Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




enero 03, 2009

La calle Bourbon





Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

La calle Bourbon debe ser una de las calles más locas del mundo. Si lo es bajo las temperaturas de principios de Enero, puede suponerse lo que será bajo otras más cálidas o en tiempos de carnaval. A lo largo de unas cuadras, en el French Quarter, en cada local a lado y lado grupos interpretan jazz, rock o country. Restaurantes, venta de toda clase de cosas, sitios de chicas desnudas. La gente anda por la calle con sus vasos de licor en la mano, grupos de universitarios vestidos de rojo que llegaron de Utah y de Alabama a un partido de futbol que se juega en el estadio y que cada local transmite en enormes pantallas de televisión. Una pareja de mujeres se miran amorosamente mientras comen en la mesa del lado, unas parejas de hombres tomados de la mano se besan un poco más allá o caminan abrazados. Muchachas de ropas escasas se asoman en los balcones de los locales y lanzan collares de cuentas de colores y camisetas a los transeuntes. Gente linda a cada paso, todos gozan. Montones de policías cuidan sin sustraerse del ambiente. Es posible tomarse fotos con ellos, ofrecerles un refresco, arrimarse a sus caballos, conversarles.

Nos detenemos en un sitio en que tres jazzeros que tocan el banjo, la trompeta y el bajo, interpretan blues apasionadamente. El cantante, que también toca la trompeta, tiene unos ojos muy azules, muy cansados. A sus pies un perro negro, de negros ojos tan cansados y tristes como los de su amo lo acompaña tirado en el suelo y completa la decoración. Sí, parece una casa cualquiera del sur profundo de las que se ven en las películas y hemos adivinado en la carretera en el camino de venida. Una familia hindú de hombres enturbantados y mujeres que lucen hermosos y enormes rubies en sus orejas, escuchan alelados. Una gringa, gordisima y alicorada que intenta dialogar con los músicos, ofrece comprar el perro que, aburrido, se levanta trabajosamente y cambia de puesto al advertir que roba el protagonismo de su dueño, que de pronto interpreta para nosotros, al oirnos hablar en castellano, ese quizás quizás quizás en aire de Louis Armstrong.

Una cuadra más allá una banda de gente joven toca en la esquina al modo de las bandas tradicionales de New Orleans de que hablan los libros, al modo de las que seguían los entierros y los convertian en fiesta. Así en muchas esquinas hay músicos que tocan y cantan bellamente.

Que maravillosa ciudad. Y que locura. Me detengo frente al monumento al fundador de la ciudad en la mañana. Los pájaron cantan en medio del tráfico no muy intenso. Intento localizarlos en los árboles. No son pájaros, descubro: es un parlante programado para sonar al impulso de una señal. Es loca esta ciudad. Y americana.

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