, 2026

Después del terremoto

 

Hay un fenómeno silencioso que aparece después: primero el susto, luego la supervivencia, y —cuando uno cree que ya pasó todo— la contabilidad íntima de las pérdidas. Las materiales, las pequeñas rutinas, las comodidades que parecían eternas, la sensación de control desaparecida, la idea de hogar como refugio invulnerable.

La mente, entonces, juega a favor y en contra a la vez. A favor, porque ordena lo que se puede ordenar: le da forma al caos, clasifica daños, decide prioridades. Protege, evitando que uno se hunda en la emoción cruda del susto inicial. Y busca sentido: no para de preguntarse "¿qué sigue?", y esa pregunta, aunque cansada, es una forma de avanzar.

Pero la misma mente juega en contra. Se aferra a lo perdido —no a lo grande, sino a lo pequeño: el objeto roto, la grieta nueva, la comodidad que ya no está—. Exagera el futuro, adelantándose a problemas que quizá no lleguen pero que ahora parecen inevitables. Y se cansa. En ese cansancio aparece la aflicción, la sensación de que todo se volvió cuesta arriba.

Cada persona vive su circunstancia como si fuera el centro del mundo. Y tiene sentido: la conciencia es local, solo puede sentir desde un cuerpo, desde una historia, desde un miedo. Cuando algo se rompe —una casa, un objeto, una rutina, una certeza— el mundo se reduce a ese punto. El problema se vuelve absoluto porque es el único que se siente desde adentro.

La paradoja que aparece es que lo que es absolutamente mío solo puede resolverse con la ayuda de otros. La reparación, el apoyo, la logística, la información, la calma, la infraestructura, la solidaridad... todo eso viene de afuera.

 

 ***



 

agosto 12, 2026

Terremoto

 

Nota al margen

Resonancia

El 10 de agosto no tembló la tierra: tembló la idea de estabilidad.

El desayuno quedó detenido en la mesa como una fotografía mal tomada.

El edificio se volvió animal, sacudiéndose para quitarse quién sabe qué peso.

No hubo tiempo para correr ni para rezar. Solo para sostenerse de algo, de alguien, de uno mismo.

Cuando todo paró, el silencio fue más extraño que el ruido.

Un silencio sin pájaros, sin motores, sin conversaciones.

Un silencio que parecía preguntar: «¿y ahora qué?».

Abrazarse fue la primera respuesta.

Mirar los daños, la segunda.

Salir a la calle, la tercera.

Cada gesto era una forma de volver a entrar en el mundo.

Y, sin embargo, lo más difícil no fue el temblor, sino la emoción que no llegó después.

Ese hueco donde debería estar el susto, la rabia, la gratitud, la lágrima.

Ese quedarse en blanco, como si el alma también hubiera caído al suelo y estuviera esperando que alguien la recogiera.

Pero incluso ese vacío es una emoción.

Una que llega cuando el cuerpo ya hizo todo lo que podía.

Una que dice: «Sigues vivo, pero todavía no sabes cómo contarlo».

Me temo que la madurez tardía también consiste en no saber, a veces, cómo sentir.

La anécdota

El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, estaba desayunando, listo para salir al trabajo. De pronto llegó el terremoto. No empezó, como suele ocurrir, con un movimiento suave. No. Desde el primer instante fue brutal.

Vivo en un noveno piso y no había nada que hacer. Ni siquiera correr: el movimiento era tan violento que impedía dar un paso. Las cosas caían alrededor. Solo alcancé a decir: «Ya va a parar». Pero no paraba. Y solo terminó cuando, del mismo modo en que había comenzado, se detuvo de golpe.

Miramos alrededor, nos abrazamos y entendimos que, por fortuna, había cosas rotas, pero los huesos seguían intactos.

La gente ya llenaba las calles. Empezamos a recoger objetos destrozados: trozos de revoque, enchapes desprendidos, espejos rotos. Encontramos a dos vecinos con la mirada fija en el vacío y nos felicitamos por seguír vivos.

Unos quince minutos después dejamos el apartamento ya casi todo ordenado. Bajamos por la escalera, cubierta de pedazos de concreto, y salimos a la calle, donde cada uno contaba su propia versión del mismo temblor.

Comenzaba a saberse el tamaño del estropicio. Aún se está sabiendo.

«Todo pasa y todo queda», dice el poeta.

Quizá lo más extraño no sea el terremoto, sino descubrir que, después de sobrevivir, uno tarda más en encontrar sus emociones que en recoger los escombros.