Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




marzo 30, 2009

La Mesa del Lado





Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



El otro día ¿recuerdas? estábamos en Santa Marta en una de esas tardes de diciembre en que llegábamos considerándonos los dueños del mundo y nos echábamos en la playa sin pensar en nada. Tú ibas a la tienda y nos traías una botella de whisky -Grants, nos encantaba- que se esfumaba como el hielo en media hora, pero aparecía entonces otro con otro frasco, y después otro. Y el sol se apoderaba de nuestras pieles que nos cuidábamos de proteger con lo que mas daño hiciera -vinimos a broncearnos ¿no?- Aceite de coco, o de tiburón, manteca de cocina, extrañas mezclas de cocacola y chontaduro, bronceadores en frasquitos de onza traídos por vendedores ambulantes que hacían que empezáramos a oler a arroz quemado. ¿Daño, dije? ¿Cuál daño? El daño surgió cuando dijeron que el sol daba cáncer y que había que comprar cremas con misteriosos grados de protección que tenían la magia de hacer que uno se fuera tanto o más blanco de lo que llegó y se acabó la gracia. E íbamos al mar un rato entre los ratos y nos parecía horrible ese mar de El Rodadero en que navegaban cosas extrañas que no lo eran tanto al contemplarlas de cerca. Y comíamos sin escrúpulos y sin sospechas ceviches de camarón que producían desastres intestinales a los que apenas si dábamos importancia y eran los que hacían echarle la culpa al mar. Y te pedíamos –a ti que eras capaz de conseguir rebaja en los peajes- que negociaras con los músicos vallenatos de la playa cuanto pagarles por canción. Hágánle con “El Cóndor Herido” les decíamos cansados de oírte barequiar, háganle con las del difunto y con esa de “Recuerdo que Jaime Molina cuando estaba borracho ponía una condición queeeee si yo moría primero el me hacía un retrato ooooo si él se moría primero yo le hacía un son…”. Cantábamos con ellos a gritos y nos moríamos de la felicidad mientras la pelota-así llamábamos al sol- iba bajando.

Esa tarde nuestros músicos se turnaban con los de los vecinos para no interferir los acordeones. Eran costeños, pero no de la ciudad, parejas de novios jóvenes, un poco más que universitarios; bebían, cantaban y hablaban en voz alta y los músicos tocaban sin que nadie les parara muchas bolas. A no ser porque todos nos fuimos dando cuenta de que lo que tocaban una y otra vez era la misma canción, que me aprendí de tanto escuchar aquella tarde:

Quién fue el que te hizo ese daño,
que no quise hacerte cuando eras mi amor
y que manchó con su orgullo,
ese orgullo lindo de tener honor
y se marchó cual cobarde
que destruye flores y no siente dolor
(…)
No es que yo diga que eres sin valor
tú eres la misma y tal vez mejor
pero es que ya yo no quiero
sinceramente no puedo
el primero fue primero
y de segundo no quiero
prefiero serte sincero
el primero fue primero
ya de segundo no quiero
es que no quiero y no quiero”


Ellas se fueron poniendo inquietas después de un rato –tu dijiste en voz baja “qué tan hijueputas”-, y el desagrado se fue haciendo visible, pero nadie decía nada por no molestar al amigo, supongo. Con lo que tocaban nuestros músicos no bajaba la animosidad al ambiente. Alguno dijo ya no más, pero el noviecito, al parecer lo era, insistía. De pronto una de las niñas se acercó decidida y le pegó tremenda palmada en la cara. Los músicos se detuvieron. Recogieron sus cosas y se marcharon. También ellos. No los vimos más. Nos quedamos hasta que el cuerpo aguantó y nos fuimos haciendo eses por la calle mientras desde el balcón del apartamento dos pares de ojos nos miraban expectantes. Era fácil llorar de amor, entonces.


En estos días sonó Arjona en el ipod porque tocaba. Oí. Lo detuve y lo hice empezar de nuevo: “Tu reputación son las primeras seis letras de esa palabra. Llevarte a la cama es más fácil que respirar, tu teléfono es de total dominio popular. Y tu colchón tiene más huellas que una playa en pleno verano.”

Lo apagué.

Y vino a mi aquella tarde.


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