Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




septiembre 28, 2009

Domingo



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



Domingo de pequeños pueblos de las vecindades. De mirar los ojos tristes de mujeres que se resguardan aún tras las ventanas; de mirar los ojos alegres de muchachos con el uniforme de su colegio, esperanzados aún, luminosos y sonrientes; de ver sentados en las plazas hombres campesinos de sombreros blancos, de vida cansada y cigarrillo en la mano dispuestos a sorprenderse, aún, de los andares de citadinos fuera de lugar. De retratar mujeres químicamente puras, que me miran pasar con algo de vergüenza atávica. De mirar de frente jóvenes a quienes el mundo no ofrece nada más que el aire limpio de calles estrechas en las que nunca pasa nada, calles que terminan pronto, como terminarán ellos que por no poder empezar no terminarán, en un lugar donde lo que sigue es la montaña. No sé si terminan o empiezan allí o si solo la montaña se ha deslizado bajo el concreto o debajo de las construcciones, para emerger unas pocas manzanas más allá, otra vez tierra, otra vez fresca, otra vez pasto. De comer los mismos platos que comemos siempre, pero con el sabor adicional del fuego con que los cocieron el fuego y humo original de hornillas de barro y leña. Platos montañeros en su denominación exacta y poética. De ver tanta tierra y toda ajena. De gentes bañándose en los rios sin temor de las agresiones que el agua haya sufrido unos metros más arriba. De pequeños dulces elaborados por las manos que los venden con timidez, casi con pena. De rezos al medio dia que se filtran de la iglesia al centro del parque desde donde los escucha la estatua del héroe solo y solitario y unos vendedores de paletas que esperan el podeis ir en paz. De mesas atiborradas de cervezas a la salida del pueblo, ocupadas por hombres solos que hablarán de fútbol. De comprar agua envasada y con gas, cuando ayer nada más el agua era gratis, manaba de fuentes callejeras y no necesitaba que le revolvieran nada.

Y de meditar en que de aquí, o de un poco más allá, partieron los abuelos, los míos, con sus patas al suelo, arreando las recuas de mulas y de bueyes con gruesas palabrotas y hermosos silbidos ya olvidados.

No renuncies a los pies: son las alas de los caminantes, me digo, Pero ya he renunciado a ellos y al camino.


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