Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




agosto 24, 2007

La Palabra Enemigo




Jaime Jaramillo Escobar




Cercar, acorralar, aprisionar, aislar, apartar, amurallar, son todas características de la conducta humana, inherentes a su maldad.

De la valla de alambre estamos tan orgullosos como de los límites morales y de las fronteras políticas con que hemos dividido el mundo.

Enemigos por naturaleza, la hostilidad muestra los dientes en nuestra boca, y nos pasamos el tiempo dividiéndolo todo en compartimientos y casillas, con nuestra alma enclaustrada.

Fraccionamos las casas en piezas, todas nuestras habitaciones están llenas de closets y gavetas, y nuestros trajes de bolsillos para esconder las manos y la piedra. Y ya antes habíamos dividido la ciudad y el campo de todos en reductos privados, escondrijos y cuevas. No somos como los pájaros, y tratamos de imitar más bien a los animales subterráneos en nuestras celdas y madrigueras.

Tenemos el alma llena de subterfugios y vericuetos, la intención plena de reconditeces inconfesables, el habla de artimañas y mentiras, y guardamos el libro debajo de la axila. De todo lo cual estamos muy orgullosos y lo enseñamos a nuestros hijos.

Para nosotros “defiéndete” quiere decir “ataca”, y es tal nuestra desconfianza y agresividad que todas las casas tienen puertas.

Enjaulamos al pájaro como a enemigo, y cercamos el árbol para que nadie sino nosotros, podamos comer de su fruto. Lo hemos dicho a nuestro semejante: de este árbol no comerás porque es mío, en él tengo enrollada una serpiente.

Agrupados en bandos para hacernos la guerra, asociados en camarillas para devorar el mundo, el codo del vecino nos estorba, nos estorba el alero de su casa, y nuestro vecino es nuestro enemigo si no es nuestro esclavo.

No queremos amor sino dominio y echarnos al bolsillo la llave de las vidas ajenas. Nuestro interés y nuestra ambición no tienen límites, nuestro orgullo y nuestra codicia tampoco; pedigüeños y llorosos, implorando en los altares día y noche, ni dormimos ni dejamos dormir a los dioses.

Nuestra repugnante crueldad ha puesto sus armas en nuestros blasones, los muertos son nuestra vanagloria, y la devastación la prueba incontrastable de nuestro poder. Nuestro reino se compone de todo lo robado. Hemos despojado y encarcelado a nuestros enemigos. Porque somos el enemigo de nuestro enemigo no habrá paz en el mundo, y nuestra profesión será siempre la rapiña.

Esto para mí, esto para mí, esto para mí, tal es la base de nuestra contabilidad. No sabemos contar sino en primera persona. Y hemos hecho las máquinas para que cuenten en nuestro nombre. Nuestra ansia de devorar es tanta que hemos convertido a dios en obleas.



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