Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




agosto 19, 2009

Colombia - A mi manera-








Alto de Lavapatas - San Agustín



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

 "Esta es Colombia, Pablo
con su espuma y su piedra
curvada dulcemente
sobre el cielo de América...
(Eduardo Carranza)



Sucedió que el 9 de Abril de 1948 mataron en Bogotá a Jorge Eliécer Gaitán. No tengo idea de quién era el tipo, más allá de lo que aparece en los libros de historia y de lo que le he escuchado en discursos que algunos nostálgicos del glorioso partido liberal conservan grabados en discos de cera, y reseñas sobre sus defensas de criminales más o menos culpables que él con su verborrea conseguía hacer pasar por inocentes frente a jurados de conciencia que ponían más atención a las palabras que a los hechos. O si no, que tal esa de conseguir liberar a un violador con el argumento de que no es posible enhebrar una aguja, a menos que la aguja se quede quieta. Aparte de penalista el hombre encendía la plaza pública con una demagogia alucinante. Un auténtico pico de oro. Lo mataron pues, como al medio día. Y la turba se tomó a Bogotá. Quería el poder. Pero los que tenían el poder también lo querían. Y como en Bogotá cuando llueve hace mucho frio, un aguacero oportuno calmó a la turbamulta que, temerosa del agua, prefirió resguardarse por aquello de que la cáscara guarda el palo. La gente solo se bañaba una vez al año, y eso si estaba sucia según enseñaban los libros de texto. Se desató la violencia política. Un gamonal en cada pueblo. Matar al otro porque era liberal. O matarlo porque era conservador. Sin que nadie supiera que era ser una cosa o ser la otra. Asunto de familia, se decía. Gobernaba un conservador –Mariano Ospina Pérez- a quien sustituyó otro conservador bogotano –Laureano Gómez- que había mangoneado a lo largo de 50 años en el Congreso y, ya presidente, resultó un perfecto incapaz que llamó a su Vicepresidente para que lo reemplazara, un tal Roberto Urdaneta Arbeláez, quien, antes que devolverle el mando a quien se lo había prestado, se lo entregó a los militares. Un general llamado Gustavo Rojas Pinilla aupado por los políticos bajo el argumento de que lo suyo no había sido un golpe de estado sino un golpe de opinión. Ya era el año 1953. La violencia a todo dar, Rojas en el gobierno, hacía obras públicas, y trataba de copiar a Perón, con una hija por Evita. Ya alguien que había sido presidente por unos días, Darío Echandía, había dicho que en Colombia todo pasa sin que nunca pase nada. Y había dicho que Colombia es un país de cafres, sea lo que sea lo que eso signifique. A Rojas le dura el impulso hasta 1957 y mal que bien consigue una tregua con las guerrillas liberales, tregua que da origen a las FARC. Cae Rojas a quien sustituye por unos meses una Junta Militar mientras los políticos conservadores y liberales, Laureano Gómez por aquellos y Alberto Lleras por estos, se ponen de acuerdo en que es una pendejada andarse peleando el poder y que es mejor repartírselo milimétricamente entre los dos, alternándose la Presidencia por dieciséis años, se dice rápido, y dividiéndose entre los dos el estado por partes iguales. Una maravillosa componenda. Arrancarían los conservadores pero al no ponerse de acuerdo, iniciaron los liberales con Alberto Lleras Camargo. Un hombre seco de hermosa y engolada voz, delicioso escritor, de quien decían que era el único que sabía leer en Colombia. No sé que haya hecho, creo que nada. ¡Pero se le oía tan bien en la radio! dicen. Le siguió el conservador, un personaje de Popayán que se llamaba Guillermo León Valencia, hijo de poeta, cazador y mujeriego visitante de las casas de citas bogotanas. Acabó, se dice, con los llamados chusmeros, que era en lo que habían terminado los pájaros de la violencia política, que asolaban los campos y las vías: Sangrenegra, Desquite, Chispas, Efraín González. A Valencia lo reemplazó Carlos Lleras Restrepo que modernizó en algo las instituciones, reformó la constitución no sin antes comprar el congreso con los auxilios parlamentarios para que aprobaran sus propuestas, una renuncia no aceptada por algún escándalo y terminar entregando la presidencia al último presidente del frente nacional, Misael Pastrana Borrero que la obtuvo tras un fraude que ya nadie niega, después que Lleras mandara dormir a todo el mundo a las ocho de la noche el día de elecciones, mientras terminaban de cuadrar el asunto con los votos que algún politicastro del sur del país metía a la brava en las urnas, según contó después cagado de la risa. Pastrana, como no, hablaba bonito e hizo un niño. Fue todo lo que hizo así como importante, porque el niño a su debido tiempo, también se sentó en esa silla que llaman, chistosos que son, el Solio de Bolívar. La violencia política había amainado, no así la guerrillera y a ella se sumó un grupo nuevo que se llamó M-19, formado, dicen, en protesta por el robo de las elecciones. El grupo este se estrenó robándose la espada del llamado Libertador de la Quinta de Bolívar, y como no, ni que no fueran colombianos, matando. Se inauguraron con un líder sindical que se llamaba José Raquel Mercado. Secuestraron y mataron hasta su último día. Y las FARC ahí, dando candela. Se fue Pastrana y llegó Alfonso López Michelsen. Hijo de quien había sido presidente por los años 30, conspicuo miembro de la oligarquía más conspicua, se había labrado un nicho “oponiéndose” al frente nacional mientras disfrutaba al mismo tiempo de sus mieles como ministro o como gobernador. No le faltaron los escándalos, las carreteras raras que beneficiarían a los hijos del ejecutivo, y un paro cívico que reprimió de manera cruel, sin que la población se enterará muy bien porque los medios de comunicación, la gran prensa colombiana, siempre ha estado entregada al poder. Empezaba el narcotráfico a mostrar sus dientes. Posteriormente se reuniría con los narcos en Panamá. Terminado el tiempo de López llegó un político de pueblo, de esos que saben que el poder es para nombrar, para medrar, para hacer clientela. Los que politizan todo y lo corrompen todo a condición de que la corrupción se mantenga en sus niveles aceptables, según dijo esta belleza que se llamaba Julio César Turbay Ayala. Lo inauguró el M-19 robándosele 5.000 armas de las que tenía el ejército en su principal lugar de acopio en pleno Bogotá. El estado de sitio, un estado de excepción constitucional que había campeado, regresó con toda la fuerza y el hombre dictó un decreto que se llamó el estatuto de seguridad, con base en el cual se encarcelaba, se torturaba, se condenaba a los civiles en consejos de guerra acomodados y se cometían toda clase de tropelías. Acción y reacción, el M-19 le repitió la dosis y un día se tomó la embajada de la República Dominicana, donde un poco de esos vejetes gocetas que se llaman embajadores andaba tomando trago lo más de rico. Allí estuvieron un resto de días hasta que el hombre, o sea Turbay, los compró a precio de oro y los guerrilleros felices de la pelota, terminaron tomando el sol en Cuba, bebiendo ron y quien sabe haciendo que otras cositas después de la abstinencia de carne a que estuvieron sometidos. Los narcos ya eran poderosos. Un día, por fin, no mas-turbay y llegó Belisario Betancur. Lo había intentando cuatro veces… muchas palomitas de la paz, muchos discursos lindos -con alguno hizo llorar el pleno de la Asamblea de las Naciones Unidas- La guerrilla ahí. Los narcos. Y el M-19. Intenta hacer un proceso de paz con estos, pero eso, sabido es, es un juego de todo o nada. Mucho amague y banderita blanca. Un mal día, los narcos le muestran los dientes: matan al ministro de justicia de su gobierno que se llamaba Rodrigo Lara Bonilla. El tipo reacciona diciendo que los extraditará a los Estados Unidos y así lo hace, solo que empieza con un personaje bonachón, que mostraba los dólares en los partidos de fútbol a los árbitros y alguna otra travesura, pero no era el malo de los malos que era Pablo Escobar que se daba el gusto de hacerse nombrar congresista, y mejor dicho: se daba el gusto de hacer lo que le daba la puta gana para no hablar muy largo. El país había cambiado. Todo el mundo convivía con las mafias del narcotráfico, hacía negocios con ellos, se asociaban, se aceptaban. El narcotráfico nos cambió a todos. No es que antes hubiéramos sido buenos. Es que ahora nos volvimos peores. La narcocultura contra la que empezó a alzar la voz un político joven, Luis Carlos Galán Sarmiento, y un periodista, Guillermo Cano. Voces aisladas. Belisario en la encrucijada. Un día el M-19 decide darle una dulce toma. Y se toma el Palacio de Justicia, plaza de por medio con el Capitolio Nacional, sede del Congreso, Capitolio y Plaza de por medio con el Palacio de Nariño. Desde allí el Presidente oyó los primeros tiros, pensó que estaban celebrando algo y estaban quemando pólvora. El M-19 entra a sangre y fuego. Matando. Y el Ejército, que aún no se sacaba el clavo de las armas que les había robado, responde a sangre y fuego. Un coronel lleva un tanque y lo para en la mitad de la plaza y ordena disparar contra la puerta. Los artilleros nunca habían disparado ese cacharro y el tiro les sale alto. ¡Bola! dijo el umpire, dio en la parte alta. "¿Qué hace Coronel?" Le pregunta un periodista… “Defendiendo la democracia, maestro” responde él… “Pero miré, insiste el periodista, es que adentro están los magistrados de la Corte”. “Que les hagan estatuas”, como que responde el tipo. El presidente de la Corte clamaba por las emisoras “paren el fuego”, el Presidente “¿Cómo sé que ese es el Presidente de la Corte?” Eso fue al medio día, las emisoras transmitían en directo, pero por la noche, dejaron de hacerlo y empezaron a transmitir los partidos de fútbol. El edificio empezó a arder. Con el edificio, los que había dentro y no habían sido muertos por las balas de los unos, o de los otros. El drama empezó a las 11:30 del 6 de Noviembre de 1.985. A las 2:10 de la tarde del otro día una gran explosión estremece el palacio. A las 2:20 el General Vega Uribe, Ministro de Defensa y tal vez presidente de facto durante esas horas, anuncia que la toma del Palacio de Justicia ha terminado. Masacre fue. Y holocausto. Y desaparecidos. Belisario sale en la televisión y asume las responsabilidades, pero la cosa iba a terminar mal para el… solo que el 13 de Noviembre, explota el volcán Nevado del Ruiz y mata decenas de miles de personas. Colombia es así: siempre una noticia peor, opaca la anterior que era la peor de las noticias, hasta cuando la nueva empieza a ser la peor. Pobre Belisario, hasta buena gente, se va con sus penas y su mala suerte y lo sucede Virgilio Barco. El M-19 terminado, las FARC ahí, y el narcotráfico a todo vapor. Barco era un barco que se hundía, sufría la enfermedad de Alzheimer pero nadie ha contado cómo se gobernó con él en ese estado. Virgilio Barco, con todo, en sus momentos de lucidez, alborotaba el trapo rojo, color del partido liberal y balbuceaba frente a las cámaras de televisión. Los narcos decidieron medirle el aceite y las bombas rumbaban, y los muertos y los desafíos no tenían límite. Le explotaron un bus bomba contra la sede del organismo de seguridad, con una tonelada de dinamita, y no contentos con ello, hicieron explotar en las goteras de Bogotá un avión comercial que recién había despegado. Una locura. Una ordalía inconcebible. Y claro, matan a Cano, al gobernador de Antioquia Roldán Betancur, al comandante de la policía de Medellín en la mañana y matan a Luis Carlos Galán, en la tarde. Y al candidato del M-19 a la presidencia. Y al de un partido nuevo, la Unión Patriótica, no sin arrasar también el movimiento entero. Las FARC ahí. El Narcotráfico ahí. Vamos en 1990. A Barco lo sucede en medio de ese pandemónium, el heredero de Galán, César Gaviria. Un Chicago boy, según lo calificaban, supuestamente muy buen economista. Las FARC ya habían conseguido sacarle la piedra a la población que empieza a organizarse contra ellas. El monstruo, en ciernes, se desarrolla apoyado de alguna manera con herramientas jurídicas desde el estado y físicas desde los cuarteles. Los Paramilitares. Gaviria consigue que la Corte en extraño volantín muy abogadil, le apruebe la convocatoria a una constituyente. Hacen una constitución que les quedó apenas regular, salvando el establecimiento de la tutela. Escobar permea esa constituyente, y logra hacer que eliminen la extradición. Después de extraños malabares Escobar se entrega a la justicia que Gaviria hace a su medida. También le da una cárcel a medida suya llena de extravagancias. Se aburre una noche allí y se sale. No es una fuga en realidad, simplemente levantó un alambrado, le dio una coquita de arroz a los soldados que la cuidaban, un liguita que era como llamaban el soborno pequeño del día a día y a la calle. La guerra es a muerte entre su cartel de Medellín y el de Cali. El estado y el cartel de Cali, y la DEA y todos a una como Fuenteovejuna, finalmente consiguen abatirlo en un tejado, con su gran barriga al aire y descalzo. “¿Para qué hijueputas me sirve a mí la plata?” había dicho el mismo. Y Gaviria, se va con su constitución y su apertura económica a cuestas. Su discurso de posesión, cuatro años atrás, lo había concluido con una frase: “Bienvenidos al futuro”. Cuando se fue ningún colombiano se sintió en futuro alguno. ¿Quién llega? Ernesto Samper, de la mano de los narcos del cartel de Cali que financian su campaña: “Fue a mis espaldas” dice él, y tapo remacho me quedo con ella de aquí no me mueve nadie. Ahí se quedó. Nada memorable. Cómo Alvaro Gómez, candidato eterno, habló de la necesidad de cambiar el régimen, el régimen lo hizo matar. Las FARC ahí. La muerte de Escobar no termina el narcotráfico sino que lo aumenta. Los paramilitares desplazan, asesinan, señorean, crecen. Se va este elefante y llega el hijo de su papá, es decir el hijo de Misael. Andrés Pastrana. Así como el único mérito de Misael fué haber hecho a Andrés, el único de Andrés era el de ser hijo de su papá. Se gozó la presidencia eso sí. ¡Pa'que! Mucho whisky en la casa presidencial de Cartagena. Deudor de Tirofijo, entregó a las FARC, de las que éste era jefe, presuntamente para negociar la paz con ellas, una superficie más grande que la mitad de los países de la tierra o algo así. Y claro, las FARC se burlaron de él cómo les dio la gana. Lo dejaron hablando solo. Siguieron matando, lanzando cilindros bombas, y secuestrando. Secuestrados que siguen estándolo aún muchos de ellos. Y llegó en el 2002, para estarse cuatro años, Alvaro Uribe. Las FARC lo recibieron el día de su posesión a morterazos contra la que iba a ser su casa. Y él ha dado a las FARC con todo. Y eso es lo que tenemos. Los cuatro van a ser ocho. Doce si le dejan presentarse, todo porque resiste la guerrilla, y porque los vecinos nos detestan. Entonces hay que darles en la mula. Esta parte del cuento sí la saben todos. Las FARC ya no tan ahí tan ahí como antes. El negocio del narcotráfico ahí. Los paramilitares ahí, perseguidos pero resistidos. Su cúpula se entrega en una negociación a cambio de una ley más o menos a su medida, como la de antes entre Gaviria y Escobar. Ellos controlan la mitad del congreso, o más. Uribe les proporciona transporte en avión privado hacia los Estados Unidos y les asegura vestido, alojamiento y comida gratis en sus cárceles. Medio congreso preso o amenazado de estarlo por la Corte Suprema. La democracia solo puede existir, si hay justicia. ¿Empieza a haberla? Eso si "voten por mí antes de que los detengan". Esta apretada reseña cubre 60 años. Ni un instante de paz, ni uno de reposo. Por eso no tiene párrafos. Y así... Sin pausas. En Colombia no existe el punto y aparte.
"Esta es Colombia, Pablo..."




*

No hay comentarios.: