Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




septiembre 23, 2007

Plaza de Mercado

Luis Fernando Gutiérrez-Cardona




Que no se acuse a nadie
de mi vida.
(M. Yourcenar)




A mi padre le gustaba ir a las plazas de mercado. Su vida fue en últimas un llevar permanente de comida a la familia que se procuró sin nada cuestionarse. Alguna vez le pregunté cómo lo hizo y se sonrió apenas antes de contestar: era más simple.

Íbamos a la plaza tomados de su mano y nos paseábamos por ella al mismo tiempo que escogía y no regateaba las cosas que pasaban al costal que alguien cargaba un paso detrás suyo. Los vendedores lo saludaban con respeto y el tenía para ellos siempre una palabra amable, una sonrisa y un comentario ácido y certero que dejaba caer como si no fuera nada. Hago ahora lo mismo que mi padre, en otra escala, claro. Me encanta ir a la plaza de mercado en donde las cosas de la tierra huelen a tierra, donde las naranjas no tienen más brillo que el de las manos que las recogieron del suelo, y están aún untadas de tierra las verduras; plazas en que hay una explosión de colores, de olores en que se revuelven el de las cebollas largas, el de la yerbabuena, el de la albahaca, el cidrón y el limoncillo, con el de los mangos, las curubas, las guayabas y las moras, los bananos y las granadillas, todo ello vivo aún con el alma de su naturaleza. Allí los plátanos huelen a plátanos, al sudor de quienes los cosechan y al esfuerzo de quienes los transportan, y las papayas y las piñas no tienen otro brillo que el del sol bajo el cual maduran; en una esquina el aguacate abierto dice tómame y los propios campesinos pasan con sus ramos de cartuchos y de girasoles amarrados solo con cabuyas, abrazandolos como hijos de los que se desprenden por el pago que reciben con los ojos tristes de las despedidas; mientras una señora que me hace el desayuno, enseña que es el amor sin decir nada.

El hombre que me sigue, un paso atrás como hace años aquel que seguía a mi padre, sonríe con mis compras que le parecerán exóticas ¿por qué se le ocurrirá comer berros, calabacines y brócolis? ¿Una docena de pitahayas, y una más de papayuelas? ¿No que eso es veneno? Sonrío y dedico un comentario ácido, que dejo caer como si nada, a los vendedores que van haciendo una lista en un papel cualquiera y anotando en él un valor misteriosamente asignado pero preciso y sin vacilaciones. Mil esto, ochocientos esto, dos papayas dos mil quinientos, tres aguacates cinco mil (es que no es temporada y están muy caros). Al final tres gruesos paquetes que el cargador toma como si no pesaran; negándose a ser ayudado los lleva en un solo viaje hasta el carro y los acomoda. Mientras le extiendo el pago lo miro y veo que es, como lo que descarga, fruto de la tierra: muy blanco, tostado por el sol y de ojos claros, aparenta 30 pero tiene 22:

- Gracias por la contrata dice. Y agrega: ¿Me ayudaría para una operación que tengo que hacerme mañana? Es que tengo mucha obligación.

- ¿De qué te operarán?, le digo, y ¿Cómo así que mucha obligación?

Me mira mientras observa que lo miro:

- Es que tengo mujer y cuatro niños. Y esto.

Se levanta la camisa y deja ver una gran hernia.

Me encantan las plazas de mercado: en ellas la tierra es tierra. Se ve como tierra y huele a tierra. Las plantas y las flores son eso y a eso huelen. Lo que se come tiene el sabor de lo recien cogido y la urgencia de ser disfrutado. Y los seres humanos hombre son y carga y carreta, todo en uno.

.

No hay comentarios.: