Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




diciembre 04, 2008

Alí Babá



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


El otro día, en un larguísimo recorrido por tierra entre Orlando y Houston me dio por contarles, supuestamente a los niños, cuentos de los de las Mil y Una Noches. Nada conseguía hacerlos interesar. Pasaron de largo por Aladino y la lámpara maravillosa: eso de genios negros y malhumorados saliendo de una lámpara de aceite -que no cabe en la cabeza que cosa es- estimulados por un pañito frotador, genios que hacen aparecer y desaparecer palacios de un día para otro no les parecía interesante luego de ver los palacios que hace el dinero en los parques de Disney, ni modo; y lo de las alfombras voladoras menos, después de montar en jumbos cada rato. Simbad el Marino les sonó aburrido (¿es que nadie le avisaba que venían los huracanes?) y hubo que recortarlo antes  que se pusieran a llorar. De Sherezada dijeron que era una vieja extraña y Shahriar solo hizo que alguien anotara que porqué no llamaban al 911 para que la policía se encargara de semejante joya. Del Califa nada que decir: resultaba políticamente incorrecto. La magia de los cuentos no les decía nada. 

Iba de fracaso en fracaso hacia el silencio porque de lo que se trataba no era de dormir a nadie, sino de tenerlos bien despiertos. Especialmente no dormir a quien manejaba. Llegué entonces a Ali Babá y los 40 ladrones. ¿Cómo hablarles de una cueva cerrada con una piedra que se abría con unas palabras mágicas? ¿Cómo hacerles entender lo de ábrete sésamo? Arranqué citando de memoria la primera frase: “Recuerdo, ¡oh rey afortunado!, que en tiempos muy lejanos, en los días del pasado, ya ido, y en una ciudad entre las ciudades de Persia, vivían dos hermanos; uno se llamaba Kasín y el otro Alí Babá”;  me sorprendí de pronto hablando de unos ladrones que llegaban al lugar en que guardaban su tesoro, montados en camionetas de vidrios polarizados, como ésta en que vamos -ni idea de lo que es una mula de carga- y que se quedaban aparte mientras su jefe abría la puerta del sitio no con un conjuro (¿qué cosa es un conjuro?), sino con su password.  Esta palabra lo iluminó todo y el cuento empezó a desenvolverse entre sonrisas. Lo de las monedas de oro pegadas en la balanza untada de manteca por la envidiosa mujer del hermano, resultó sustituido por un virus que ella diseñó porque había estudiado sistemas y el lugar secreto descubierto por un gps que pusieron, como este que nos señala la ruta. Así todo fue dando un giro. El cuento el mismo, el lenguaje otro. Allí le di entrada, que recuerde, al cd-player que uno de ellos no soltaba que fue dejado a un lado, al reproductor de música del que alguien estaba pegado y a los juegos de los celulares. Los adultos, que para mi sorpresa tampoco conocían el cuento, oían interesados; se empezaron a hacer preguntas, a abrir caminos al relato con sus dudas, y a sugerir por donde iría la historia. ¿Cómo contar la muerte de cuarenta ladrones escondidos en tinajas así no más? 

No puedo contar de nuevo el cuento porque no hice backup y se perdió por siempre mi versión carreteruna. Pero cuéntanos otro, dijeron cuando terminé; acometí a blanca nieves y a caperucita que fueron convirtiéndose por fuerza en lo que son: cuentos para adultos. Los papás, un poco azarados me mandaron acabar diciendo: “¿Sabes qué? Ya estamos viendo llegar la madrugada así que cállate discretamente”.


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