Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




octubre 26, 2004

“Si me hubieran enseñado...”





Este es el texto de un discurso de Luis Carlos Valenzuela en una ceremonia de grados de la Universidad Autónoma de Manizales


Estoy acá para pasarle una cuenta de cobro a una educación universitaria en la que pasé diez años de mi vida y que me prometió muchas cosas que nunca pudo cumplir. Yo creí que con todas esas derivadas e integrales; con los teoremas de imposibilidad de Arrow; con las covarianzas de Sharpe y Markowitz; con lo determinístico y con lo estocástico, yo, yo creí que estaba listo; que el mundo era mío; que todo iba a ser fácil. No podía estar más equivocado, y la vida, sin avisar, sin compasión alguna, se ha encargado de probármelo una y otra vez. De ahí mi cuenta de cobro.

Es que no me contaron que nada era tan complejo y tan difícil de entender como la condición humana. Nadie me dijo que hacer un esfuerzo por entenderla era más relevante para sobrevivir que todos esos modelitos sofisticados de los que yo tan orgulloso me sentía. No me enseñaron, por ejemplo, que un señor de nombre Epicuro, hace mucho más de 2000 años, había entendido que todo el sistema capitalista era un lamentable error, porque el placer, el hedonismo, está en la restricción, no en el exceso. Él definía el bienestar, la ataraxia en sus términos, como la ausencia de dolor. Solo causa placer, aquello cuya ausencia causa dolor. Si estuviera vivo y si me hubiera dado clase, seguramente me hubiera explicado que un sistema cuya esencia de bienestar es el exceso y el consumo y que convirtió al dinero en un bien y no simplemente en un medio de transacción, es un sistema cuya dinámica está basada en la continúa insatisfacción. El capitalismo por esencia es ansiedad, hubiera dicho Epicuro. Es la negación misma de la ataraxia; de la serenidad. Me hubiera dicho que le creyera, que la satisfacción humana, contrario a lo que las personas creen, no está en el exceso, sino en la restricción. Me habría leído un pedazo del Tao que dice así: “Demasiado color ciega el ojo; demasiado ruido ensordece el oído; demasiado condimento embota el paladar; demasiado jugar dispersa la mente; demasiado deseo entristece el corazón”.

Ninguna de esas versiones de condición humana me fueron enseñadas. Ni siquiera las más prácticas y menos poéticas: esas que parecen explicarlo todo; las que describió Hobbes en su justificación del Estado, del Leviatán. Para este filósofo inglés la esencia del hombre es la maldad; la autoridad absoluta e incontestable es lo único que detiene la vocación humana de destrucción. Hobbes decía “que los hombres no encuentran placer, sino, al contrario, un gran sufrimiento, al convivir con otros allí donde no hay un poder superior capaz de atemorizarlos a todos. Cada individuo quiere que su prójimo lo tenga en tan alta estima como él se tiene a sí mismo; y siempre que detecta alguna señal de desprecio o de menosprecio trata de hacer daño a quienes lo desprecian para que estos lo valoren más...” La condición natural del hombre, decía Hobbes, es la guerra y la destrucción originada en la competencia, la desconfianza y la gloria. Por ello la necesidad de las instituciones, del Estado, del Dios Mortal.

La realidad nos muestra que todos en el fondo somos inquisidores, dueños de la verdad, descendientes directos de Torquemada. No es bonito, pero es bueno saberlo. Al menos es útil.
No muy lejos de Hobbes, no obstante ser considerablemente más optimista, está Hume, quien contrario a lo que siempre nos han enseñado, afirmaba que la razón por si sola nunca puede ser el motivo de ninguna acción de voluntad. Ese era el origen de su célebre comentario: “La razón no es ni debe ser otra cosa que la esclava de las pasiones y nunca debe pretender más cargo que el de servirlas y obedecerlas.” Nos enseñan todo sobre las razones. Nos enseñan nada sobre las pasiones. Y pretenden que así salga uno a enfrentar un mundo donde las pasiones, las buenas y las malas, arrasan con las razones. Algo está errado en esta educación.
Para controlar las pasiones Hobbes planteaba la ley como un ejercicio casi despótico. No así Locke, quien consideraba que de esta forma se estaría restringiendo la libertad, fundamento mismo del bienestar. Para Hobbes el orden. Para Locke también el orden, pero el orden con libertad. Locke establece en forma brillante la diferencia fundamental que hay entre la moral colectiva, la ley, y la moral individual, al afirmar que “... la libertad de un hombre sometido a un poder civil consiste en disponer de una regla fija para acomodar a ella su vida, que esa regla sea común a cuantos forman parte de esa sociedad, y que ella haya sido dictada por el poder legislativo que en ella rige. Es decir, la facultad de seguir mi propia voluntad en todo aquello que no está determinado por esa regla; de no estar sometido a la voluntad inconstante, insegura, desconocida y arbitraria de otro hombre....”

Ustedes todavía tienen tiempo de entender condición humana. No se imaginan cuán más inteligentes esto los haría; cuán más capaces de enfrentar el mundo. Pero aún más importante, cuán más tolerantes. La tolerancia es ese concepto tan olvidado, aun por quienes en este país se dicen liberales. Quien si sabía de esto era John Stewart Mill, el alumno arrepentido del padre real del capitalismo, Jeremy Bentham. Mill era enfático en cuanto a la relevancia de la condición humana. Le tenía terror a ese nefasto personaje que es “todo el mundo dice”; ese que nos permite destruir con cobardía, asesinar a mansalva. “Tanto mayor es la desconfianza que un hombre tenga en su propio juicio solitario, -decía Mill- tanto más confía, con una fe implícita, en la infalibilidad de “el mundo” en general. Y el mundo, para cada individuo, significa la parte del mismo con la cual está en contacto: su partido, su secta su iglesia, su clase social.” Triste mezquino e intolerante concepto, el de “todo el mundo dice”, proclamaba Mill. Es bueno, les digo, no ser “todo el mundo”. Es honesto al menos. Creo como Mill, o creo gracias a Mill que “... la única parte de la conducta por la que cada uno es responsable ante la sociedad es la que se refiere a los demás... Sobre sí mismo, sobre su espíritu, el individuo es soberano.”
Ustedes, crean en lo que les venga en gana. Pero, en lo que les venga en gana a ustedes mismos. No en lugares comunes. No en prejuicios. Prejuicio. Aquello que prejuzga; aquello tan humano de repetir para evitar el esfuerzo de pensar, de entender. Prejuicio, aquello preestablecido, aquello a lo cual no le cabe raciocinio alguno. Húyanle a los prejuicios. Los prejuicios no transforman. Destruyen.
Sean autónomos, definan ustedes mismos en qué creen y en qué no creen. Pierdan lo que en una cita de “El miedo a la Libertad”, de Erich Fromm, el senador Carlos Gaviria definía como una característica muy colombiana y era la heteronomía: ese cobarde, mediocre y cómodo placer de que los demás decidan por nosotros. No se conviertan en eso que con gran desprecio Cannetti llamaba la masa; ahora le dicen opinión pública.

Tampoco me contaron, talvez porque no era actual ni práctico, que las contradicciones no eran malas que no eran sujetos de odios y polarizaciones. Nunca me contaron que Hegel denominaba dialéctica la conciliación de los contrarios, tanto en las cosas como en el espíritu y la consideraba como la gran fuerza transformadora. Si una idea, decía Hegel, suscita la idea opuesta, es porque la realidad que esta idea representa exige la realidad contraria. Si me lo hubieran contado de pronto hubiera construido país a través de ese juego de tesis, antítesis y síntesis, en lugar haber destruido insultándome con mis contradictores. Pero a mi no me lo contaron y a ellos tampoco. Me dijeron que todo era blanco o negro; que yo era de los buenos y que ellos eran de los malos. A ellos les debieron haber contado lo mismo, pero al revés, como en un proceso dialéctico. Por eso nos tratamos como nos tratamos. Todos. Creo en la dialéctica, creo en las contradicciones, creo que esto es lo único que genera dinámica. Creo en el infinito poder de las ideas. Creo, como un brillante profesor, Isaías Berlin, que son ellas, no importa cuanto tiempo tome, que son ellas, las únicas que transforman. Me aterroriza lo práctico; lo actual. Nada de esto es fácil. La condición humana es compleja; compleja y poderosa. “El que observa al Mundo como se observa a sí mismo -dice el Tao- es capaz de controlar el mundo; pero el que ama el mundo como se ama a sí mismo es capaz de dirigir el mundo.” El estudio de la condición humana ha sido olvidado por su complejidad, mas no por su falta de relevancia. Esto lo expresó en forma brillante alguien mucho más cercano a nosotros, Estanislao Zuleta, un profesor de filosofía de la Universidad del Valle, en el “Elogio de la Dificultad”. Zuleta, dialéctico por esencia, tenía una clara explicación para los odios y para la violencia. “Hay que observar -decía- con cuánta desgraciada frecuencia nos otorgamos a nosotros mismos, en la vida personal y colectiva, la triste facilidad de ejercer una no reciprocidad lógica; es decir el empleo de un método explicativo completamente diferente cuando se trata de dar cuenta de los problemas, los fracasos y los errores propios y los del otro cuando es adversario o disputamos con él. Él es así; yo me vi obligado. Preferiríamos que nuestra causa se juzgue por sus propósitos y la adversaria por sus resultados.” En otras palabras, nosotros nos percibimos perfectos, aún en nuestros errores. El problema está en los demás. “Si tan solo pudieran ser nobles, bondadosos sencillos e inteligentes como nosotros.” El problema, dice Habermas, en forma más compleja, siempre está en la otredad; en los demás.

Para entrar en temas más prácticos, la Economía, por ejemplo, es en esencia el estudio de la condición humana, de la ética. Ética como noción del bien; de estar bien, de bienestar. El bienestar, originado en una concepción puramente ética, es el objeto mismo de la economía. La concepción ética que hoy nos rige es la de Pareto, un famoso sociólogo de derecha para quien los cambios en utilidad, en bienestar, de diferentes individuos, no son comparables. Entonces, el incremento del bienestar de quien lo tiene todo, es tan relevante para la sociedad, como el incremento en bienestar de quien no tiene nada. Es esa falsa neutralidad lo que determina hoy nuestra noción de eficiencia económica.

John Rawls, el recientemente fallecido filósofo americano, cuyos conceptos tuvieron enorme influencia en la redacción de la Constitución del 91, se va directo contra la columna vertebral del sistema: la falsa neutralidad en la comparación de los bienestares de individuos en diferentes condiciones. Rawls afirma que mientras no se satisfagan unas condiciones básicas para los grupos más desfavorecidos de la población -los derechos fundamentales-, el intercambio o las cesiones hacia estos grupos debe continuar en forma independiente a que tanta utilidad marginal o bienestar se les quite a los grupos de mayores ingresos. La eficiencia se torna irrelevante. Por lo menos secundaria. Para desarrollar su teoría Rawls plantea el concepto del velo de la incertidumbre. Este consiste en que la expresión válida de las preferencias de los individuos es la que se da cuando estos desconocen el rol que van a tener en la sociedad. Cuando desconocen si van a ser infinitamente ricos o infinitamente pobres. Cuando desconocen si van a tener una inteligencia extraordinaria o si van a tener una inteligencia normal. Esa es la noción de bienestar socialmente válida, ya que por actuar bajo el velo de la incertidumbre, es la única que puede propender por el bien común. Retirado el velo de la incertidumbre, primara el egoísmo; lo hobbesiano. El conflicto entre la noción de bienestar de Pareto y la de Rawls es el conflicto existente entre el poder ejecutivo en Colombia y la Corte Constitucional. Pocos problemas más prácticos que este. En la búsqueda de la solución a esta fundamental discrepancia entre las concepciones éticas de los poderes, está el origen de la viabilidad tanto social como económica de este país. No se imaginan cuan práctica es esta discusión teórica. Lo que pasa es que como decía Nicolás Gómez Dávila, “el político práctico perece bajo las consecuencias de la teoría que desdeña.”

Al principio dije que venía a pasar una cuenta de cobro, a la universidad. En realidad no hay razón para ello. Como dice una canción muy popular, “lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida.” Eso nos pasa a todos. Siempre será así. Lo que quería compartir con quienes hoy se están graduando, es que en materia de educación ustedes no han terminado nada. Apenas comienzan. Tan solo quería regalarles un poco de bibliografía para que comiencen a estudiar una clase que les va a tomar el resto de la vida.


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