Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
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José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.
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octubre 08, 2026

Crónicas de infancia

 

Crónicas de infancia
Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

1.  EL PUEBLO QUE SE INVENTABA INDIOS

 

Había, hay, en Pensilvania una necesidad rara de tener un origen más antiguo que el que teníamos. Como si al pueblo, levantado a pulso por colonos que venían de Salamina, le hiciera falta una sombra más larga, un mito que lo volviera más hondo. Por eso aparecen de vez en cuando esos paisanos que hablan del “pueblo oculto bajo el Morrón”, como si allí hubiera dormido una civilización perdida. Es cuento, pero igual el cuento hace su trabajo: darle misterio a un lugar que, en realidad, era esfuerzo, hacha y machete.

Los palenques y pantágoras que nos enseñaron en primaria eran nombres que sonaban a selva y a lanza, pero no pertenecían a esas montañas nuestras. Estampas pegadas en un cuaderno nadie vio uno por allí, y si algún conquistador los menciona es dentro de una geografía ampliada, casi imaginaria. La verdad es que venimos de paisas colonos, rebuscadores, gente que mezclaba su sangre con lo que traía, pues sus mujeres los acompañaban, todos hechos de mestizaje desde allí. Los primeros “indios” que vi fueron ecuatorianos vendiendo sacos en las fiestas del centenario; los primeros “negros”, los muchachos de la Escuela Vocacional que entraban y salían como si el pueblo no supiera bien qué hacer con ellos. Todo era más simple y más crudo.

 Y el cura Domínguez se empeñó en hacernos indios por espectáculo. Esa “noche india” que se inventó para las fiestas del 66, obligando a los niños a ponerse taparrabos y tiznarse la cara para parecer algo ajeno, fue un teatro forzado, un intento de fabricar una identidad que no existía. Puesto que, si indígenas somos, no tendríamos que disfrazarnos de tales.  Mi negativa a participar —con el apoyo de mi padre— dice más que cualquier ceremonia. Ese “si no quiere ir no vaya por allá”, dicho por lo bajo por don Gerardo Gutiérrez, es una de esas frases que quedan grabadas como un amuleto.

Mi padre, burletero serio él, me contaba haber dibujado jeroglíficos con materiales de la tierra, en piedras al otro lado del río, en la base del cerro, para que los “descubrieran” los antropólogos locales, cosa que evidentemente hicieron. Lo hizo con la gracia de quien entiende que el mito es un juego, que la historia también puede ser una broma. Y que, si el pueblo necesitaba antepasados, él podía inventárselos. A fe que lo hicieron: encontraron las piedras, las interpretaron, las convirtieron en prueba. Así funciona la memoria colectiva: alguien inventa, otro cree, y todos repiten.

 

         2. MORRÓN, O EL HORIZONTE QUE NO ERA

 

Mi relación con el Morrón fue siempre doble: orgullo y desamor. Orgullo porque era el cerro que nos daba identidad, la marca visible de que el pueblo tenía un norte, un nombre, una forma. Desamor porque me tapaba el horizonte hacia el oriente, como si me negara la salida. El cerro servía para embellecer los amaneceres, sí, pero también para recordarme que el mundo empezaba más allá de su lomo y que yo no podía verlo.

 Las montañas encerraban por los demás costados. Pensilvania nació allí porque unos caminantes encontraron una explanada mínima para descansar mientras buscaban una salida hacia el Magdalena. Tierra de nadie: allí se aposentaron algunos, levantaron casas, trazaron calles, hicieron iglesia. Pero el hueco seguía siendo hueco. Crecí sabiendo que el pueblo fue un descanso, no un destino.

Y sentía que había que huir de allí para ver el mundo y, sobre todo, para integrarse con él. No por rechazo sino por intuición. Como si el cerro, con su masa quieta, me dijera que la vida estaba detrás, en un lugar donde el sol no tuviera que trepar una montaña para salir. El Morrón era hermoso, sí, pero también era frontera. Y las fronteras, cuando uno es niño, se vuelven obsesión.

Con los años entendí que salir no era traición al origen, sino la forma fiel de reconocerlo. El hueco me enseñó la medida del mundo: para saber qué es horizonte hay que haber vivido sin él. Por eso, cada vez que vuelvo, Morrón, entero, verde, húmedo, esa mezcla de cerro y nube, me recibe igual: inmóvil, indiferente, como si supiera que yo necesitaba irme para poder regresar.

 Vuelvo, físicamente, de vez en cuando. Mentalmente no tengo que volver: de allí soy. Aunque el casi noventa por cien de mi vida no haya sido allí, uno, como dice la canción, vuelve siempre a los viejos sitios donde amo la vida…donde la tuvo.

 

 Foto DRA