Hay un fenómeno silencioso que aparece después: primero el susto, luego la supervivencia, y —cuando uno cree que ya pasó todo— la contabilidad íntima de las pérdidas. Las materiales, las pequeñas rutinas, las comodidades que parecían eternas, la sensación de control desaparecida, la idea de hogar como refugio invulnerable.
La mente, entonces, juega a favor y en contra a la vez. A favor, porque ordena lo que se puede ordenar: le da forma al caos, clasifica daños, decide prioridades. Protege, evitando que uno se hunda en la emoción cruda del susto inicial. Y busca sentido: no para de preguntarse "¿qué sigue?", y esa pregunta, aunque cansada, es una forma de avanzar.
Pero la misma mente juega en contra. Se aferra a lo perdido —no a lo grande, sino a lo pequeño: el objeto roto, la grieta nueva, la comodidad que ya no está—. Exagera el futuro, adelantándose a problemas que quizá no lleguen pero que ahora parecen inevitables. Y se cansa. En ese cansancio aparece la aflicción, la sensación de que todo se volvió cuesta arriba.
Cada persona vive su circunstancia como si fuera el centro del mundo. Y tiene sentido: la conciencia es local, solo puede sentir desde un cuerpo, desde una historia, desde un miedo. Cuando algo se rompe —una casa, un objeto, una rutina, una certeza— el mundo se reduce a ese punto. El problema se vuelve absoluto porque es el único que se siente desde adentro.
La paradoja que aparece es que lo que es absolutamente mío solo puede resolverse con la ayuda de otros. La reparación, el apoyo, la logística, la información, la calma, la infraestructura, la solidaridad... todo eso viene de afuera.
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