Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




julio 23, 2008

Confesión




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Cada uno tiene derecho a su pequeña aberración. Escuché de niño eso que por interés quedó por siempre en mi memoria. La mía, lo confesaré porque te has comprometido a guardar secreto, ha sido hacer el amor con la contorsionista del circo. Cosa realmente fantástica si se considera que los circos son pocos, que no todos tienen contorsionista y que si se encuentra uno que la tenga acceder a ella es difícil, exponerle el propósito arriesgado, obtener su complicidad complicado y ejecutarlo imposible en medio de tanto trabajo, de la dificultad para escapársele al dueño y de conseguir el sitio y el clima apropiados que no sea su maleta.

Así que la fantasía se convirtió en una de esas realidades del pensamiento que intentaba satisfacer tratando de morderme una oreja o de darle vueltas a los brazos por sobre la cabeza con resultados frustrantes y dolorosos. No obstante no dejaba de tener interés y urdia el plan para una extremidad que se reduce y sale por lugares imposibles mientras otra hace cosquillas en la espalda que para ese punto no se sabe propia o ajena,  o para un sin fin de posibilidades eróticas cuya descripción es mejor no hacer para no volver la aberracioncita una aberración de verdad. Imágenes que son caldo de diablo para un cristiano gestado y educado en la posición del misionero y punto, a la que no se sigue sino la de arrodillado.

Forzado a confrontar la realidad real observaba una tarde de gancho y crispetas rancias el acto en uno de esos circos que traen un tigre triste, un león canoso, un elefante encadenado y también las lluvias. Reconocí de pronto que la contorsionista era, con otro ropaje y maquillaje más pálido, el malabarista que un rato antes mantenía veinte platos en el aire. Para hacerlo más cruel, un poco después fue –no cabe duda- el trapecista. ¿Habría sido también la mujer barbuda? ¿El hombre bala? Mientras el pensamiento especulaba si la misma persona había participado en el acto de los monos -como uno de ellos- y si acaso no habría sido también la presa que arrojaron al león, algo posible dada su versatilidad y capacidad de encojerse a límites inconcebibles, acordé con mi pensamiento no acariciar más esa fantasía como una realidad cualquiera. Y si hoy la confieso es porque, además de confiar en ti, pertenece rigurosamente a ese mundo.

Ese día, al terminar la función todos -payasos que somos de la vida- nos paramos y salimos embotados, como se sale de los circos. Esa noche muchos hicieron el amor con su contorsionista, o tal vez consigo mismos, bajo la carpa propia, sin retorcerse mayormente. Incluyéndome.






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