Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




septiembre 14, 2009

Notas de Aire


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


¿Qué es un hermano? Un ser con quien se comparte padres. Suenan tontas la pregunta y la respuesta. Es verdad: un hermano puede ser solo eso, aunque dando a la palabra solo un peso específico.

Un hermano es un compartir de cama, de cobijo y trato. De tetero que uno deja y toma otro, de ropa del que crece que toma el más pequeño, de la misma manta que nos cubre a todos, de la misma cuchara nos alimentaban. !Ah!.. los tres hermanos menores en una misma cama, cada uno con su biberón!

Un hermano es algo único y maravilloso. Es lo primero de lo que se es conscientes luego de la madre. Antes que del padre resultamos conscientes del hermano. El nos lleva sin querernos llevar. Sin querernos mostrar el mundo y sin que él lo conozca para nada bien, nos lo muestra y nos lo hace más o menos amable, más o menos terrible. Con ellos se aprende a tirar trompo, a montar en bicicleta, a jugar billar, fútbol o ajedrez, a enamorarse, a tener amigos y enemigos. En los hermanos mayores se ve al ser que evitará que nos pase algo, al que nos defenderá de cualquier cosa. Al ser en que podemos confiar siempre. Puede que nos lleve tan solo los meses en que se hace otro ser pero ellos son grandes, son mágicos, saben lo que uno no sabe y pueden lo que uno no puede. Si es menor uno se ve o se siente su protector, su dueño. La inflexión "mi hermano" encierra un todo poderoso. Los hermanos puede ser que abusen unos de los otros, por mayores o por menores, de una manera y de otra: eso es parte del juego.

Un hermano lo lleva a uno donde las putas y donde los sabios, le hace tomar el primer aguardiente, le explica de donde vienen los niños. Lo eleva y lo pervierte. Lo cuida y lo deja hacer.

Y a medida que la vida avanza, cuando ya no es posible el uso ni el abuso de la niñez, pasado el tiempo en que uno es el centro del universo y fuera de uno no hay nada más, cuando se ven como iguales, los hermanos son dioses. Si son porque son, y si no son porque no son. Corren en nuestro auxilio, nos desvaran, nos sacan el carro de la quebrada, nos miran desde lejos y nos juzgan. Pero frente a otros somos para ellos lo máximo o lo son para uno y ¡ay del que se atreva a decir algo!

Cuando un hermano sufre uno sufre. No siempre se le puede ayudar, nunca se es su amigo porque es su hermano. Su alegría es la propia. Su dolor el propio, su sentimiento, su vida... su vida es la propia propia. Uno siente y vive sus pasos, sus éxitos, sus fracasos, sus vacíos, sus carencias y sus plenitudes. Sus dolores. Uno los ama como es imposible amar a quien no sea hermano. Si te sacan la piedra, y si uno se las saca, una sola mirada reinventa el universo.

Llenan además el mundo de gente. De sus amigos que son de uno porque son de ellos, de sus amores, de sus parejas que pasan a ser parte de las entrañas —entrañables y tan hermanos como ellos mismos— de sus hijos en quienes uno los ve y se ve.

Y uno no quisiera que les pasara nada. Y uno quisiera que fueran siempre felices, que no enfermaran, que nada los tocara ni les causara dolor ni malos sentimientos.

Si un hermano muere, se muere uno. Sigue revoloteando por ahí y llena el aire.

Es una tontería, lo sé, soñar que los hermanos lleven las cuatro tablas definitivas. Pero es un sueño.

No hay mejores brazos que los de los hermanos, ni lágrimas más ellas que las de ellos. Ni manos más hermosas, ni mejores risas. Ni mejor vaso de agua, ni un mejor café que el que sirven en su casa.

Ni manos más hermosa, ni mejores risas, ni abrazos más abrazadores.

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