Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




diciembre 15, 2008

Me gustaría componer una canción.




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


“¿Pero qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
¿qué puedo yo decir del amor?
Mejor sigo hablando de esta puerta.

(J. E. Eielson)





Me gustaría componer una canción.


Una que hablara de un niño triste
que te perseguía en una casa de corredores alrededor
y un patio en medio.
Que cuando bañabas gritaba
¡por la cabeza no, por la cabeza no!
(era muy fría el agua en ese entonces).
Monito y bravo
“mono cayubro” le decías
(palabra ya olvidada).

De un niño que se encerraba a oscuras
a ver pasar sombras
que la luz de un pequeño agujero
llevaba de la calle a la habitación,
entonces pieza.
(Asunto de magia).
Y que aprendió a soñar,
a imaginarse cosas,
oyendo de papá cuentos fantásticos.

Un niño que llevabas a la ciudad
para que viera bien.
Que rompía sus gafas
y se las remendabas con esparadrapo
mientras se le podían reponer.
A quien el niño dios traía en navidad
algunas bombas de caucho,
unas medias, unos calzoncillos
y unas serpentinas de papel.
Alguna vez un carrito de plástico
rojo o amarillo.

De un niño triste de pantalón corto
y largas patas blancas
feíto él,
que se paraba al lado a acompañarte mientras,
no siempre feliz,
lavabas ropa luciendo una bata de flores
de color café.

De cómo, un medio día de esos,
un gesto tuyo
producto del cansancio y la impaciencia,
le despertó de golpe la existencia
y la consciencia.
(Perdió la esperanza,
... y supo).
Y se volvió más triste para siempre.

Un niño que se sentaba a verte coser ajeno
para ganar unos pesos.
Y entre un encargo y otro,
camisas y pantalones para los hermanos.
(Papá miraba silencioso con su pielroja en mano
y tú también fumabas).

Me gustaría componer una canción
que hablara de cómo lloraste el día
en que a las cuatro de la mañana
tomó un bus para iniciar el recorrido
por su destino.
Incierto aún ahora.

De cómo se acompañaron luego
hasta el fin.
De cómo y cuánto sabías de él.
De cómo iba, muy de vez en cuando
a almorzar a solas contigo
y se despachaban en conversaciones
que solo así se permitían
y nunca traicionaron.

De cómo y cuánto se querían
con ese amor serio, un poco extraño.
Y le mirabas y, sin decirlo, le decías:
“Tú que no quieres la vida que te dí,
no puedo comprenderte,
y yo, y yo que te amo tanto”.



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